¿Belleza esto?

Navegando descrubro un artículo cuyo titular que me produce rechazo y cuya imagen principal me da ganas de vomitar pero, como hago con los libros cuyo primer capítulo me invita a dormir y las películas que durante sus primeros minutos me hacen querer salirme del cine, decido darle una oportunidad al texto, para ver si mi espanto inicial está justificado.

 

Igual que la autora de la entrevista puede elogiar lo que ella quiera -que para eso es socia de la publicación-, podrán ustedes contradecirme pero, como es mi blog, aquí me opino encima yo.

Para empezar, unir pelambrera y compresa no es “belleza”, qué quieren que les diga. Yo aquí no veo belleza por ninguna parte. Pero como eso de la belleza y de lo estético es puramente subjetivo, no voy a abundar en demasiadas argumentaciones.
El mundo ya sabe que las mujeres menstruamos y que las mujeres llevamos compresas (con o sin alas, normales, súper o extra finas), y tampones y copas menstruales… Ahora lo que toca es que los productos de higiene femenina sean de distribución gratuita y que los síndromes que acompañan a la menstruación tengan amparo en las normas laborales y mejor tratamiento médico. Del asunto de la depilación femenina comento más abajo, pero sí: en más o menos cantidad, las mujeres tenemos vello en determinadas zonas. Eso el mundo también lo sabe ya. Y no, no me considero una víctima del sistema machista que ha grabado en mi psique a fuego sus criterios opresores. A mí me repugna esa imagen como me repugnan otras mil que muestran el cuerpo humano (femenino o masculino) en según que circunstancias. Ya, ya sé: no me llevo hoy el premio a La Moderna que se sube al carro.
Por analogía, me permito una reflexión: el mundo sabe que hombres, mujeres y niños tienen mocos y cera en los oídos. Pero no veo yo la necesidad de dedicar a semejantes temas una sala en la galería de los Uffizi.
Me espanta que no se respete absolutamente ninguna parcela de lo íntimo. Se graba y fotografía todo: escatología, violencia, enfermedad, muerte, sexo… Todo. La gente es tan gilipollas que se mata por hacerse un selfie. ¡Ése es el nivel!
No hay decoro, ni buen gusto, ni respeto, ni resquicio alguno para la intimidad. Es un todo vale: da igual que sea verdad o mentira, hermoso o escabroso, privado pero robado… Nuestra sociedad ha enfermado de una adicción por exhibir sin límite, que se materializa gracias a que todo el mundo tiene un móvil. Pues bien, tener un teléfono con cámara no es lo mismo que la profesión de informar, el deber periodístico de indagar y divulgar. Y en modo alguno, quien sepa disparar fotos o grabar vídeos con él, es merecedor del distintivo de artista. Producir según qué contenidos efímeros, destinados a la lectura o el entretenimiento entre paradas de metro o en las redes sociales, es una cosa. Esculpir la Victoria de Samotracia, es otro tema.
No comparto que sea “necesario” para el movimiento feminista contemplar fotos de mujeres con el culo lleno de pelos (inciso: no todas tenemos pelos en el culo, lo digo por quien, a raíz de esta mierda de sesión de fotos, quede convencido de ello). En serio: no. Y las que sí, pueden libremente optar por depilarse o por dejarlos crecer cual hiedras trepadoras de cementerio. Ambas opciones son igual de feministas, quizá no igual de femeninas. De hecho, para las feminazis quizá sea más efectivo divulgar las fotos de penes flácidos, tras una erección frustrada o una penetración fallida o una descarga seminal precoz. De nada.
Detecto y denuncio un intrusismo asqueroso e irrespetuoso, un afán de pretender ser artista sin crear, sin aportar nada. Un oportunismo evidente basado en exhibir lo escatológico, lo íntimo… Me indigna que se fomente esa actitud heredada de la cultura del pelotazo, ese querer consagrarse rápidamente y sin acreditar mérito alguno, simplemente aprovechándose de la reacción natural del público (de asco, rechazo, sorpresa, etc.) ante este tipo de imágenes. En serio, por el hecho de que provoque naúseas, no convierte a esa imagen en obra de arte, ni a quien la toma en artista, ni a quien aparece en ella en modelo.

Por otro lado, por moderna que se considere la publicación, en este tipo de casos, me parece muy reprochable que incluya este tipo de contenido. Por supuesto, hay libertad de expresión (con los cambios legislativos recientes, igual no plena…). Ellos saben que propagar este tipo de imagen genera debate y clics y tráfico y enlaces redireccionados y… eso es pasta. Lo cuestionable y lo irresponsable, para mí, es que, desde el Cuarto Poder, se fomente y se aliente y se alabe esa actitud de oportunismo, ese facilismo, de asalto de los mediocres a las categorías superiores cuyo acceso, desde siempre, se restringía a quien tuviera talento innato, un don, o que sucediera un milagro y te visitara la Inspiración o que la investigación te hicera desembocar en “algo más”. Siento ser yo quien les comente que no todo gesto realizado con un gadget tecnológico implica activismo, feminismo ni te convierte en artista o en fotógrafo… La fotografía es el Séptimo Arte. Un poco de respeto, por favor.

Me despido hasta la próxima sin pedir perdón a los que, quizá, me van a trollear. Aquí espero a los que se erigen (aunque sea sin fundamento ni mérito) en gurús de la modernidad; ya lo auguro: se van a echar a mi yugular, simplemente como actitud vital, porque no valen para nada más que para hacer de haters. No olvido que son ellos quienes, mientras yo cuento billetes, se suicidan por haber perdido tres followers… También preveo que se me van a alterar vivas las feminazis. Se van a empoderar a voz en grito y me van a recriminar cualquier cosa introduciendo la palabra “heropatriarcado” en la frase o quizá “falocracia”… Dirán que, en efecto, esa foto de una chica con pelos en el culo y con una compresa de alas es algo así como un imprescindible en la iconografía post 1-O y que es puro arte y que la autora merece el próximo Nobel de la Paz y una estatua en el Museo de Cera de Londres, harto más guay que el de Madrid.