Sex island

Fíjense en la noticia de la que me hago eco hoy, y no me refiero a haber comprobado que mi geografía no da para tanto: acabo de descubrir que Sex Island existe y está en Colombia. Sepan por mí, si no han leído ya sobre esto, de la marítima hermana bastarda de las míticas fiestas setenteras, las del sex, drugs and rock and Roll. Se organiza para próximas fechas, del 24 al 27 de noviembre y, por lo que recoge el artículo, ya está a punto de colgar el cartel de sold out. Pocos reclamos tiran tanto como el de "unlimited sex included". Y si le acompaña de "unlimited drugs", sube el pan.

Por 5 mil dólares, 30 invitados tendrían sexo (con 60 mujeres), comida y licor ilimitados, y drogas. Todo es posible en una isla privada en Cartagena Colombia.

Habrá quien desee hacer una peregrinación al valle del Ebro, un tour con snorkle o un vipasana. Y habrá quien quiera y pueda pagarse un crucero de cuatro días con otros 29 tíos, kilos de farlopa y 60 putas, algunos miembros de la tripulación y, espero, un equipo médico experto en venéreas y sobredosis.

No siempre voy a recomendarles una obra de teatro o una expo. No siempre les voy a ofrecer en bandeja una disección de la mente del asesino masculina o las novedades en el universo de los juguetes eróticos.

Aún no he decidido si me aterroriza o solo me asquea, si me llama la atención el hecho de que se divulgue tan "abiertamente" (cuando precisamente estas fiestas se llevan haciendo secretamente desde que el mundo es mundo: las putas se compran bien de biodramina y se trabajan a los ricos en sus yates) o me da miedo precisamente por eso: por el exhibicionismo que en otros ámbitos únicamente está trayendo mal. Mal así, en sentido amplio. Mal porque no son invitados: son clientes. Y mal porque yo estoy en contra de la prostitución.