La señora Fletcher (II)

-Me gusta tu peinado -le dijo Julian-. Te queda muy bien. Estás muy sexy.

-Gracias.

-El de antes también me gustaba -añadió raudo, no fuese que el cumplido la ofendiera-. Pero éste te queda mejor. Estás muy sexy.
Eve dejó escapar un suspiro de advertencia, más dirigido a sí misma que a Julian, un recordatorio para no salirse de la ruta fijada, para no dejarse arrastrar hacia una conversación que sería mucho más placentera (y peligrosa) que la que debían mantener.
-Julian -dijo-, te agradezco el cumplido. Pero tengo edad como para…
-No me importa -la cortó él.
-Escucha. -Negó con la cabeza con un apesadumbrado gesto de remordimiento-. Sé que he hecho algunas cosas que han complicado la situación entre nosotros y de verdad que lo siento. Pero no somos pareja. Jamás podremos ser pareja. Creo que lo sabes tan bien como yo.
Él le dejó ganar ese punto sin ofrecer resistencia.
-Lo sé perfectamente.
-Muy bien, estupendo. -Eve sonrió aliviada-. Me alegro de que coincidamos.
Julian miró a través del parabrisas -los limpiaparabrisas seguían moviéndose a un lado y a otro- con una taciturna intensidad que a Eve le recordó a su novio del instituto, Jack Ramos, un jugador de béisbol de mirada tristona con un temperamento explosivo. Jack se había echado a llorar cuando ella rompió con él, y después le ordenó bajar cagando leches de su puto coche, un Volkswagen amarillo que olía a calcetines sucios. En aquella época todavía no existían los móviles y llevó una hora regresar a casa en plena noche. Pero le había parecido un precio razonable a pagar, porque fue ella la que quiso romper y se había quitado un gran peso de encima al acabar esa relación.
Julian estiró el brazo por encima del cambio de marchas y le cogió de la mano. Eve se quedó tan sorprendida que no se asistió.
-Sólo esperaba que pudiéramos follar de vez en cuando -le propuso, acariciándole los nudillos con la yema del pulgar. A Eve el gesto le provocó una sensación nostálgica, un recuerdo hecho carne-. No se tiene por qué enterar nadie.
Ella se rio. No se esperaba algo así. Reaccionando tarde y no sin cierto pesar, apartó la mano.
-Julian -le dijo. Eso no va a pasar.
-¿Por qué no?
Eve dejó caer un quejido de perplejidad.
-No sé por dónde empezar.
-Dame una sola razón.
-¿Me estás tomando el pelo? Quiero decir, en serio… ¿Cómo íbamos…?
-Mis padres están de vacaciones.
En un primer momento Eve no lo entendió. Pensó que estaba cambiando de tema, aceptando su derrota.
-Van a estar fuera toda la semana. -Se calló un momento, dándole tiempo para que siguiera su razonamiento-. Pásate la noche que quieras. Pronto, tarde, me da igual. Me avisas con un mensaje y vienes.
Eve no podía ni imaginárselo. ¿Qué iba a hacer? ¿Subir los escalones de la entrada y llamar al timbre? ¿Quedarse ahí plantada, a la vista de todo el vecindario, esperando a que él le abriese la puerta? Pero él pareció leerle la mente.
-Dejaré abierta la puerta del garaje. Puedes entrar directamente. Para cerrarla he atado un cordel al interruptor y lo he colgado del techo. Lo alcanzarás desde el asiento del coche. Tiras del cordel y la puerta se cierra automáticamente. No te verá nadie.
Eve no sabía qué decir. Parecía un buen plan, simple y del todo plausible, si la persona que tirase del cordel fuese cualquiera menos ella.
-Lo tiene todo planeado -murmuró.
Julian la miró. La expresión de su cara era seria, rebosante de deseo adulto. Era como si Eve pudiese ver a través del estudiante universitario al hombre en que se convertiría en un futuro.
-No he pensado en otra puta cosa -le confesó él.
(Tranquilos, no les voy a dejar aquí)
Eve no tenía intención de acudir a escondidas a una cita con un chico de diecinueve años cuyos padres estaban de vacaciones. Aparte de la diferencia de edad, motivo ya más que suficiente para echarse atrás, todo el montaje le parecía sórdido y vagamente degradante: la puerta del garaje abierta, la cuenta atrás (¡oferta válida sólo por una semana!) y el rollo cita-con-sexo/amigos-con-derecho-a-roce que Julian proponía. Olía a receta infalible para acabar arrepintiéndose, si es que no acababa directamente en un desastre. El mero recuerdo del encuentro semeclandestino en el centro para mayores -la gélida lluvia, los dos coches pegados en un aparcamiento vacío, el breve interludio con Julian cogiéndole la mano- ya la hacía sentirse ridícula y un poco inquieta al evocarlo ahora.
Recordaba haber leído hacía años una columna con consejos de un experto que sugería a siguiente regla general: “Si estás pensando en hacer algo que será capaz de confesarle a tu cónyuge o a tu mejor amigo, ¡NO LO HAGAS! ¡YA SABES DE ENTRADA QUE ESTÁ MAL!”. Era un consejo solvente, incuestionable y sin duda aplicable a su actual dilema.
Por suerte, esto no era un problema muy grande, porque no había nada que discutir. No iba a ir a casa de Julian ni iba a entrar por el garaje ni iba a tirar de un cordel (lo del cordel atado al interruptor era un bonito detalle, digno de la inventiva de Benjamín Franklin) ni a esperar a que la puerta se cerrase para poder entrar a hurtadillas en la casa y agravar su anterior desliz -que al menos tenía la virtud de no haber sido premeditado- con otro desliz más serio y deliberado, una estupidez de campeonato.
Simple y llanamente, no iba a hacerlo.
Y sin embargo, para ser algo que tenía más que decidido, no paró de pensar en ello durante los siguientes días. El deseo de Julian,  -su simple existencia- actuaba sobre ella como una fuerza gravitatoria que no había previsto y a la que le resultaba sorprendentemente difícil resistirse.
Él la estaba esperando.
Nadie más lo hacía.
Eso había que tenerlo en cuenta.
Sería tan fácil hacer feliz a Julian… Eso también había que valorarlo, porque Eve no iba a hacer feliz a nadie más, y menos que a nadie a sí misma. ¿Actualizar su perfil en Match.com y sacarse unas cuantas fotos con un profesional? ¿Repasar los jactanciosos perfiles de tíos con los que no querría citarse ni dentro de un millón de años? Y aquellos con los que sí le gustaría tener un cita, probablemente no darían un seguro vistazo a su perfil, si es que condescendían a mirarlo una vez. Pasarían años antes de que consiguiese una cita decente. Quizá la vida entera.
Y el asunto era que esos hombres de internet, a los que, tal vez, esperaba tener ocasión de conocer algún día, eran puramente hipotéticos. Julian en cambio era real. Y estaba esperándola. De acuerdo, era joven -demasiado joven, era del todo consciente de ese desafortunado detalle-, pero la juventud tenía cosas que ofrecer, ¿no?  El vigor, la gratitud, todos los clichés eran tales porque eran verdad. Incluso su falta de experiencia era conmovedora, porque no duraría siempre. Y era hermoso -no había otro modo de expresarlo-, en unos momentos en que no había casi nada hermoso en la vida de Eve.
Era doloroso recibir un regalo con ése y no tener otra opción que devolverlo sin abrir. […]
Compren el libro, que ya se lo recomendé. Podría haberlo escrito yo… pero estaba perdiendo mi tiempo miserablemente.
La señora Fletcher. Tom Perrotta.