Una mala noche la tiene cualquiera

Son las 3:35 de la madrugada. Me despierto sobresaltada. A tientas, agarro las gafas y me las coloco a oscuras mientras salto de la cama. En mi trayecto al baño, me asaltan escalofríos y sudores y noto los pies helados aunque debemos estar a 35ºC. Enciendo la luz. Así seré de cadáver, pienso sin querer. Ni el tono bronceado ni el color sandía del raso del camisón evitan que parezca la sepulturera de un poblado zombie. Estoy pálida, demacrada. Me giro y me inclino como si fuera un paso de coreografía, como movida por un resorte. Obviamente, ya lo he hecho antes… De mi boca sale un líquido verde. ¿Verde? Sí, verde. Posesión demoniaca. Al final no eres rara. Al final va a ser eso… Vomito sin esfuerzo más y más líquido verde. Soy la niña del exorcista. Soy el anticristo.

Me agarro el pelo para no mancharlo, con la cara casi dentro de la taza, mi cuerpo entero retorciéndose, agitado por los espasmos. Necesito sujetarme con la otra mano para no caerme dentro del inodoro. Sigo casi dormida aún, pero veo claramente cómo salen de mí varios chorros de un sospechoso, inquietante líquido verde. Cómo he podido yo convertirme en alienígena si casi no salgo últimamente. Eso, el problema inminente de buscarme ahora un trabajo en el entorno interplanetario donde igual también hay crisis, el engorro de estar moviéndome en ovni sin saberme yo las calles, ¿habrá calles?, y de tener que plantearme tirarme ahora a marcianos, claro que fijo que habrá más probabilidades que en Madrid, que aquí solo quedan gayers, es lo que me pasa por la mente hasta que creo haber expulsado de mí toda la criptonita. Respiro hondo y logro enderezarme con la sensación de llevar tres horas del revés. Tiro de la cadena. Me lavo los dientes. Me lavo la cara. Me lavo las manos. Tengo aún peor aspecto. Estoy mareada y la piel empieza a adquirir una ya familiar tonalidad verdosa.  Apago y atravieso la oscuridad hasta dejarme caer en la cama. Me acuesto preocupadísima porque, repasando mentalmente toda mi agenda y todos mis contactos en redes sociales, no doy con la persona adecuada para confesarle un secreto así. A pesar de saberme la hija de Satán, la portadora mundial de la esencia del mal, la auténtica elegida para acabar con el planeta, o una extraterrestre, y de no tener un confidente, nadie a quién revelarle mi verdadera identidad, me quedo dormida.
Vuelvo a despertarme con la alarma del móvil. Son las ocho. Estoy hecha unos zorros. No, no, esto es resaca… Qué dolor de garganta y de tripa. Me mareo al incorporarme. Casi me dejo el codo derecho en una puerta, por la carrera hasta el baño que sigue a unos primeros pasos tambaleantes. Vuelvo a vomitar verde. ¿Verde? Sí, verde. Voy a la cocina con la idea de prepararme una manzanilla en vez de un café. Despejo el mostrador muy lentamente, estoy que me caigo. Mientras, el agua entra en ebullición. Los cubiertos y el vaso al fregadero, la servilleta de papel y la lata de guisantes a la basura.