Armas de mujer

Con la cantidad de suicidios que se han producido esta semana, iba a irme de fiesta escribir acerca de otro tema. De hecho, me dejé los ojos hasta volver a encontrar la página de "A sangre fría" que iba a ilustrar este post. Luego, otra idea me ha asaltado y ya no he querido dedicar mis mermadas neuronas a bailar en la escurridiza línea que separa la obligada corrección política, que exige afligirse por el deceso de ciertos sujetos, y la certeza y convicción de que sin estos finados concretos, el mundo me parece que está infinitamente mejor. Sí, a mí me robaron con las preferentes y las subordinadas y sí, soy anti caza, anti taurina, anti festejos con animales y en definitiva, me posiciono muy pero que muy en contra todo tipo de tortura animal y de quienes participan de ello. Mucho cuidadito con alegar en defensa de estas atrocidades la deleznable excusa, que no argumento, de que se trata de una "tradición centenaria" porque, a la misma, en breve, cuando los políticos hagan su trabajo y lo ilegalicen, lo llamaremos reincidencia y delito continuado.

He aprendido tarde, tarde pero que, muy, muy tarde, algo importantísimo. Hará unos días, encuentro un libro de esos que yo me voy comprando en cualquier ciudad, y con la lectura de un concreto capítulo comprendo que lo he hecho todo fatal, que había “otro modo” de vivir. Otro modo de abrirse camino. Que todo podía hacer sido más fácil. O menos duro. Y un aluvión de imágenes, de recuerdos, me dejan mal sabor de boca, perdida en mis propios pensamientos. Llevo la vida entera equivocada, llevo yendo contra corriente, circulando en sentido contrario por el lado sin asfaltar y lleno de baches, subiendo por las escaleras en vez de en el ascensor. Algunas mujeres nos hemos educado en la idea de igualdad plena hasta el punto de que, en realidad, hacemos más que ellos. Hemos convertido en natural realizar un constante sobre esfuerzo. En casos como el mío se debe a que jamás, ni madres, ni hermanas mayores, ni tías, ni abuelas o maestras, ningún referente femenino, nos ha trasladado ese tesoro que son los trucos femeninos. Nosotras nos hemos labrado el presente y el futuro a pulso, ganándonos cada euro, trabajando para obtener cada logro, con la idea de que somos idénticas a los hombres, creyéndonos los discursos políticos, aprendiéndonos incluso -como fue mi caso- los textos de los códigos legales y los artículos de la Constitución que afirman que existe una igualdad. Hemos creído en ello y nos lo hemos aplicado: si ellos son gladiadores, por ende, nosotras somos walkirias. Y resulta que no, o no para todo. Porque no es verdad y porque, desde siempre, a nosotras nos colocan ciertos techos cristal, ciertas zancadillas en el camino, llamemos a estos obstáculos como queramos (apriorismos, prejuicios, discriminación), y a ellos no se los ponen. Obviamente, para zanjar discusiones nosotras no recurrimos a los cinturones explosivos, ni a la contratación de una pandilla de sicarios; sin embargo, sí nos defendemos y, si toca, nos enfrentamos; sin violencia, pero nos hacemos valer y respetar. Nos ponemos serias. Nos enfadamos. Gritamos. Reclamamos. Demandamos mediante abogados... No sabemos, no se nos pasa siquiera por la cabeza, que también cabe tirar de armas de mujer, como por lo visto se ha hecho toda la vida de Dios. Resulta que en vez de un ultimátum o de una negociación basada en intercambio de pareceres y de opciones, existe, por ejemplo, la opción de recurrir al chantaje emocional para obtener algo. El librito afirma que si se realiza de modo sutil, se puede lograr ciertos objetivos y no se nos echará en cara después.

Alguien, un buen amigo y mejor jefe aún, al que en su día aprecié y respeté mucho, me enseñó una frase de su abuelo que decía que en el amor y en el conocimiento hay que ser generoso. Va por ti, Mario. Aunque no me reconozco a mí misma sugiriendo estas cosas, a estas alturas, sin embargo, admito que toda esta sensación de culpabilidad se evapora cuando me paro a analizar y, resulta que la verdad es que vivo en un mundo que alardea teórica y oficialmente muy de progre y de igualitario, pero donde los hombres siguen imponiendo la fuerza y las costumbres que refrenda el sistema siguen perjudicando a las mujeres (en cuestiones de maternidad, en cuanto a nivel salarial, en el reparto de la carga de trabajo doméstico, en las agresiones sexuales, etc.). Así pues, dice el manual, ante una disputa con la pareja, tampoco hay que renunciar a nuestras armas tradicionales de mujer, esos recursos desesperados que tan útiles nos han sido en el pasado para conseguir logros en una sociedad que nos negaba la voz, el voto y la capacidad de decidir sobre nuestras vidas. En la actualidad, el problema es que quedan toneladas de machismo por el mundo, pero se espera de nosotras que hagamos frente a toda situación sin esos truquitos tradicionales que dieron en su momento resultados aceptables y que nos hicieron la existencia más fácil. Coincido con el razonamiento de A. Misrahi en que si renunciamos totalmente a nuestras armas tradicionales, les seguimos haciendo el juego porque continúan marcando lo que está bien y lo que está mal. Eso sí, opino que hay que dosificar muy bien los recursos de los viejos tiempos. Aquí van algunos:
Llora. Si es preciso, suelta unas lágrimas. Al fin y al cabo, cuando algo se tuerce nuestras hormonas tienden a abrir el grifo lagrimal. Por lo tanto, solo tienes que dejarte ir, con gran dignidad y sin aspavientos y él, inmediatamente, si no es una bestia -en cuyo caso mejor será que salgas corriendo-, te consolará. Los hombres están programados para enternecerse cuando ven a una damisela en apuros. La misma autora: "Recuerdo una ocasión en la que choqué mi coche contra una furgoneta; cuando su conductor me vio llorar, se ofreció a escribir en el parte que la culpa había sido suya. Por no hablar de aquella vez en la que la grúa estuvo a punto de llevarse mi coche aparcado en doble fila. Aparecí llorando y lamentándome sobre mi mala suerte, y el urbano se compadeció de mí y hasta rompió la multa". Pero no se debe abusar de este recurso -que no truco, porque para nosotras llorar es algo tan natural como respirar-.
Pide disculpas. Si ha sido culpa tuya, pedir disculpas no es una mala idea. Desde luego, no te dejes nunca arrastrar por una guerra de guerrillas sobre quién la hace más gorda (*Nota: volver a ver La guerra de los Rose), y quién los tiene más gordos y mejor puestos. Un consejo clave: ceder en las batallas para ganar la guerra.
Ponte un vestido sexy. No suele fallar. Además, lo de la ropa llamativa también puede servirte para desviar la atención de tus oponentes en momentos comprometidos y conseguir mejores negociaciones (si la presencia de un par de tetas les logra distraer a estas alturas, merecen ser estafados). Pero no debes caer en la trampa de sentirte evaluada o examinada. Con un vestido elegante, favorecedor y sexy… te sentirás la reina del mundo. Si él te mira descaradamente las piernas, eres tú quien tiene el poder, úsalo y no te incomodes. Sin embargo, no todo modelito chabacano es apto: escoge aquellas prendas que más te favorezcan; es decir, que resalten tus encantos naturales y disimulen tus puntos débiles a algunas habrá que regalarles una garrafa de realismo, a otras un contenedor de autoestima y a la mayoría un pack de lentillas y un espejo de pared. Se trata de que te conozcas bien y aprendas a sacarte el máximo partido. Si tu punto fuerte son unas piernas largas y contorneadas, nada mejor que una falda corta y unos buenos tacones altos para lucir estupenda. En cambio, si tu pecho es firme y turgente, lo que funcionará como un foco será un escote pronunciado para deslumbrar con tu presencia. La idea que subyace es que un varón interesado en tu anatomía (en utilizarla, que te quede claro) es alguien dispuesto -o incluso deseoso- a complacerte. Es cuestión de saber aprovechar la ventaja para conseguir lo que quieres.
Hazte la tonta. Cuidado con esto: hay que ser muy, pero que muy lista, que no inteligente, para lograr hacerse la tonta con credibilidad y sin fisuras. Indicaciones de uso: solo moderadamente y exclusivamente en ocasiones muy concretas, cuando alguna tarea se te haga especialmente pesada o cuesta arriba. En el resto de ocasiones, desde luego, mi manera de vivir y de pensar es que hay que ser autosuficiente y luchar por los derechos propios. Este truco lo enfoco como la opción de demostrar cierta debilidad de vez en cuando para conseguir cosas. Pero no sólo por ti, sino también por él, que está deseando resultar útil.
Explota tu misterio. Apúntate frases como: “Tal vez”, “A lo mejor”, “Si te portas bien…”, y repítelas mil veces ante el espejo hasta que logres que en lugar de un "sí", "no", "en efecto", "el lunes a las 15:45", o cualquier respuesta con coherencia, te salgan estas memeces con cierto grado de picardía, hasta que resulten en cierta medida seductoras. Este tipo de respuesta, dice el libro, puede servir a lo largo de cualquiera de las fases de la relación y harán que él se esfuerce más.
Créanme que se trata de un conocimiento nuevo, un modo de ir por la vida que acabo de descubrir. Sí, sí, así soy de imbécil: lo llevo haciendo al revés la vida entera… Leía ayer mismo en la novela "La novia de papá”, de Paloma Bravo, el conflicto que le surge a la protagonista, una chica que trabaja en una agencia de publicidad, que tiene un apartamento ideal, amigas y amigos, planes, etc, y de pronto se enamora y se va a vivir con su novio, un cuarentón divorciado y con dos niñas pequeñas de las que tiene la custodia compartida. Ella, para ganarse su respeto y su afecto, se levanta antes de tiempo cada mañana, les prepara el desayuno, las arregla para ir al colegio… Y él, cada mañana, se levanta más tarde hasta que ella un día llega tarde a una reunión importantísima porque ha de elegir: o lleva a las niñas a clase (él se ha quedado dormido) o llega tarde a su propio trabajo. Ese día, Sol, se para a pensar:
<<Igual nadie me está pidiendo sacrificios. Igual es que soy masoquista. Igual puedo dejar de serlo.
¡Un poquito de autodisciplina. Al día siguiente pruebo a no oír el despertador. Pablo se levanta tranquilo, se ducha, despierta a sus hijas, les pone el desayuno, viene al cuarto: “Sol, te he hecho tostadas”. Se vuelve a la cocina, “no sólo tres galletas, venga no seáis pesadas”; regresa a verme, “Sol, que se te enfrían las tostadas. ¿Te las traigo a la cama?”.
-Hummm. 
A veces, las mujeres nos empeñamos en ser perfectas. A veces, las mujeres no dejamos que los hombres sean, simplemente, buenos.>>