Baño de realidad

Cojo el sugerente e incómodo conjunto de encaje de ropa interior que compré en La Perla para mi último amante, el “casau”, como lo llaman mis primas. ¿Que si sigo con él? ¿Después de lo que me hizo? Me lo pongo porque, aunque esta noche salgo con amigos infollables, la esperanza es lo último que se pierde. Por esperanza también quiero dejar arreglada mi habitación, escondo bajo la cama de un puntapié bata, zapatillas y las pesas con las que intento tornear mis brazos, y cierro con llave el cajón de la mesa de noche con los condones, la vaselina y el Piaget de brillantes que me autorregalé cuando unos de mis libros alcanzó los trescientos mil ejemplares vendidos. La ropa que quiero ponerme está dispuesta en perchas colgadas en los tiradores de la cómoda, una falda, una camisa de seda, bailarinas, el Hermès al cuello...
Tal cual. Dicho por Pilar Eyre en Mi color favorito es verte, no se aleja un ápice de la realidad o al menos, yo me veo identificada hasta darme cierto susto. Ustedes, queridas lectoras, comprenden de lo que hablamos. ¿Saben cuántas veces me ha dicho alguna aminemiga que no se ha ido con un empotrador porque no iba depilada? ¿O que no se ha llevado a un macho alfa a casa porque el salón se había quedado desordenado? Exacto: miles de veces porque nosotras… A ti jamás, never ever, se te ocurriría subir a casa a alguien si sabes que has dejado tres platos sin fregar, pero sin comerlo ni beberlo bueno, beberlo te lo has bebido todo ya  ahí estás tú, agarrando tu bolso carísimo con los dientes con tal de no apoyarlo en esa encimera de lavabo con más historias que Estefanía de Mónaco, atrincherada para acicalarte en el baño de tu inminente aventura. Es decir: también en estas situaciones, los hombres viven con menos presión que nosotras. No renuncian al sexo por consideraciones de este tipo. Se dejan llevar, improvisan, y no ponen peros ni miramientos a ciertos detalles, digamos, secundarios. Ese baño de realidad, no les moja.
En la mente masculina anida el siguiente razonamiento: ¿desde cuándo es un obstáculo para llevarse a una mujer a casa para echar un polvo que haya desde hace dos semanas una caja de pizza con restos de ella pudriéndose sobre la mesa del salón? ¿Acaso hay una ley que prohiba tener que entrar a saltos para evitar las prendas de vestir sucias tiradas por los suelos?
Seguro que no soy la única que ha llegado al apartamento del maromo de turno, ligeramente ciega a partes idénticas de alcohol y de pasión, y se ha encontrado con una escena dantesca, un sin dios, una morada propia de secuestradores o arrasada por la erupción del Vesubio… Y sí, de madrugada, entre la risa floja y tímidos atisbos de sentido común, a una le han asaltado unas inmensas ganas de abrir el armario y buscar el amoniaco, los guantes y la fregona, y a la vez de huir, de salir de allí a toda prisa, de abandonar el escenario mugriento urgentemente para evitar enfermedades incurables y posibles picaduras de bichos. Tus ojos bailan con tus pensamientos. Le miras a él y miras esa cama revuelta con signos de no haberse hecho con sábanas limpias en un mes. Dudas si ir llamando el ascensor... pero él regresa de la ducha, con una toalla mínima y unos abdominales máximos, y te arranca la ropa y te devora, y claro, se te olvida que existe el suavizante con aroma a talco y… Te quedas. Te quedas porque el mozo está para reventarlo cinco veces sin descansar y, naturalmente, optas por hacer de tripas corazón porque el que manda no es tu corazón, ni tus tripas, ni mucho menos tu cerebro, sino tu santo coño. Y él opina que estás en lo correcto, porque eres su amante y no su madre ni su chacha y, si a él no le importa si su señora de la limpieza está de baja ese mes, a ti menos.