Sicario

No es el calor, ni la pereza, ni siquiera la resaca. Hoy, si me cuesta llenar una página en blanco, es porque la veo roja de sangre inocente y borrosa de tanto llorar y llorar desde los atentados yijadistas de ayer en Barcelona.

Sigo haciendo campaña: leer no duele (vivir, hay veces que sí). Así que apóyenme en mi cruzada perdida y atrévanse a leer siempre, no sólo en la playa, una vez al año, un único libro al salir el Premio Planeta.
<<Le aseguro, señor, o al menos ésa ha sido mi experiencia, que a los cuatro años se llega a soportar el hambre, el frío e incluso contemplar cómo un tipejo hediondo hociquea como un cerdo en la entrepierna de tu madre, pero lo que no se resiste en modo alguno es la espantosa sensación de saber que vives sin que a nadie le preocupe en absoluto lo que pueda ocurrirte. Por no darme, mi madre ni tan siquiera me dio un nombre; no ya un apellido; me refiero a un simple nombre de pila por el que designarme, pues cuando en alguna ocasión se refería a mí, decía siempre El Chico, y cuando estábamos solos en el cuartucho nunca me nombraba, pues resultaba evidente que yo era el único que podía escucharla.
Sabíamos que aún no teníamos edad para exponernos a que un borracho nos violara en un portal oscuro, y, por desgracia, borrachos y violadores era lo que más abundaban aquella zona plagada de tugurios.
¿Tiene idea de lo que significa que te roman el culo cuando eres niño?
Significa que a veces te destrozan, y te pasas el resto de la vida cagándote encima.
 
Recogen el cadáver y si a las veinticuatro horas nadie acude a reclamarlo, lo marcan con dos fatídicas <<NN>> y lo arrojan a una fosa común donde nunca protesta. Por eso, señor, si quiere cometer un asesinato impunemente, no se ande preocupando de coartadas ni de huellas. Limítese a llevarse la documentación del muerto para que pase así a convertirse en un simple <<NN>>. Y hay mucho tarado suelto al que le encanta romperle el culo a un niño y acogotarle. También un su país tiene que haberlos, y le garantizo que si tuvieran la seguridad de que nadie iba a molestarse en atraparlos, rondarían de noche por esos más oscuros callejones buscando un muchachito dormido al que tirarse.
 
Se desató la represión, señor, se abrió la veda del niño mendigo, ladrón o abandonado, porque alguien llegó a la conclusión de que era una lacra para el país tanta miseria como mostrábamos al mundo. A algunos los enviaron a “casas de acogida” o “colonias infantiles” en el campo, que no eran realidad más que reformatorios que nada tenían que envidiar a un penal de asesinos, y en los que la “virginidad” duraba el tiempo justo de tener que levantarse del asiento. Lo primero que tenían que hacer los chicos si querían seguir vivos era darle el culo o acceder a chupársela a los más grandes, y al que salía “gallito” le abrían la barriga y le anudaban las tripas en el cogote a modo de corbata.>>
Son retazos de SICARIO, de Alberto Vázquez-Figueroa.
La novela maravillosamente escrita y que me tiene atrapada, tiene un título idóneo para las circunstancias tan terribles que esos asesinos nos han impuesto. Una lectura más que recomendable, especialmente para aquellos que se pasan insistiendo en profanar el esfínter anal ajeno. Que les den a ellos, literal y literariamente (dedicado a una lectora en especial).
Y a mis enemigos, los que me inventan la vida y me la retuercen, les dejo con otra frase de Sicario: <<Mentir requiere mucha imaginación, y yo de eso tengo muy poco. Lo que si tengo es muy buena memoria>>.
Sinopsis: Sicario, el relato que marcó el paso de Alberto Vázquez-Figueroa a la plena madurez como escritor, recrea un terrible drama de miseria y desarraigo: la infancia abandonada en las calles de las grandes ciudades de América Latina. A lo largo de sus páginas, el autor ofrece, en clave de ficción, un desgarrador y valiente testimonio acerca de un fenómeno social explosivo que reclama profundos cambios sociales.
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