El morenazo guapo de la foto

Hace poco estuve haciendo mi periódica visita a mi perfil, con el consiguiente “acepto a todo el mundo” que me solicita contactar en Linkedin, esa red social PROFESIONAL donde, a lo largo de todos estos años, doy fe de que no he recibido una sola iniciativa de colaboración, aviso de proceso de selección u oferta de trabajo y, sin embargo, me han propuesto matrimonio, relaciones sexuales, viajes, servicios de acompañamiento y cenas y homenajes varios en la ciudad del CEO de turno... y un sinfín de asquerosidades muy desagradables para quien, como yo, pasa de esos mierdas encorbatados que ocupan su jornada laboral retribuida por cuenta ajena pajeándose a escondidas y que, por no saber, no saben ni dónde están: ¿por qué no se bajan “adopta un chucho un tío” u otra app y se comportan en ésta como es debido?

Durante un rato, acepté de un tirón a casi doscientas personas, con el único criterio de que si no hay foto o no hay Job description, pulso “ignorar". Tengo varios miles de contactos en este momento, hombres y mujeres de toda nacionalidad y de casi todas las posibles esferas laborales. Entre los más de veinte emails que recibí a los pocos minutos, presentándose y dándome las gracias por aceptarles, o con el clásico copio-pego vendiéndome algo, hubo uno que destacó. Sí, lo admito: destacó por su foto. Era un primer plano soleado de la cara de un tío muy guapo, un morenazo con hoyuelo que, además, parecía medio normal. Para variar, no resultaba baboso ni ofensivo en las tres o cuatro líneas que me escribió. Respondí muy someramente pero cordial. Me llegó al momento otro mensaje del morenazo guapo de la foto, ofreciéndose a ser mi guía particular en la ciudad donde vive y también a facilitarme algún trámite relacionado con su profesión, porque yo tengo intereses económicos en ese área. Todo en el mismo tono simpático y, si no fuera por sus dos patadas al diccionario dignas de incineración en la plaza pública, reconozco que me interesó y que me hizo (aún más) gracia. Sí, sí: por la foto. No estoy haciendo introspección, ni metafísica, ni reflexiono acerca de la existencia de Dios, no lo voy a negar: soy humana, estoy chateando en mi perfil y mi nuevo interlocutor, del que no sé nada, me interesaba por la foto. Ya estaba ese lado de mi cerebro que dejó de evolucionar a los 6 años maquinando: en otra ventana, lanzo la búsqueda “qué visitar en…” y páginas de aerolíneas. Ando yo muy predispuesta a montarme en aviones, para qué vamos a engañarnos.
Tentaciones tuve de ponerme a teclear anoche mismo, al recibir su cadena de mensajes (el morenazo guapo de la foto me dedicó varias parrafadas a las once y pico ya). Esta mañana, respondo al morenazo guapo de la foto muy brevemente y le confieso que no uso Linkedin; le pregunto si tiene perfil en Facebook (donde seguramente puedo ver si está casado, con hijos y demás, porque ¡¡¡esto no me puede estar pasando!!!). El morenazo guapo de la foto me da inmediatamente su Facebook y su móvil. Mientras escribo solo un “gracias” a sus veinte imputs, me freno por pura intuición. Antes de contestar a nada más y antes de darle mi móvil, le busco. Encuentro un perfil que coincide (por nombre, ubicación y la parte profesional) pero es de un tipo que parece su padre: lleno de canas, más gordo… También por instinto, cierro de inmediato Linkedin, y vuelvo a mi muro en Facebook, sin solicitar su amistad. ¡¡¡Yes, esto te está pasando!!! Y un torbellino huracanado de ideas muy chungas se instala en mi mente y centrifuga durante cinco segundos o seis (esto es lo que yo dedico a los duelos de este tipo). Resuenan en mi cerebro, como volando, las archiconocidas frasecitas, mini mantras del desasosiego: "Nada que no supieras". "Nada nuevo". "No hay manera, hija mía". "No hay uno que se salve, joder...". El que no utiliza fotos robadas de modelos y actores, se inventa una vida u oculta los detalles clave de su realidad (recuerdo uno que me estuvo escribiendo, pico y pala, noche y día, dos semanas y, cuando se me ocurrió buscarle en facebook, el colega tenía 4 hijos...). Y el que no, como hace éste, el morenazo guapo de la foto, utiliza fotos suyas, pero de hace por lo menos quince años y quince kilos.
Al minuto, me llega un aviso del siguiente mensaje de este tío, del morenazo guapo de la foto que NO EXISTE, donde muy educadito él, reitera que le escriba directamente a su móvil porque es más personal y anuncia: <<Salgo a desayunar, si quieres te invito. Así no solo alimento el cuerpo, sino contigo enfrente, también alimento el Alma>>.
Mátame camión.
Entre mentiras, omisiones, maquillaje, photoshop, filtros y contouring... Qué a tope todo, ¿no?
No es de extrañar que haya incluso programas de televisión acerca del phishing o la suplantación de identidad, unos con fines delictivos (fraudes, estafas...) y otras sexuales. A mí lo que me paraliza es que ignoro cómo proceder. Obvio que no voy a hacer nada. Nada es nada (I do not feed the troll, I only feed my cats...). Pero claro, no hacer nada no me impide plantearme que, apesar de que él me ha metido veinte fichas y que sus fines son estrictamente sexuales conmigo, si yo cojo y le recrimino que la imagen que utiliza como señuelo no se corresponde en absoluto con la realidad, resulta que me va acusar de no saber comportarme en una red social PROFESIONAL. La "infractora" sería yo, porque él negaría todo interés en mí y porque quien protesta porque no es ese morenazo guapo del perfil, soy yo. Es decir, aunque quien se extralimita y, en vez de asuntos laborales, lo que hace es proponer planes y lanzar insinuaciones porque lo que busca es "carne", si yo declino su oferta porque la "carne" que él oferta está caducada, pasada de fecha y mezclada con grasas adulteradas, la chunga, la superficial seré yo.
Ya les decía el otro día que hace rato que ya no sé cómo comportarme en este mundo.