Trata

La reciente noticia de la liberación de algunas de las niñas secuestradas por los terroristas de Boko Haram me ha hecho recordar un pasaje de una más que recomendable lectura: Ébano, una novela de Alberto Vázquez-Figueroa. Dentro de él, diversos conceptos nuevos, a cuál más terrible. A mí el que más me ha impactado es “melancolía fija”, quizá por mi obsesión por la muerte y el suicidio; algo casi genético creo yo. Aprendan, es un texto impagable. Y si pueden, hagan algo: merecemos un mundo mejor.

“Coromantos” los llamaban, y se aseguraba que despreciaban la muerte y los castigos. Importar coromantos a América exigían impuesto adicional de diez libras esterlinas, dad us belicosidad y espíritu de rebeldía, pues todas las revueltas de esclavos fueron capitaneadas por ellos, que, por último, se independizaron de Haití. Cuando un coronando se veía encerrado y encadenado en un barco que lo alejaba de su patria, sin posibilidad alguna de luchar o rebelarse contra sus captores, era tradición que, a veces, lograba poner fin a su vida por es sobrehumano esfuerzo de contener la respiración hasta asfixiarse.

Los ashantis se mataban a sí mismos, con pleno conocimiento de su impotencia, a diferencia de ibos y gaboneses, que se dejaban morir de “melancolía fija”, la más terrible de cuantas enfermedades atacaban a los esclavos durante su viaje a América. Se sentaban con las piernas encogidas y el mentón sobre las rodillas, y de ese modo permanecían horas, hasta que morían inexplicablemente ante la desesperación de capitanes y médicos de abordo. Cuando se veía a un esclavo sentado aquella forma, era deber del capitán obligarle a levantarse y correr por cubierta, dándole de beber un poco de ron y distrayéndolo hasta que volviese a su estado de normalidad.Ella, Nadia, era Ashanti, cromatina, y no dejaría que la “melancolía fija” la venciera. Lucharía por su libertad hasta el último momento; hasta que quedara oportunidad de escapar, y sólo entonces pondría fin a su vida, aunque fuera por el sistema de contener la respiración hasta asfixiarse.
¿Cómo podría hacerlo? ¿Qué increíble fuerza de voluntad y dominio de sus propio cuerpo necesitaría para que el aire no invadiese sus pulmones cuando hubiera perdido el conocimiento..?
A solas, de noche, hizo la prueba, pero resultó inútil.
“No estoy preparada” -se dijo-. Aún no lo estoy, porque aún deseo vivir y me quedan esperanzas… Pero algún día lo estaré.”
¿Llegaría a estarlo?
Le aterrorizaba la pregunta. A los veinte años la muerte es algo muy lejano.
¿Le faltaría valor en el último momento? Le atormentaba saber que no lo averiguaría hasta que ese momento llegara, y para entonces sería demasiado tarde. Resulta fácil decidir quitarse la vida antes de entrar a formar parte de un harén del que no saldría nunca, pero hacerlo era algo muy distinto.
Había leído mucho sobre el valor o la cobardía de los suicidas, sin imaginar que algún día pudiera encontrarse en ese caso.
¿Valor para poner fin a una vida desgraciada, o cobardía ante unos hechos contra los que no se podía luchar? ¿Qué era lo que sentía realmente?
Miedo.
Pese a su frialdad aparente, pese a hacerle fenece al sudanés, a Amín y a cuantos habían intentado aproximársele; pese a su decisión de morir antes de llegar a su destino, el miedo, un terror frío y callado, era el dueño absoluto de cada uno de sus actos, en cada minuto de sus días y de sus noches.
Y era miedo, sobre todo, a aquella decisión que nadie más podía tomar: suicidarse; poner fin a todos los sueños que había abrigado durante años; a todas las ilusiones que se había hecho desde que conoció a David; dejando en nada los hijos que había imaginado; pasando fugazmente por el mundo sin imprimir la menor huella…
Morir cuando todo empezaba a ser hermoso; cuando acababa de convertirse en mujer. Morir a los veinte años porque un viejo mercader quería ganar diez mil dólares y un jeque enriquecido necesitaba carne fresca. Morir oscuramente y en silencio, para servir de pasto a los tiburones del Mar Rojo y quedar para siempre como una incógnita en el recuerdo de David, que podría vivir cincuenta años preguntándose noche tras noche dónde la ocultarían.>>
No sé si reírme o llorar al conocer la existencia de un videojuego que emula la vida de una esclava sexual. Así está la cosa.