El duelo del divorcio.

En el libro sobre la pérdida que estoy devorando como hojas de morera desde mi crisálida, encuentro un capítulo sobre el divorcio, mezclado entre muertes y duelos funerarios. Dice Jorge Bucay que, como vivimos en una estadística de dolores, el divorcio está viviencialmente bastante cerca de lo catastrófico de la situación de muerte de la pareja. Los divorciados nos hablan de la ausencia física del compañero, de sus dificultades afectivas, de la pérdida de amistades y de posibilidades, de la dificultad para recomenzar una vida normal.
Como terapeuta, el autor afirma haberse entrevistado con cientos de personas y de parejas que padecen cada día, y sobretodo cada noche, las consecuencias de su pésima relación interpersonal, de la falta de proyectos comunes o de la terminación del amor: "pero a pesar de su sufrimiento por estas cosas, dicen y declaman por el mundo que hacen todo lo que hacen y que harían más todavía porque no soportarían el dolor que significa enfrentarse con una separación. Hombres y mujeres que aparentan mucha seguridad y lucidez en otras áreas de sus vidas pero que viven cagándose la vida porque creen que no podrían soportar vivir durante seis meses el dolor que les ocasionaría no estar más en pareja o la pérdida de su matrimonio con esa persona”. Bucay asevera: “Siempre me parece que eso no es amor, ni tiene nada que ver con él. Eso es estar enganchado a alguien, no estar cerca de él".
Sobre los enganches, la manipulación y la co-dependecia, explica varios puntos interesantes.
<<Engancharse no es estar juntos, es retener, aprisionar, anclar, enredar, rellenar todos los espacios del otro creyendo que así lo completo. Pero la dependencia nunca sirve para completar ni para conectar con el otro. Sólo sirve para tironear, para retener, para atrapar al otro y creer que con eso impido para siempre que se pueda ir.
Esto no es estar juntos ni tiene que ver con el amor. Esto es un disfraz de la manipulación y un intento de controlar la vida del otro>>.
“Para escaparte de mí vas a tener que lastimarte y lastimarme, porque en este enganche estamos los dos atrapados”.
<<Plantear las cosas así siempre es síntoma de disfuncionalidad en el vínculo, y no hace falta indagar mucho para encontrarse con la manifiesta incomodidad de ambos cuando las relaciones toman ese cauce. Lo extraño es que a pesar de eso pareciera que nos seducen estas situaciones de control, propias y ajenas, nos encanta estar enredados en estos vínculos “seguros”, vivimos de alguna manera armando estrategias, conscientemente o no, para tener al otro atrapado, para que el otro no se escape, para que no se vaya. Nos llenamos la boca diciendo estupideces escalofriantes que solemos levantar como estandartes de las relaciones de pareja ideales:
Los dos somos uno”, “Somos una sola carne”, “Yo para el oro y el otro para mí”, y la máxima preferida de esos supuestos amantes infinitos: “No puedo vivir sin ti”.
Si por un momento pudiéramos desprendernos de la caricia narcisista que tanto nos agrada, comprenderíamos lo infame de este símbolo que condena a ambos al sufrimiento garantizado. Uno haciendo depender SU VIDA del otro y éste teniendo que hacerse responsable por la existencia de su amado. ¡Qué pesado suena!
Un planteamiento un poco más tibio pero igualmente condicionante es el de aquellos que dicen, con cara de carneros degollados: “Ahhh…. Me haces tan feliz…”. Y yo digo siempre: aunque te encante la mentira de leerte que sos tan poderoso como para hacer feliz a la persona que amas, no aceptes esa responsabilidad. ¡No aceptes!
No tanto porque no es cierta (nunca lo es) sino porque si aceptas que eres capaz de hacer feliz al otro vas a tener que aceptar en algún momento con todo derecho que te digan: “Me arruinas la vida”.
No tienes el poder de hacerme feliz, nunca lo tuviste, aunque yo quiera concedértelo, aunque tú quieras tenerlo; y por eso, tampoco el poder para hacerme infeliz. (Nota de Bucay: Y de paso… si no tienes el poder de hacerme sufrir mientras estás conmigo, menos aún tendrás ese poder si nos separamos.)
Me puede lastimar algo que hagas, algo que digas, esos sí, seguramente. Pero ¿hacerme sufrir?, la verdad es que no.
Si se piensa: ¿Qué puede hacer el otro?
Podría hacer todo lo que a vos no te gusta y nada de todo lo que te agrada”.
Muy bien, comprendo.
Pero si hace todo o que te disgusta, ¿para qué te quedas a su lado?
Me quedo porque lo quiero”.
Bueno, acepto tus razones, pero… Si te quedas porque lo quieres, ¿es el otro el que te está haciendo sufrir? De ninguna manera. Soy yo quien elijo a esa persona, soy yo quien decide quedarse, soy yo el responsable de mi dolor. Soy yo el que me hago sufrir.
Es posible que no sea sólo yo, pero seguro que tiene que ver más conmigo que contigo.
Sobre todo por el condicionamiento que produce en mí aquello que llamamos el "sistema de creencias”. En este caso, si me creo que MI felicidad es TU responsabilidad...
Si para que yo sea feliz, tú tienes que hacer tal cosa y tal otra.
Y para que yo sea feliz tú tienes que conducirte de tal manera.
Y para que yo sea feliz tú no tendrías que decir estas cosas ni tales otras.
Y no deberías ni pensar en ellas.
Si para que yo no sufra tú tendrías que querer exactamente lo que yo quiero, en el exacto momento en que yo lo quiero y, por supuesto, dejar de querer ninguna otra cosa (no sea que lo que quieras en un momento que no es el momento en que yo lo quiero)…
Estoy en problemas.
Pero a veces no lo tengo tan claro o no quiero enterarme de cómo son las cosas o no soporto hacerme responsable de mis falacias y prefiero pensar que sufro por tu culpa.
Sin embargo, no me voy, me quedo.
¿Para queme quedo? O en todo caso, ¿qué excusa me doy?
Atención (no te rías):
Estoy esperando que cambies…”.
O peor aún:
Me quedo para cambiarte”
“Para conseguir que seas diferente”
“Para conseguir que quieras exactamente eso que yo quiero
Y todo esto por qué… porque no soporto la idea de perderte.
Para no perderte, te voy a cambiar.
Lo cual significa que primero voy a martirizarte y martirizarme aunque en la práctica después de todas maneras termine perdiéndote. Tres dramas al precio de uno.>>
Recordar es el mejor modo de olvidar. Sigmund Freud.
No se preocupen, continuará. Igualito que la vida. Y que los disgustos.