Ser madre (o padre) en el s.XXI

-Y bien -sonrió Eve nerviosa, visualizando su propio cuerpo, la palidez de su piel y el sudor que se le acumulaba bajo las axilas-, ¿puedo hacer algo por ti?
Becca volvió a lanzarle su mirada glacial, para dejarle claro queda había cubierto su cuota de preguntas idiotas del día.
-¿Está en casa?
-Lo siento, cariño -dijo Eve, señalando el mono volumen con un movimiento de cabeza-. Estamos apunto de marcharnos.
-No pasa nada. -Becca había emprendido el camino hacia la casa-. Sólo es un minuto.
Eve podría haberle impedido entrar, estaba en su derecho, pero no quería representar el papel de madre malhumorada y castigadora, al menos no ese día. ¿Para qué? Su época de madre tocaba su fin. Y por mucho que le desagradase Becca, Eve no podía evitar sentir cierta lástima por ella. No tenía que ser fácil ser la novia de Brendan, y debía haberle dolido mucho que él terminase con la relación pocas semanas antes de marcharse a la universidad, mientras que a ella todavía le quedaba un año más de instituto. Por lo visto, él había hecho el trabajo sucio con un mensaje de texto después se había negado a hablar con ella; se había limitado a aplastar la relación hasta hacer una bola con ella y la había lanzado a la papelera, una táctica aprendida de su padre. Eve comprendía demasiado bien la necesidad de Becca de mantener una última conversación con la vana esperanza de cerrar el tema con cierta dignidad.
Buena suerte.
Pensando que así les dejaría cierto margen, Eve llevó el monovolumen hasta la gasolinera Citgo para llenar el depósito y comprobar la presión de los neumáticos. Después pasó por el banco para sacar algo de dinero que le entregaría a Brendan como regalo de despedida. “Para libros”, le diría, aunque suponía que la mayor parte se la gastaría en pizzas y cervezas.
Se ausentó durante quince minutos, tiempo más que suficiente para una charla de despedida, pero cuando volvió la bicicleta de Becca seguía tirada en el césped.
“Lo siento”, pensó. “El horario de visitas ya se ha terminado…”.
No había nadie en la cocina y Brendan no respondió cuando lo llamó. Volvió a intentarlo alzando más la voz, pero sin éxito. Entonces decidió echar un vistazo en el patio, por por pura formalidad: ya sabía dónde estaban y qué estaban haciendo. Lo notaba en el ambiente, una vibración sutil, ilícita y muy irritante.
Eve no era una madre puritana -cuando iba a la farmacia, siempre le preguntaba a su hijo si necesitaba preservativos-, pero no tenía paciencia para esto, ese día no, no después de haber cargado el monovolumen ella sola y cuando ya iban con retraso. Se acercó al pie de la escalera.
-¡Brendan! -su voz sonó estridente y severa, con el mismo tono que utilizaba cuando él era pequeño y se portaba mal en el parque-. ¡Baja ahora mismo!
Esperó unos segundos y se precipitó escaleras arriba, haciendo todo el ruido posible. Le daba igual lo que estuviesen haciendo. Era cuestión de respeto. Respeto y madurez. Brendan empezaba la universidad y ya era hora de que se comportase como un adulto.
La puerta de su dormitorio estaba cerrada y en el interior se oía música, la rap macarra de costumbre. Eve levantó al mano para llamar con los nudillos. El sonido que la detuvo al principio era vago, apenas audible, pero se hizo más claro cuando ella aguzó el oído, un ansioso gimoteo primario que ninguna madre debería tener que escuchar de boca de su hijo, y menos en un momento de nostalgia por el niño que fue, el tierno niño que se le agarraba desesperado a la pierna cuando ella intentaba despedirse de él en su primer día de parvulario, rogándole que se quedase  “sólo un minuto más”. ¡Por favor, mamá, sólo un minuto!”.
-Mierda -decía ahora ese niño con un tono de relajado asombro—. Joder, sí… Chúpamela, zorra.
Como huyendo de un terrible hedor, Eve se alejó de la puerta y se refugió aturdida en la cocina, donde se preparó una infusión de menta para relajarse. Para ocupar la mente mientras esperaba a que infusionase, hojeó el folleto del Eastern Community College, porque a partir de ese momento iba a disponer de mucho tiempo libre y necesitaba encontrar algunas actividades que le hicieran salir de casa y que tal vez la pondrían en contacto con gente nueva e interesante. Ya había repasado todo el ciclo de Sociología, marcando las clases que le parecían prometedoras y cuyos horarios le iban bien, cuando por fin oyó pasos en la escalera. Unos segundos después apareció Becca en la cocina, despeinada pero con aires de victoria, y con una aparatosa mancha húmeda en el mono. Al menos tuvo la decencia de ruborizarse.
-Adiós, señora Fletcher. ¡Disfrute del nido vacío!
El varano anterior, que Eve y Bredan dedicaron a buscar universidad, hicieron viajes largos en coche que resultaron deliciosos […]. Eve atesoraba el recuerdo de aquellas conversaciones íntimas de autopista y esperaba mantener otra similar esa tarde, pero ¿cómo iban a poder compartir unos momentos de nostalgia cuando lo único que a ella le venía a la cabeza en esos momentos eran las horribles palabras que había oído a través de la puerta: “Chúpamela, zorra.” No paraba de resonar en su cabeza en un bucle infinito: Chúpamela, zorra… Chúpamela, zorra… Chúpamela, zorra… Brendan había pronunciado esas palabras de un modo tan natural, tan automático, tal como un chico de la generación de Eve podría haber dicho: “Oh, sí” o “Sigue”, lo cual ya habría sido bastante embarazoso desde la perspectiva de una madre, pero ni de lejos tan perturbador.
Probablemente no debería haberle sorprendido. Cuando Brendan estudiaba en el instituto, Eve había acudido a una charla sobre control parental de internet organizada por la asociación de padres. El conferenciante invitado, un ayudante del fiscal del condado, les ofreció una deprimente panorámica del ciberespacio y los peligros que suponía para los adolescentes. Les habló del envío de fotos de desnudos por SMS, del ciber acoso y de los depredadores sexuales que poblaban la red, pero lo que más le preocupaba era la enfermiza cantidad de pornografía a la que los chicos estaban potencialmente expuestos a diario, un verdadero tsunami de bazofia sin precedentes en la historia de la humanidad.
-Y no me refiero a un ejemplar de Playboy escondido en el lavabo, ¿de acuerdo? Hablo de una fosa séptica sin regulación alguna de imágenes degradantes y perversiones sexuales extremas, al alcance de cualquiera en la privacidad de sus habitaciones, sin restricción alguna por cuestiones de edad o de madurez emocional. En este entorno tóxico, es necesario aplicar una vigilancia constante y decidida para mantener a nuestros hijos a salvo, proteger su inocencia y mantenerlos a resguardo de la depravación. ¿Estáis preparados para asumir ese reto?
¡Y yo me lo quería perder! Ay, ay, ay… Queridos papás y mamás, no me dais ninguna envidia.
Escrita por Tom Perrota, La señora Fletcher es una novela divertidísima, una comedia sobre el sexo, el amor y la identidad a comienzos del siglo XXI.