La señora Fletcher

Ya está todo dicho, inventado y hasta escrito. De ahí me viene, fundamentalmente, esa pereza que me disuade de escribir. Hace rato que prefiero encaminar mis esfuerzos a objetivos menos decepcionantes que tratar de dejar mi huella en el universo mediante la redacción de un testimonio inédito. En tres días me he devorado La señora Fletcher, de Tom Perrota (escritor y guionista, creador de “The Leftovers“). En mi peculiar transformación, mis hojas de morera. No estoy habituada a leer, dentro del mismo relato, varias veces mi biografía y la de unas ciento cuarenta y tres aminemigas. Obviamente, es una señal elocuente de que no invierto suficiente dinero en medicación y tratamiento psicológico, porque me he visto identificada con dos personajes bien dispares. Por lo demás, una verdadera delicia. Volveré sobre ella por otros asuntos la mar de interesantes.
[…] Amber era dolorosamente consciente de la disparidad entre sus posturas políticas y sus deseos. Era una feminista global, defensora de las personas con minusvalías y una aliada incondicional de la comunidad LGTB en toda su gloriosa diversidad. En su condición de mujer heterosexual, cisgénero, físicamente sana, neurotípica, del primer mundo, de clase media y de raza blanca, luchaba para ser siempre consciente de su posición privilegiada y evitaba utilizarla para silenciar o ignorar las voces de quienes no gozaban de estas inmerecidas ventajas, que tenían mucho más derecho que ella a hablar sobre muchísimos temas. Como no podía ser de otro modo, Amber también luchaba con entusiasmo contra el capitalismo, el patriarcado, el racismo, la homofobia, la transfobia, la cultura de la violación, el bulling y todas las formas de microagresión.
Pero cuando se trataba de los chicos, por algún misterioso motivo, solo le atraían los deportistas. 
Era horrible. Deseaba sentirse más atraída por hombres que compartiesen sus convicciones políticas -los que abrazaban árboles, los inconformistas con el género, los activistas veganos, los okupas y boicoteados, los alumnos de Estudios Sociológicos sobre la Raza Blanca, los intelectuales negros que llevaban gafas estilo Malcolm X-, pero no había manera de que funcionase. Siempre se quedaba prendada de deportistas: jugadores de fútbol americano, lanzadores de peso, delanteros de rugby, luchadores de la categoría de los pesos pesados yo soy más de modelos, la gran mayoría de los cuales eran chicos blancos, bebedores, con lustrosos pechos depilados, criados como privilegiados e incapaces de ver más allá de sus pollas. Y por supuesto, a ella la utilizaban como un objeto desechable, sin ningún tipo de remordimiento o disculpa, porque en eso consistía ser un privilegiado: en gozar del permiso de tratar a los demás como una mierda sin dejar de estar convencido de que eres una buena persona. 
¿Cómo era aquello que decía siempre su padre? ¿La definición de locura era hacer una y otra vez lo mismo y esperar resultados diferentes? Bien, pues ésa había sido hasta el momento la historia de la vida amorosa de Amber, y ya tenía suficiente. Durante el verano se había hecho el solemne juramento de acabar con esa locura y, o bien empezar a elegir sus parejas con más sensatez o, si no le quedaba otra opción, optar por el celibato y el respeto a sí misma renunciando al sexo vacuo y a la desolación autodestructiva que venía después. […] 
 
[…] Esa noche, más tarde, después de haber visto su sesión de porno qué aburrimiento, yo soy de mirar facebook y ya acostada, Eve se preguntó porqué no había aceptado la oferta de Hobie. No era más que una copa, media hora de su tiempo. Era un hombre bastante guapo y con una conversación agradable, y hacía mucho tiempo que no se divertía flirteando, no digamos ya echando un polvo. Si una amiga le hubiera pedido consejo sobre esa situación, el habría dicho: “Déjate llevar, a ver adónde te conduce, él no tiene por qué ser perfecto”.
No fue tanto la fantasía sexual lo que echó para atrás -eso le vino a la cabeza y se disipó en un instante-, sino la agobiante sensación de familiaridad que había surgido a lo largo de la noche, la percepción de que Jim Hobie era más de lo mismo, otra ración de un plato que ya no le apetecía; no era tan aborrecible como ese Barry, el de clase, o tan pagado de sí mismo como Ted lo fue en su día, pero formaba parte del mismo paquete básico. Podía acostarse con él, incluso enamorarse de él, pero ¿dónde le llevaría eso? A ningún sitio en el que no hubiera estado ya, eso lo tenía clarísimo. Y ella quería otra cosa, algo diferente, aunque estaba por ver exactamente el qué. Lo único que tenía claro es que el mundo era muy grande y ella solo habría rascado la superficie. […]
Les dejo algunas críticas sobre la novela:
  • «Un cuadro realista, bastante colorido, sobre los vericuetos del amor, el sexo y la identidad en la era que nos ha tocado vivir.» Diego Gándara (La Razón)

    «Perrotta ha sido siempre un escritor inteligente y atrevido, autor de unas sátiras descacharrantes en las que te sorprende también con emoción genuina. Abróchense los cinturones y déjense llevar, La señora Fletcher es una auténtica locura.» Richard Russo

    «Seguramente no leerás nunca una novela tan dulce y encantadora sobre la adicción a la pornografía y las angustias del sexo.» The New York Times Book Review

    «Divertido y profundamente conmovedor. Un autor que ha llegado para quedarse.» Tobias Wolff