Aceptar y soltar

El camino de las lágrimas me sirve de nuevo para que, al decíselo otro, un experto, y no yo, un amigo que está retorciéndose y ciego perdido, vea su situación desde otra perspectiva. Cortar es traumático. Doler, duele. Pero se pasa. Y hay que pasarlo. No cabe malgastar toda una vida por un enganche yermo. Malo es lamentar que se han perdido veinte años, pero es peor empecinarse y acabar echando por la borda treinta… Es mucho y perturbador lo que hacemos todos para evitar una pérdida (si es de orina, también).
<<Nunca queremos tener que pasar por la elaboración de un duelo y menos cuando no fuimos nosotros los que elegimos estar en esa situación.
Aunque cabe preguntarse: ¿estamos tan al margen de la decisión de separarse que nos anuncia nuestra pareja?
Después de todo, ¿quién quiere estar al lado de alguien que no te quiere?
Yo no, tú tampoco, y seguramente ninguno de los que leen esto en este momento.
Cuando me doy cuenta de esto, dejo de pretender agarrarte, dejo de querer engancharte, abro los brazos y permito que te vayas; sabiendo que una vez que termine de elaborar esa pérdida la herida no dolerá, una vez que renuncie a lo que ya no está, voy a quedar libre de ese pasado, para elegir con quién quiero seguir el camino, si es que pretendo seguir acompañado. Pero preferimos tratar de ver cómo hacemos para manipular la conducta del otro para que haga lo que nosotros queremos, antes que pasar por el camino de las lágrimas y dar lugar, después de llorar, a una persona que sea más afín con mis gustos y principios.
En algunos casos es como si obtuviéramos más placer en establecer nuestro poder, que en buscar otro que quiera lo que yo quiero, aunque las más de las veces es la voz de mi yo más neurótico la que me alerta: Quizás no encuentre nunca más a alguien que me quiera (porque quién me va a querer ahora); me dice que me quede, que insista, que retenga a mi compañero (porque más vale malo conocido…), y etc., etc., etc.
Pero el motor no es el amor, es el miedo a lo que sigue, es la falsa seguridad que me da lo conocido, es la ilusión de tranquilidad que encuentro en lo que supuestamente tengo (aunque en realidad ya no lo tenga de verdad).
Lo puedo comprender y hasta justificar, pero no tiene nada que ver con el amor.
Con mi mejor amigo, con mi hermano, con mi hijo, cuando nuestras apetencias no coinciden es claro que lo mejor que nos puede pasar es que cada uno de nosotros pueda hacer o que en realidad tiene ganas y encontrarnos después, posiblemente, para compartir aquello que más le gustó y aquello que más me gustó a mí.
Con la pareja pasa exactamente lo mismo, pero para poder levarlo a la práctica hay que aprender a soltar, y para eso hay que empezar por dejar de temerle a la pérdida.
“¡Ah, no! ¿Y si ella sale con un amigo y resulta que después el amigo le gusta más que yo? Mejor que no salga con ningún amigo, mejor que no vea a ningún hombre, mejor que use anteojeras por la calle, mejor que nunca salga a la calle”.
“¡Ah, no! ¿Y si él sale con sus amigos y se encuentra con otra chica, y si después los dos… vaya a saber… Mejor lo controlo, mejor lo celo, mejor me le cuelgo encima para que no haya ninguna posibilidad de que me abandone”.
Este es un martirio persecutorio y siniestro producto de mi propia dificultad para enfrentarme a la pérdida.
¡Y decimos que lo hacemos porque les queremos mucho!
¡Y pretendemos que nos crean!
¡Qué caraduras somos… y qué mentirosos!
La verdad es que nos cuesta aprender a soltar, no nos enteramos de que el único camino que conduce al crecimiento es el de elaborar los duelos que inevitablemente voy a enfrentar por las cosas que queden en el pasado, y que la historia de mis pérdidas es el necesario pasaporte para lo que sigue.
Si de noche lloras
Porque el sol no está
Las lágrimas
Te impedirán ver las estrellas
Rabindranath Tagore
Seguir llorando aquello que ya no está, me impide disfrutar de esto que tengo ahora.
Enfrentarse con lo irreversible de la pérdida, en cambio, es aceptar el duelo, saber que aquello que era ya no es más, o por lo menos no es como era.
De hecho, las cosas nunca son como eran. Nunca es lo mismo.
Decía Heráclito:
Imposible bañarse dos veces en el mismo río. 
Ni el río trae la misma agua ni yo soy ya el mismo.
No digo cambiar por cambiar, ni dejar por capricho, ni abandonar porque sí; sino darme cuenta de que, cuando algo ha muerto, cuando algo ha terminado, es un buen momento para empezar a soltar.
Cuando ya no sirve, cuando ya no me quiere, cuando ya no es, es el tiempo de soltar.
La verdad es que la pregunta que hago a todos es la pregunta que me hago a mí. Si mañana llego a mi casa y mi esposa, después de 25 años de casados, me dice que no me quiere más… ¿qué pasa?
Dolor, angustia, tristeza y más dolor.
Y luego las dudas.
Me pregunto:
¿Quiero yo seguir viviendo con alguien que no me quiere?
Yo, no ella, yo, ¿quiero seguir?
La quiero enormemente.
¿Alcanza? ¿Puedo yo quererla por los dos?
La verdad… que no.
Y la verdad es que esta es la historia: como sé que no puedo determinar que me quieras ni quererte por ambos, entonces… te dejo ir.
No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono.
Si te amo de verdad, si alguna vez te amé, no voy a querer retenerte.
Y no te dejo ir porque no me importe, te dejo ir porque me importa muchísimo.
Te dejo ir porque, como ya dije más de una vez, no existe un amor que no se apoye en la libertad.
“Pero, Jorge, hay situaciones, donde una pareja pelea y lucha por el vínculo y después de un tiempo de roces se vuelven a encontrar".
Sí, es verdad. Hay miles de parejas que antes de encontrarse debieron separarse. Hay muchas que se separaron y nunca se volvieron a encontrar, y por supuesto hay miles más que no se separaron nunca y vivieron amargándose la vida, día tras día, semana tras semana, durante el resto de su existencia. Pero el final de la historia de una pareja nunca está determinado por la fuerza o la habilidad de cada uno de los dos para mantener prisionero al otro.
En un divorcio la elaboración del duelo también significa aprender que, en una separación, la pérdida de este vínculo puede muy bien conducir a un encuentro mayor, a un vínculo nuevo, sano, diferente, recién nacido y sin las pesadas “herencias” del vínculo muerto.
Cuando una pareja en problemas viene a consultar a un terapeuta, basta que uno de los dos sienta sinceramente que todo terminó, que no quiere nada más, que no tiene emociones comprometidas con ese futuro común, que se acabó el deseo… basta que uno sostenga que agotó todos los recursos pero no le pasa nada… basta eso para que el profesional sepa que es poco lo que puede hacer, que no hay mucho para rescatar.
Si hay deseo, si se quieren, si se aman, si todavía les importa a cada uno el otro, si creen que hay algo que se pueda hacer, aunque no sepan qué, los problemas se pueden resolver (o mejor dicho, se puede intentar).
Pero repito, si para uno de los dos, verdadera y definitivamente se terminó, se terminó para ambos y no hay nada más que hacer. Por lo menos en esta vuelta de la calesita.
Y entonces el terapeuta, su mejor amiga o a veces hasta la misma pareja, deberá decirle al que no quiere:
-Tengo malas noticias… Lo siento, se terminó.
-¿Y ahora? -preguntará.
-No lo sé. Seguramente te duela. Pero lo sobrellevarás.
Y agrego yo:
Te puedo garantizar que puedes soportar lo que sigue.
Si no te aferras superarás el duelo.
Si no pretendes retenerlo vas a sobrevivir a la pérdida.
Salvo que estés convencido de que vas a morir por esto>>.