No me quieras mucho. Quiéreme bien.

<<Odio que me digan “te quiero”. A quien más odio oírselo es a mi padre y a mi madre. Querer sin cuidar. Querer rompiendo. Querer escupiendo los huesos después del almuerzo.
No me quieras mucho. Quiéreme bien.
Así no. Querer no es juntar un pronombre personal y un verbo conjugado en primera persona del singular. Querer no cabe en las palabras. Y por supuesto, no en las prefabricadas. ¡Querer!
Estoy tan eléctrica que sólo quiero aullar>>.
<<Iba a esconderme de nuevo entre las palabras técnicas y las explicaciones hormonales. En preovulatoria y ovulatoria no paro de hacerlo. Me digo que a nadie le interesa saber más de mi herida. Me expongo 200 motivos por eso que debería decir lo que se supone que he de decir.
Pero no puedo ignorarme. En realidad puedo, pero el precio que pagaré después por hacerlo será demasiado alto. Y ahora mismo estoy sin blanca. En mi banco emocional los números se visten de rojo. Y no me puedo hipotecar más. Sólo me queda declararme en banca rota y huir a las Islas Caimán. Y yo no soporto vivir en una isla. Nunca he vivido en una pero no podría. Lo sé>>.
Voy a cumplir mi palabra y sigo recopilando párrafos que bien podrían ser mi biografía escrita por otros. Vuelvo a un libro precioso, que se titula Diario de un Cuerpo, y se dedica a los seres vulnerables, es decir: de los que están aún peor que yo, y encima no tienen este blog.
<<Amar va de abrirse a la vulnerabilidad, de correr el riesgo de amar sin vuelta. Así me abro yo ante la palabra tecleada. Toda una vida escribiendo para aceptar que Ella no me ama ni me amará. Aún así, sigo. Sigo diciéndome en su lengua. De tanto persistir estoy consiguiendo girarla, retorcerla, confundirla, ablandarla hasta acercarla a mis muslos. Entonces ella comienza a balbucear en mi idioma. Idioma-cuerpo. Palabra-flujo. Desde ahí puedo sentarme, teclear y decirme. Sin este ritual, sin este Follar-para-Entendernos no puedo escribir. Puedo juntar letras y adornarlas con comas, tal y como me domesticaron en la escuela y en la academia. Pero no escribir.
Nos han prohibido follar con las palabras. Las mujeres de mi generación ya podemos intercambiar fluidos con cualquiera, cualquiera menos con la palabra escrita. Se nos pide entregar nuestro cuerpo antes de ponernos a la faena. Juntamos sustantivos y verbos bajo sus leyes. Nos advierten: si no escribes así no serás comprendida. ¿Comprendida por quién? ¿Acaso ahora quieren comprendernos? Gran manera de silenciarnos: dejarnos hablar sólo en su idioma.
Los cuerpos vulnerables -o sea, mujeres- tenemos dos pares de labios y con ellos dos lenguas. Los labios visibles, los labios que permiten mostrar, hagan la lengua oficial la lengua universal. Los inferiores, los ocultos, balbucean un idioma acre y dulzón que nadie es capaz de entender. Nadie. Y en ese nadie vamos nosotras. ¡Qué horror! Ser hablada por una misma y no entendernos. No hay mujer que, una vez al mes no exclame asustada: “¡No entiendo qué me pasa! ¡No me entiendo!” Ése es el precio que pagamos por hablar La Otra Lengua e ignorar que, pese a que una la tengamos sujeta y amaestrada, la otra sigue agitándose, salivando, silbando bajo nuestras bragas. No entenderse a sí misma, sentirse ajena en los propios huesos. Tremenda tortura.
Escribir desde el coño es la brecha por la que podemos empezar a practicar y a contagiar nuestro idioma>>.
El post de hoy va por ustedes: maricas malas y hereros machistas, misóginos unes y otres, y demás infraseres que odiáis a las mujeres por tener un coño. A ver de dónde creéis que habéis salido todes, unes y otres.