Violación

[…] <<Hoy el padre Joshua ha vuelto a visitarme. Me ha ungido y ha rociado mi habitación con agua bendita. Le he contado lo que había pasado, todo, de principio a fin, sin ahorrarme nada. Quería que oyese todos los detalles escabrosos, y ver si su fe podía soportarlo. Ha rezado por mí, ha rezado por los hombres que me violaron, y te ha pedido que les perdones, “pues no saben lo que hacen”.
No he dicho amén al final de la oración. No quiero que los perdones, Señor. Ellos sabían exactamente lo que hacían. Si al morir acabo en el cielo, no quiero encontrármelos allí, no quiero mezclarme con ellos. Esa no es la clase de cielo en que quiero estar.
Quizá si hubiesen estado borrachos me sentiría un poco mejor. Pero no lo estaban. No había una gota de alcohol en sus lenguas. Lo sé porque esas lenguas se metieron en mi boca y su saliva me bajó por la garganta. Estaban sobrios, despejados como la mañana. Sabían exactamente lo que hacían y lo hicieron con sumo entusiasmo. ¡Me odiaban tanto! Se notaba en sus ojos, en su aliento. Lo noté en su piel. Estaban furiosos conmigo. Dijeron que yo era una decepción, que en lugar de ayudar a los míos corría por ahí con kwere-kweres, los mismos kwere-kweres que estaban arruinando el país, robando nuestros trabajos y gastándose nuestras subvenciones. Sus hijos pasaban hambre por culpa de esos extranjeros y yo empeoraba la situación. Las crías tontas y mimadas como yo necesitaban un escarmiento, para que todos viesen que la comunidad no vacilaba a la hora de castigar a los traidores. Dijeron que tenía suerte de que no me linchasen, como se hacía a los traidores durante el apartheid, poniéndome un neumático en llamas al cuello.
Ojalá lo hubiesen hecho. Ojalá me hubiesen matado.
Recuerdo que después entré en Urgencias, murmurando “enfermera”.
Ninguna respondió. Ninguna levantó la cabeza para fijarse que tenía la camisa rasgada, la boca partida, los ojos amoratados y las bragas manchadas y ensangrentadas. Lo intenté de nuevo:
-Enfermera.
Sin levantar la vista, la enfermera Palesa se limitó a señalar mi sala, me dijo que estaba llena de pacientes y que tenía que trabajar más rápido. […]

[…] Supongo que, hasta cierto punto, siento alivio. Solía preguntarme qué desgracia me tocaría, cuál sería mi montaña, mi valle, mi sombra, mi noche oscura del alma. Ese acontecimiento terrible que nos aguarda a la vuelta de la esquina y nos pilla desprevenidos, que hace que nuestro mundo se desmorone y que tiemble el suelo que nos sostiene. Antes mmama me decía: “no seas tan negativa. No deberías pensar así, no va a pasarte nada. Confía en Dios. Estás paranoica. Déjate de tonterías. ¿Otra vez premenstrual?”.

Tras la muerte de Tshiamo (su hermano) dejé de preocuparme. Ya me había tocado mi ración de sufrimiento, ya había catado el amargo cáliz del dolor, ya me habían partido el corazón. Pensé que Dios pasaría a ocuparse de otros, al menso durante una temporada.
Pero tienes tu reputación, Señor. Y decidí que si el sufrimiento volvía a interponerse en mi camino, no permitiría que acabase conmigo. Si era leucemia, escribiría unas memorias; si era VIH, me haría activista. Si conocía al amor de mi vida y se moría justo antes de nuestra boda, me tomaría los veintiún días de baja que me quedaban, lloraría tres semanas en la cama y luego me levantaría para volver al tajo. ¿No es así como debemos tomarnos las cosas? De una forma lógica, racional, sensata. Porque aunque intente convencerte o negociar, no hay garantías. No existe ninguna relación entre la dosis y la respuesta: un determinado número de oraciones no asegura resultado alguno. No, contigo, no; nada de eso. Después de lo de Tshiamo creía que el duelo ya no podría vencerme. Me parecía imposible experimentar más dolor. Como había sobrevivido, creía que podría sobrellevar cualquier desgracia que me infligieras. Pero mientras yacía en el suelo de ese pasillo oscuro y la sangre se acumulaba lentamente alrededor de mis bragas, lo único en lo que podía pensar era: potasio, 7,46% en el frasquito de 10ml, 20% en el frasquito de 20ml y no el suficiente en la solución preparada para provocar una arritmia mortal.
Si lo ocurrido me ha enseñado algo, es humildad. Creo que era muy engreída. Me consideraba especial, inmune, excepcional; a mí no me pasaban esas cosas. Pues no. Solo soy otra más en la estadística sudafricana de violaciones. Mi historia no tiene nada de extraordinaria, ocurre en todas partes, a diario. No importa que tenga estudios superiores, que sea doctora, que iniciase una petición que salió en los periódicos.
Tengo vagina, eso es lo único que importa.
Hay quien dice que en ciertos momentos de la historia las mujeres gobernaron el mundo. Son los mismos que aseguran que en algún momento de la historia los negros gobernaron el mundo. Disparates. Incluso fisiológicamente es improbable que alguna vez las mujeres mandaran a los hombres. La fuerza física siempre ha inclinado la balanza. Notar en el pecho el peso de un hombre, de varios hombres, uno tras otro, te vacía los pulmones. Aunque seas más inteligente, con ellos encima no te llega el oxígeno al cerebro. Es imposible. Intentad imaginar un país gobernado por las mujeres que conozco. Mamá alzándose y cayendo con las sombras. Nyasha maldiciendo la historia, y yo, rota y ensangrentada. Sería de chiste. Esta mañana hemos regresado a la comisaría. Me han mostrado la declaración inicial y me han explicado que siguen trabajando en el caso. He querido decirles que lo anotaron todo mal, que los hombres no dijeron: “ Y ahora dónde están tus amigos?”, sino: “ Y ahora dónde están tus amigos kwere-kweres?” (Los inmigrantes, a quienes ella defiende). He querido indicarles que lo que me obligaron a abrir fue la boca, no los ojos, y que primero uno me pemtió el pene dentro y tuve que chupárselo porque estaba asustada. No anotaron que fue como si algo me desgarrara por dentro. Les había dicho que el segundo o el tercer pene rechinaba en mi vagina como un tenedor contra un ladrillo, pero tampoco lo habían anotado. La declaración que el policía había redactado y reinterpretado estaba escrita en una cuartilla arrancada de un cuaderno. ¿Por qué había usado tinta azul y no negra? En la Facultad de Medicina me habían enseñado que debía usar tinta negra en los documentos oficiales.  […]>>
Un amigo mío no tiene nunca una idea buena. Yo, como ya deben saber, no tengo ninguna idea que sea gratis -tengo una innata capacidad de endeudamiento y un talento natural para gastar-. Admito que es un libro tan increíblemente crudo, honesto, actual, sincero y maravilloso, que mataría por haberlo escrito. FLORESCENCIA, la primera novela traducida al español de la escritora sudafricana Kopano Matlwa (Pretoria 1985) no es un libro más, ni capricho, es una experiencia. Kopano, que con su anterior novela Split Milk ya tuvo el premio Wole Soyinka de literatura, ha dado forma a una narración tierna y brutal a partes iguales donde la protagonista es Masechaba, una joven médico sobre la que la autora imprime rasgos y experiencias personales. Un retrato violento y lúcido sobre la Sudáfrica actual construida sobre las ruinas del apartheid. Una valiente exploración moral sobre cuestiones de raza, pobreza y género que apunta a su autora como una de las voces más interesantes y destacables de la literatura sudafricana.