Mayores

Aparezco muy tensa pero medio dormida en la gasolinera de Repsol que se ubica frente a la estación de Atocha Renfe. Casi no pasan coches. Son las 5:35 de la madrugada, bonita hora para quedar. Según cruzo y me aproximo, descubro un coche negro aparcado. Dos chicos dentro, entretenidos con sus móviles. Reina la oscuridad. Marco el número que había dejado preparado. Una de las pantallitas ilumina el interior del vehículo. En efecto, son ellos. Me acerco arrastrando el madrugón, la incertidumbre y mi maleta con ruedas. Salen del coche. Van en pantalón corto, camisetas de manga corta y zapatillas deportivas y el moreno, lleva una visera girada hacia atrás. No hay duda de que vamos a la playa. Nos presentamos tan rápido que no logro quedarme con sus nombres. Uno es rubio, con unos ojos azules espectaculares y barba. El moreno es muy atractivo, con una sonrisa de dentadura perfecta y unas cejas demasiado depiladas, lo cual, aunque parezca contradictorio, me aclara que son heteros. Me ayudan a meter mi equipaje en el maletero y ocupo mi sitio detrás. El rubio al volante, arranca. Hemos salido antes de la hora, en un alarde de puntualidad de todos. Es noche cerrada y a pesar de los dos cafés que me tomé a la carrera, estoy muy cansada, me alegro de ir detrás y no tener que dar palique.
Aún no hemos cogido la carretera de Valencia cuando el conductor selecciona una lista que rompe el silencio. En un primer impulso, noté fuego interno, pensé pedirles que quitaran la música o eligieran sonidos más… más de mejor barrio, más del hemisferio norte. Pero desestimé la protesta porque tampoco tenía ganas de una reyerta con dos extraños que podían, perfectamente, dejarme abandonada en la primera rotonda o en una gasolinera. A veces, para evitar las barbaridades que se me escurren, que me brotan como géiseres, he deseado ser momentáneamente muda. Ese día, acaricié la idea de la sordera temporal con cierto deleite. Durante el trayecto, los muchachos me dieron un intensivo de electrolatino y reggaeton, una detrás de otra. Mismas bases y repeticiones. Así fuimos los primeros doscientos y pico kilómetros. Luego, cuando ya pensé que lo malo había pasado, resulta que les dio por melodías tan nuestras como abominables. Temas muy valorados por según qué gremios que fardan de dejarse la uña del meñique larga y que ocupan el top de ventas en las mejores gasolineras, tampoco voy a poner aquí el track list.
La cuestión, la gran confidencia, es que cuando amanecía, yo era muy capaz de hacerle los coros a Becky G. Tal cual se lo cuento. Mis compañeros de viaje pusieron Mayores tres veces seguidas (era la preferida de los muchachos…). Fue el tema que sonó justo después de la primera canción chunga, la que casi me hizo pedir que quitasen la música, y escuchar ese “A mí me gusta que me traten como dama aunque a veces se me olvida cuando estemos en la cama”, “que sea un buen amigo pero que sea un buen amante”, “de los que te abren la puerta y te manden flores”, “no quiero un niño que no sepa nada, prefiero un tipo que dé la talla”, de pronto se fascinó. Recuerdo que tuve que contenerme para no descojonarme cuando escuché eso de “que no me quepa en la boca” porque claro, con gran ingenio salva la posible censura diciendo a continuación “los besos que quiera darme“. Sé que me contoneaba, aún yendo sujeta por el cinturón de seguridad, iba literalmente bailando en el asiento. A la segunda vez que oí el estribillo, admito que me costaba no cantarla: se me había pegado, me sabía la letra. Indeseable pero cierto: me doy cuenta de que iba haciendo el playback de las partes mejor vocalizadas. Estaba riéndome, frente a todo pronóstico. Calladita y a mi aire, escondida tras las gafas de sol, iba dando mentalmente la razón a según qué partes de la canción, o pensando que esta pobre niñata no sabe qué coño dice: “¿cómo que qué importan unos años de más? Anda ya, hija mía, que te veo recogiendo babas y haciendo tortillas de viagra”, bien le dice Bad Bunny: “¿Tú quieres un viejo, estás segura?
El horror, señores, la melodía y las rimas vivían ya en mi cabeza.
Les aseguro que tras ese mal rollo acústico inicial, esos sudores de rabia que me entraron al pensar que esa música macarra iba a taladrarme las neuronas durante todo el trayecto, nadie me habría podido convencer de que, a las tres horas y media, estaría tan contenta sentada al borde del mar con estos veinteañeros; de que mis Zipi y Zape, para entonces, me habrían hecho confidencias íntimas y que estaríamos los tres devorando esos menús especiales a base de croissant a la plancha con mermelada y mantequilla, café y un zumo de naranja, que una sólo se pega a modo de homenaje en vacaciones. Y mucho menos iba yo a sospechar que a ese desayuno iban a seguirle tres cubatas por cabeza, en el mismo garito, pisando la arena y tomando el sol, riéndonos mientras Mayores, Despacito y otros hits imprescindibles sonaban desde los bafles.
Les cuento esto porque ciertamente he escuchado canciones de este género absolutamente denunciables: machistas, sexistas, incitadoras a la agresión sexual cuando no a la violación, que hacen apología del sexo sin protección y que se bailan de tal modo que, además de con hernias discales, las tías terminan con ETS y preñadas. Hay temas que deberían ser prohibidos porque sus letras son constitutivas de delito. Tal cual. En general, creo que es un género musical pornográfico, y por tanto, para adultos, con independencia de que además, algunas de las frases son de dudoso gusto, pero eso va en cada cual. Es un producto que los niños no deberían consumir. Por tanto, corresponde a los padres y las autoridades impedir que los menores tengan acceso a este tipo de música y a sus vídeos. Quizá por ello obligaron a censurar la letra para salir al escenario de OT. Yo no soy de censurar, y les dejo aquí el video original:
Sinceramente opino que no es el paradigma de la elegancia pero tampoco considero a esta canción un billete hacia el averno. La magia del algoritmo, esa brujería tercermundista que nos trae la globalización y que se adueña del decoro, pisotea el sentido común y nos lleva, de cabeza, al mismísimo infierno de la incultura, la promiscuidad y la falta de empatía. Doy gracias por no tener hijos; no querría que vivieran en el asco de mundo que les vamos a dejar. Y todo esto lo pensaba en aquel coche, para mis adentros, mientras comprendía que es un alud, imparable, y la evidencia es que yo me sabía la canción con escucharla una vez. Y la bailaba. Y me encantaba. Afortunadamente yo no tengo una hija de 8 años gritando “a mí me gustan más grandes, que no me quepa en la boca”.
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