Puntos Suspensivos

Recientemente vi Puntos Suspensivos. No les voy a hablar de uno de mis signos de puntuación favoritos, y del que tuve que desengancharme -agradeceré siempre a uno de mis editores que me dejara claro, meridianamente claro, que abusaba de ellos como de coger taxis. Ya no soy taxicómana tampoco, conste-. Se trata de una tragicomedia hiperrealista que se representa los martes en el teatro Lara, en la sala Lola Membrives (ojo, sólo están hasta octubre).

Sinopsis:

¿Es importante la familia? ¿Hasta qué punto nos condiciona lo que nos ocurre de niños?

Cuando se habla del universo femenino hablamos del amor, de la familia, de las esperanzas, de los miedos, de la pareja, de la soledad, de la locura… podríamos escribir líneas, párrafos, libros sobre el universo femenino, que realmente no dista demasiado del masculino, si no fuera porque algunas sociedades, aún hoy en día, siguen empeñadas en marcar diferencias en dos universos que viajarán eternamente unidos.

El punto de partida es una sala de espera de un hospital. Sofía y Mara tienen ingresada a su madre que ha intentado suicidarse. Entablan conversación con una desconocida, Violeta, ella tiene a su marido ingresado. Lo que comienza siendo una conversación un tanto absurda poco a poco adquiere un matiz más profundo. Descubriremos que la aparente normalidad de la vida cotidiana casi siempre esconde conflictos no resueltos.

A través de esas conversaciones y siempre con el humor como hilo conductor iremos conociendo a cada personaje. Una tragicomedia que nos hará viajar por diferentes estados de ánimo y que hará que nos planteemos diferentes cuestiones sobre la vida y sobre nosotros mismos.

La información oficial no les engaña pero ¿qué les diría yo, además, sobre la obra? Pues que se abordan, así, seguidos, los grandes asuntos que se hallan ahora mismo candentes: el mercado laboral (es decir: la jungla actual donde a machetazos sobrevivimos a tanta precariedad que se ha inoculado a través de contratos basura, de oficios basura, de turnos basura,…), la maternidad (es decir: atreverse a explicar lo que nadie te cuenta acerca de convertirte en madre, lo muy bueno, sí, pero también lo muy horroroso que aguarda a la que decide parir), las relaciones sentimentales: unas, las “normales”, las “afortunadas” que se han casado y tienen pareja “para toda la vida” (la consiguiente sensación de decepción que sigue a causa de la predecibilidad y la rutina…) y otras, las que se mueren por tenerlas y acoplarse al sistema homologado y cumplir con la exigencia de la sociedad de que se tenga un marido, una casa y unos hijos, para ser completa, para ser feliz. La obra aborda también el asunto de la prostitución, de la infidelidad e, incluso, de la relación con la madre, ese amor odio innato en la dinámica de las relaciones maternofiliales, esa pugna que no termina nunca de resolverse: no hay mayor amor, pero tampoco cabe mayor dolor que el que se recibe de una madre.
El texto es profundo y desgrana perfectamente el universo femenino, el sentir de tres mujeres diferentes y actuales.
Nos encantó, especialmente, el trabajo actoral. La credibilidad. La solvencia de las actrices arrastrando el dolor, la frustración, el odio… y elevándose por encima del escenario gracias al humor, que se halla muy presente. Mi amigo Fidel Lorite lo definió muy certeramente: “interpretación cero”, es decir: a diferencia de la mayoría de los actores y actrices que hacen teatro, que hablan proyectando ampulosamente la voz, que se les nota que están recitando un texto aprendido, a Lucina Gil, Rosa Torres y Rosalía Castro se les debe reconocer el mérito de haber resultado sorprendentemente creíbles y absolutamente naturales en sus interpretaciones. Hacen un muy buen trabajo. Están muy bien dirigidas por Esther Santos Tello, que también firma el texto.
Van a empatizar. Van a divertirse. Van a pensar. Para las entradas, pulsar.