Frida

Recuerdo esas alas tachadas bajo unos pies huérfanos de suelo y de piernas. Y entonces, me llega el olor de las flores y de los cactus que rodeaban el patio de ladrillo rojo y pizarra; me viene el regusto a naranja, a canela en rama y a miel de ese café de olla que nos sirvieron; y aquellas botanas que picaban casi como ese sol de Coyoacán, inclemente hasta en la sombra; y el escozor en los ojos y el pinchazo en los pulmones por culpa de la contaminación.

Separada del grupo, recorrí muda esas estancias llenas de azulón, de verde pistacho y de rosa, encontrando muebles desparejados, tallas de madera y esculturas de bronce y cristal, deteniéndome en los pasillos estrechos con las paredes asfixiadas de cuadros y de hornacinas, unas con cartas de amor y otros manuscritos amarillentos ilegibles, otras con muñequitos con cara de calavera, rindiendo homenaje a la Santa Muerte. Y acaricié a escondidas algunas reliquias, su cepillo del pelo y su espejo de plata labrada sobre el tocador, la colcha… porque eran de ella. Por todas partes, sus cejas unidas, sus corsés ortopédicos y sus amores libérrimos. Un sufrimiento inenarrable y una pasión desenfrenada. Amputación, silla de ruedas, mantillas, flores.

“En mi vida tuve dos accidentes. Uno fue el del tranvía. El segundo fue Diego“.

Rodeada de sus inquietantes autorretratos, mi yo espiritista deseaba su aparición y esperaba con cierto espanto que desde el más allá ella percibiera mi admiración y mi compasión eternas. Aún siento escalofríos cuando evoco el tacto de aquella cama especial donde se pasó media vida, un amasijo aterrador de travesaños de hierro, de poleas y correas de cuero. Entre operaciones, allí postrada, fue cuando hizo ese dibujo de dolorosos trazos, casi infantiles, estampados con rabia sobre aquel papel de estraza, marrón, burdo, y seguramente áspero, que habían enmarcado y colgado sin especial interés en uno de los rincones de aquella su casa-museo y que yo estuve contemplando hasta grabármelo a fuego. Sí, muy a menudo me esfuerzo por recordar que ella tachó unas alas; casi cada vez que me enredo y tropiezo con mis cadenas de estupidez, repito la frase estampada en violentas mayúsculas negras que subrayaba aquellos tobillos que volaban: “Pies para qué los quiero, si tengo alas p’a volar”.

Anoche estuve en el estreno de Frida, el personaje que más me ha fascinado en la vida. Uno de los nombres de mujer que mejor define el Siglo XX está hoy más vivo que nunca. No en vano, su rostro es la imagen más reproducida en cualquier aplicación de merchandising. Este montaje, estrenado en 2001 por la Compañía El Curro DT junto a la autora mexicana, Marcela Aguilar, originaria de esta pieza, ha vuelto a la Sala Nave 73 a partir del 11 de enero.

Frida apenas necesita apelativos o adjetivos, su vida y sus creaciones hablan por sí mismas. El Curro DT desempolva este montaje que durante años ha obtenido el aplauso del público y la crítica, y que nos permite viajar en el tiempo y el espacio a lugares maravillosos.

Para El Curro DT, es motivo de una danza. ¿Por qué? Sobra explicarlo. Todo un universo encerrado tras la mirada de la mujer de las cejas juntas es la respuesta. El Universo Frida.

Un espectáculo alternativo, teatro experimental, dedicado a uno de los iconos más poderosos: la artista Frida Kahlo y llevado a cabo por ocho actores, que cantan y bailan, y una niña.

Dicen que soy
que soy una cojita
y si lo soy
lo disimularé

Aunque en ocasiones no contemos con lo más básico para lograr nuestros objetivos, siempre tendremos dentro de nosotros un potencial inmenso para explotar.

Frida. Difícil de analizar. Prácticamente indescriptible, hay que verla, y nunca, nunca tratar de entenderla. ¿Se entiende el arte? ¿Se entiende la poliomielitis? ¿Se entienden los huesos rotos? No, no se entienden. Se sufren. Se disfrutan. Se pintan. Se bailan.

Frida. Una larga lista de razones pretende dar cabida en el papel a lo que ha podido generar este trabajo, esbozo de la vida de la pintora, que, El Curro DT, concibe como un pequeño exvoto escénico, piadoso, pero no religioso, dedicado a los que aún encuentran motivos para poder gritar con Frida: ¡VIVA LA VIDA!

La versión original de Marcela Aguilar con el mismo título es de 1985 y seguramente el primer trabajo que se realizaba sobre la ahora famosa pintora mexicana. Fue en México DF, en donde adentrarse en el mundo de Frida implicaba visitar La Casa Azul de Coyoacán e indagar entre los objetos personales de la artista. La pieza duraba 17 minutos y la bailó el Centro de Investigación Coreográfica de México (CICO) durante 3 años. En 1989 Marcela Aguilar retomó el trabajo en San José de Costa Rica para la Compañía de Danza  de la Universidad Nacional (Danza UNA). Allí mismo en 1994 lo remontó para el Grupo de Aspirantes de la Compañía Nacional de Danza, que la interpretó en diferentes países latinoamericanos. Además, fragmentos se bailaron en distintos congresos y seminarios en Caracas, México y Nueva York.

Cuando en octubre de 2001 El Curro DT invita a Marcela Aguilar a trabajar con ellos, ella se ofreció a revisar Frida, porque consideraba que, como uno de los primeros ejemplos de la danza-teatro latinoamericana, coincidía con la propuesta artística de la compañía madrileña. El resultado es una especie de cadáver exquisito montado a ambos lados del Atlántico en dos décadas distintas.

“Pies para qué los quiero, si tengo alas pa’ volar”

Les recomiendo que antes de ir, lean su biografía.

 

P.S: Facebook me ha censurado esta publicación debido a la fotos de Frida con el torso descubierto (los pezones femeninos son ilegales)