las filias, y las madre que las parió

Le gustara o no, tendría que volver al trabajo a buscar el teléfono. Si algo no podía hacer era estar incomunicada, no porque nadie la fuera a llamar, sino porque el simple hecho de sentirse aislada le provocaba una sensación de inseguridad, de inquietud, y un nerviosismo extraño.

-Disculpe, ¿me puede decir la hora? -preguntó algo apurada.
-Son casi las nueve -respondió el hombre mientras se aflojaba la corbata.
Dio un último trago a la copa dispuesta a marcharse.
-Déjeme que la invite. ¿Qué bebe?
Lisa reparó en él. Le resultó atractivo. Tenía un aire a Jake Gyllenhaal. Se rio para sus adentros. Siempre tenía la costumbre de buscar parecidos, pero cuando los comentaba con sus amigas éstas se burlaban de ella. Soledad, la abuela de Hiba, para ella era igual a Carmen Maura, a la que adoraba desde que la vio por primera vez  en Qué he hecho yo para merecer esto, y luego en La ley del deseo y Mujeres al borde de un ataque de nervios. La propia Hiba guardaba un parecido espectacular con la actriz Hiba Abouk, sobre todo en sus ojos y en su preciosa sonrisa. Laura era como Jennifer Lawrence, cosa que a ella le encantaba que le dijera. Y la pescadera del puesto de abajo del mercado de San Miguel tenía la misma cara que Angela Merkel. Volvió a mirar al hombre, que seguía esperando una respuesta, esta vez sonriendo.
-¿Perdón? -dijo Lisa, haciendo como que no le había oído.
-Sí, le estaba diciendo que me dejara que la invite. ¿Qué bebe?
Su extrema amabilidad la dejó sorprendida y encantada; muy Jake Gyllenhaal: sus mismos ojos azules, sus cejas espesas, su franca sonrisa, su cara de buen tío.
-Tomaré lo mismo -dijo haciendo una seña con la copa al camarero, que por fin se dio por aludido.
-Dos copas de vino -ordenó el hombre y se volvió hacia Lisa-. ¿Ribera del Duero?
-Sí, un ribera está bien.
-No suelo beber, pero creo que hoy lo necesito -dijo el hombre con aire de preocupación-. Tengo problemas en el trabajo.
-No me diga, me paso el día escuchando ese tipo de problemas -dijo ella. Volviendo a buscar en su bolso el dichoso móvil.
-Es un desastre. Las empresas, en este momento, no ven a largo plazo. Me encuentro continuamente delante de situaciones terribles, tengo que despedir a gente y todo eso con una sonrisa. Pero no queiro aburrirla -dijo él sinceramente.
El aspecto aniñado de Isa, su sencillez provinciana y sobre todo la naturalidad con que se comportaba, lo habían descolocado. ¿Se estaría confundiendo?
El camarero sirvió las copas de vino El hombre trajeado deslizó su mirada por la sala. En una mesa próxima, una pareja llamó su atención. Él, un hombre de unos cincuenta años; ella, rubia, posiblemente rusa, una mujer muy bella y sin duda, mucho más joven. Más seguro de sí mismo, alzó su copa.
-Usted, no es de aquí, ¿verdad? Dijo Lisa aceptando el brindis.
-No.. Estoy hospedado en el hotel. Si quiere podemos subir a mi habitación.
Lo dijo sin darle ninguna importancia, pensó Lisa, como quien te propone ir a dar una vuelta, o tomemos una copa más. Eso le llamó la atención, claro que tampoco le estaba pidiendo matrimonio. “No está mal -siguió pensando-, no e muy alto, pero sí guapo, delgado, y las canas lo hacen interesante.” Cualquiera de esos detalles, que en otro momento no hubieran significado nada, en esa ocasión en que ella necesitaba un poco de cariño, un empuje a su autoestima y un pequeño desahogo, fueron más que suficientes para justificar una respuesta afirmativa. No tenía por qué enterarse nadie, podía guardar ese secreto y llevárselo a la tumba. Y si alguien le preguntaba qué había hecho aquella tarde, tampoco tenía que decir la verdad, ni confesarse; con una pequeña mentira estaría todo arreglado, la gente miente por mucho menos, pensó, y se acabó su copa de un trago.
-De acuerdo. Subamos.
Ambos entraron en la habitación. A través del ventanal se podía observar a plaza de Santa Ana, con el teatro al frente y las terrazas llenas de gente. Él, sin encender La Luz, se aproximó a ella, que al volverse pudo ver su imagen reflejada en al enorme pantalla plana suspendida sin rozar la pared. El desconocido sacó su cartera y le ofreció uso billetes.
-¿Es suficiente? -susurró a su oído.
Ella miró el dinero con sorpresa. Dudó ante el malentendido, pero no tuvo tiempo de contestar ya que el hombre, al verla titubear, se imaginó que el servicio sería algo más caro de los previsto. Tampoco se extrañó. Esa belleza delicada y frágil, que parecía poder quebrarse en cualquier momento, esa inocencia aunque fuera importada, esa naturalidad de chica normal tenía que tener un precio más elevado del que estaba acostumbrado a pagar. Merecía la pena. Rápidamente le ofreció otro billete. Ella guardó el dinero en su bolso mientras un extraño escalofrío recorría todo su cuerpo. Sabía lo que estaba haciendo aun sin proponérselo. Es más, la sola idea de ofrecerse por primera vez a cambio de dinero la excitaba.
La escena de sexo que se describe a continuación bien merece la pena que se compren la primera novela de Alfonso Albacete Todo se mueve. Ya se la recomendé.
Y para saber lo que es la crematistofilia, sigan leyendo.