Aburrimiento

Me giro y ahí está él: con su americana negra, sus Converse, su planta de modelo… Se echa el cabello hacia atrás mientras se inclina para pedir una copa al camarero. No me ha visto aún. Mi scanner de cinco segundos verifica que sigue perfecto. Sigue guapísimo. Se gira y se topa con mi sonrisa y mi borrachera temprana. Yo me topo con su sonrisa, su piel… Antes era perfecta; ahora, noto algunas arrugas nuevas surcando esa frente. Mi scanner tenía desconectada la visión nocturna porque, de golpe, resulta que también me topo con su novia, colgada de su brazo. Me reuno secreta y urgentemente con mi borrachera y decidimos, de común acuerdo, que nada, nada, absolutamente nada ni nadie, nos va a joder la tarde. Me la presenta y olvido su nombre, es decir, elijo no escucharlo siquiera. Ella es una rubia. Ella es muy bajita. Ella es muy flaca. Como consumida, con ojeras. Habla con voz de pito y no se entera de nada. Por supuesto ella no sabe que estuvimos juntos casi cuatro años. Bueno, eso no lo sabe ni ella, ni nadie. Someto a la rubia a varias pruebas ante la sutil vigilancia cómplice de él. Resulta ser también rubia por dentro; una chica reversible, OMG! Ella, instintivamente, se suelta el pelo. Para una cosa que tiene… Bueno: dos. Pelo y novio. Ella tiene novio. Él es su novio.

Desde el abrazo y los besos del saludo, nos quedamos juntos, como si hubiera sido ayer. Esa nada de tres años se disuelve como los cubitos de hielo; y nos la vamos bebiendo. Hablamos mucho, muchísimo. Se le van las manos. A mí también me cuesta mantener la distancia y recordar que el orco anda cerca. Si dijera que por él no pasan los años sería una mentirosa, o estaría hablando mi cogorza, porque sí, han pasado, y para mí, pero sigue siendo igual. No dejo de pensar en esos tres años sin vernos, sin acostarnos. Abordamos mis cosas. Suelto lastre sin filtros, a borbotones, como aquellas veladas eternas de ron y confidencias. Sé que con él estoy a salvo, es una sensación equivocada, un engaño. Él siempre me provoca espejismos y encima el alcohol me transporta a un ayer donde quedó demostrado que de su mano, de a salvo, nada. Pero el alcohol es mi socio y toma muchas, demasiadas decisiones… Él comienza a abrirse, comienza la retahíla de excusas que ya he leído, que ya he escuchado, que yo misma he pronunciado, comienza a justificar lo que es muy probable que suceda. Comienza con ese “hay mucho cariño pero estamos aburridos, nos queremos pero sabemos que esto está agotado, no hay culpables, no hay terceras personas AÚN” que se ve reforzado por mí, que en su cuello le doy pinceladas teóricas extremadamente bien ilustradas, no sólo porque le conozco como si le hubiera parido sino porque sé de sobra que al año de iniciarse cualquier relación, por fabulosa que sea (y no hay más que ver al orco para saber que del todo fabulosa no habrá sido), las partes involucradas empiezan a sentir monotonía.

Y él lo retoma: “no ha pasado nada que implique una pelea, ni una situación desagradable…”. Y ahí intercedo yo: “el desgaste, el aburrimiento, la rutina, imagino…”. Rollo muy ecuánime. Él me habla al oído, nos estamos oliendo, tocando. Todo bien. Todo como fue. Todo. Y repite: “por su parte creo que no ha habido nadie, por la mía AÚN no me he saltado la regla, pero últimamente me cuesta no caer… porque sé que esto no va a ninguna parte y que es sólo cuestión de tiempo”. Tiempo. Tiempo perdido. Tiempo de silencio. En poco tiempo vendrá de nuevo a casa.

La examino a través de la penumbra, aprovecho cada haz de luz para descifrar porqué este tipo de tía sí y yo no. Concluyo que parece un gnomo y parece su madre y parece mi resaca de mañana. Decido apodarla “orco” el resto de la velada, incluso cuando hablo con él. Él se ríe, me conoce tanto que sabe que sería inútil contradecirme. Él sabe que es mi vendetta privada. Él sabe que es por su puta culpa. Lo que él no alcanza a entender es mi hoguera interna: ella es medio boba, ella no vale un duro… Pero sé que ella no es el enemigo, es sólo un caso más, otro, uno que veo y toco, un ejemplo más de lo cobardes que son los tíos. El aburrimiento acabará con el mundo. Quizá, como bien dice el filósofo, la pareja feliz ha pasado del deseo a la alegría. Y no, no es su caso.

“A muchas personas les gusta que el sexo esté unido al libertinaje, al peligro y al misterio. Y todo ello con discreción, sin traspasar la delgada frontera de la intimidad y el respeto”. Esta frase, de un artículo de la revista Glamour, resume cómo fuimos una pareja sin serlo, cómo estuvimos tantos años juntos sin estarlo y acabo de leerla esta misma mañana, así, como por mor de los dioses. André Comte-Sponville decía: “La sexualidad es por definición algo amoral. Sin tabú no hay transgresión, y sin transgresión no hay erotismo”. Lo prohibido y lo imposible, siempre tienta. Para Comte-Sponville cuando el amor es correspondido, por lo general los amantes se van a vivir juntos y, entonces, la necesidad imperiosa de estar uno al lado del otro decae. Y la pasión también disminuye. “No podemos tener al mismo tiempo el goce de la presencia y la violencia de la carencia”. “Hay dos posibilidades: o te aburres sola o te aburres en pareja”. Aquí, de nuevo: mi biografía. Y la suya. Y la de cualquiera.

“La segunda es la mejor opción”. Las parejas más duraderas no son las que nunca se aburren, son las que se aburren menos”. A su juicio, el secreto de una unión feliz está en acertar en mezclar la intimidad de los cuerpos con la intimidad de las almas”. “La pasión erótica (eros) dura un año… ¡Pero la pareja puede durar indefinidamente! Argumento muy trabajado por Simone de Beauvoir y Sartre y su diferenciación entre el amor necesario y los contingentes: el primero es el principal, no el único, uno que proporciona lealtad, no fidelidad -en el sentido sexual y emocional-; los segundos, son aquellos amores que existen, pues hay atracción intelectual, emocional o física, y aunque pueden llevarse a cabo con pasión e intensidad, no alcanzan el carácter necesario que los colocaría como prioridad.

Pero dejemos de hablar de mí.