La felicidad es un té contigo

Hoy he visto el vídeo donde se hace público el compromiso matrimonial del Prícipe Harry con Meghan Markle. Muero. Los unicornios parecen seres ojerosos comparados con esta radiante pareja. Ambos parecen puro almíbar. Es todo tan, tan bonito. El vídeo lo pueden ver ustedes mismas aquí.
Ahora dejen que yo les cuente cómo es la vida real, que no de la realeza, pasado algo de tiempo tras el bodorrio. Con meros fines ilustrativos, queridas amigas, de nuevo recurro a la literatura para que no digan que baso mis opiniones y bienintencionados consejos en ventoleras y corazonadas y en estados de Facebook de Pablo Cohelo. No se molesten en leer entre líneas: basta con que lean. Y luego piensen.
César Barbosa no era ningún icono de belleza. Es cierto que su aire chulesco, su chupa de cuero y la sombra de una barba incipiente en su cara angulosa le daban un aspecto muy varonil, y que su voz cascada por el humo del tabaco negro, unida al habla castiza del Madrid de barrio, le dotaba de un innegable atractivo para las mujeres ineptas. Pero en el caso de María, lo que realmente la había arrojado a los brazos peludos de Barbosa no había asido su voz ni ninguno de los factores físicos atribuibles al hombre, sino la asunción, en lo más íntimo de su ideario femenino, de que algún día aparecería en su vida el protagonista de Los Puentes de Madison para salvarla del hastío. 
María se había identificado de tal modo con la Francesca que interpretaba Meryl Streep en aquella película -la cual Bernabé (su marido), dormido desde la segunda escena, había despreciado por aburrida, insulsa, inverosímil- que a partir de ese momento su actitud hacia la vida había dado un giro de ciento ochenta grados. La idea de que no todo estaba perdido, a pesar de estar atrapada en un matrimonio rutinario y aburrido, se le había metido entre ceja y ceja con la misma intensidad que a sus hijos el sueño de ir a Disneylandia.
Sólo necesitaba un Clint Eastwood de carne y hueso para hacer realidad su fantasía: alguien con pinta de malo que secretamente encerrara un corazón bondadoso y arrastrara consigo una historia amorosa de desencanto, un pasado que prefería olvidar, un presente nostálgico y un futuro incierto y estuviera dispuesto a enredarse en un affaire apasionado con una mujer casada. 
Ése era César Barbosa.

El hombre carecía de escrúpulos a la hora de consquistar a una dama: primero, las dejaba hablar largo y tendido sobre sí mismas, porque sabía que no hay nada en el mundo que a una mujer le guste más que ser escuchada. Luego, con artimañas de experto, les encontraba sus puntos débiles. Finalmente, atacaba. Directo al corazón.

A la que temía a la soledad le prometía amor eterno. A a que le agobiaba el compromiso, una relación abierta y libre, a la que atenazaban temores mojigatos, un largo noviazgo lleno de respeto, a la que adolecía de inhibiciones sexuales, mil y una noches de lujuria y desenfreno, y a María, una aventura extramatrimonial con todas las de la ley. 
Encuentros secretos, citas clandestinas, hoteles y parques y asientos traseros, lo que tú quieras, chata, lo que tus fantasías te dicten, guarrerías y obscenidades, deseos inconfesables, que estás muy buena, que eres muy joven para sentirte tan vieja, que tienes un culo de infarto, que vaya un desperdicio, que sé generosa, que si tu marido no sabe valorar, que si aquí está Cesar Barbosa para disfrutar de tu cuerpo. 
Ella aceptó, claro que sí, la invitación al desenfreno. Llevaba meses soñando con ese día.
Agradezcan esta dosis de sabiduría a Mamen Sánchez y a su maravillosa novela La felicidad es un té contigo. No ha podido gustarme más.