La uruguaya

La uruguaya cosecha premios y críticas asombrosamente positivas de escritores y expertos. Pedro Mairal ha escrito uno de los mejores libros que he leído, y no soy una Vicky Beckham precisamente; soy otras muchas cosas, feísimas todas, quizá, pero no leída, no.

No hay nada como asomarse a la mente del asesino hombre para comprender la cantidad de tonterías que hacen y las terroríficas consecuencias que su egoísmo y su inseguridad falocrática provocan en quienes les rodean, verbigracia, nosotras.
La uruguaya narra de un modo divertidísimo y en primera persona, una crisis matrimonial que coincide con la crisis de los cuarenta de su protagonista, un escritor que viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han enviado desde el extranjero y que, por las restricciones cambiarias, no quiere cobrar en su país. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento (de hecho, vive a costa de su mujer). La novela arranca con ese viaje corto, de un día, que habrá de pasar en otro país y la perspectiva de encontrarse allí con una chica a la que conoció en un seminario le ilusiona y le llena de energía.
Obviamente, las cosas no salen con él planea y a Lucas no le queda más remedio que afrontar la realidad.
Lo que yo les cuente, da igual; porque este libro hay que leerlo. Aquí van algunos fragmentos. Miren al cruzar cuando corran a comprar un ejemplar.
[…] Eran las dos y cuarto y Guerra no venía. Pensé en la posibilidad de que no viniera. Hubo una parte de mí que casi prefirió que pasara eso. Así podía irme, con un aura de abandonado pero no rechazado, libre de la humillación, casi vencedor, porque se declaraba desierto el encuentro. Podía decirme a mí mismo: ella no se presentó. No acudió a la cita. Y eso evitaba que me metiera en problemas. Me dejaba libre de la trampa y la mentira. Y podía quedarme de este lado. No cruzar límites sin retorno. Era un modo de no hacerme cargo, supongo. Un buen truco para no decidir yo sino las partículas elementales del devenir caótico. Me latía fuerte el corazón. Todavía estaba a tiempo de rajar. Por un momento lo pensé. Levantarme, pagar y salir sin mirar atrás, irme por la rambla, pasear y hacer tiempo hasta ver a Enzo a la tarde. Un corte limpio. Unas disculpas por mail. Estar tranquilo, solo, pensar en mis cosas, enfocarme en la novela, sentarme en algún otro bar de 18 de Julio… De pronto, me dio pánico el encuentro. ¿De qué iba a hablar? ¿Cómo la iba a convencer de venir conmigo al hotel? Estaba medio cansado. Bajo de energía. ¿Y si ella aceptaba ir al hotel y a mí no se me paraba de los nervios y el cansancio y demasiada expectativa? ¿Y si venía el novio en lugar de ella a cagarme a trompadas? […]