Ayuda profesional

1017103_4263126795795_1120921628_nSe sabe que una pareja suele tardar unos siete años de media para decidirse a buscar ayuda para un problema en su relación (estadísticas del Instituto John Gottman) mientras que les cuesta un par de semanas acudir al médico desde que se presenta un síntoma de tos, mucosidad y ronquera. El por qué de que nos plantemos tan contentos en una consulta médica para que nos revisen la nariz, el oído o la garganta en cuanto hay flemas y no acudamos a un terapeuta de pareja o a un sexólogo cuando estamos atravesando una etapa difícil con nuestra pareja, no deja de ser una eterna fuente de frustración en mis devaneos mentales. Pero dejen que les cuente que también me paso las horas muertas meditando acerca de cuestiones como: ¿Qué tipo de persona eres: de las que prefiere vivir en un edificio precioso, arquitectónicamente relevante y maravilloso por su diseño, o en la casa de enfrente, una infinitamente más fea, más cutre pero desde la que disfrutas de unas preciosas vistas al susodicho? Me dejo los sesos en este debate, fíjense.

También estaba pensando en que, el ya archiventilado trapo sucio de cómo revelarle a alguien que es adoptado se queda en mera anécdota comparado con noticias tan hardcore como que una pareja ha tenido a su segunda hija solamente para que sirva de donante de órganos a la primera. ¿Cómo le llegarán a explicar a esa niña (si no le sacan el corazón para dárselo a la hermana mayor antes) que era una especie de despensa de células, que no tuvo un origen natural, sea buscada o sea un embarazo de esos que pasan porque sí sin más pero celebrado en sí mismo, sino que vino al mundo de modo planeado? Y no hablo, insisto, de organizar y planificar el ciclo reproductivo de una mujer o de una pareja. Hablo de cómo se sentirá una persona cuando le cuenten, o mejor, cuando vea en internet, con sus propios ojos, las fotos y las entrevistas de sus padres con ella en brazos, explicando que sólo la han tenido para sacarle los órganos y células que la otra, a la que sí quieren, pueda llegar a precisar. Me invita a pensar que el demonizado Josep Menguele era un monaguillo inocente. Y ahora, casi puedo verles la cara, estarán sopesando si en realidad su vida no era tan chunga. Exacto. No lo es.

Volviendo al tema de la necesidad de recabar ayuda externa en la resolución de crisis o de problemas de pareja, a veces tendemos a recurrir a los amigos. Salvo por lo económico que resulta, es un error. Creemos que nos pueden suministrar el apoyo (eso, quizá sí) y la orientación correctas, sin embargo, precisamente por el vínculo afectivo que existe, están demasiado cerca y disponen de demasiados detalles emocionales como para resultar imparciales. Amén de que no tienen la formación específica requerida, por lo que no suelen servir de nada todas sus monsergas. Por otro lado, generalmente, uno tiende a tener opiniones similares a las de sus allegados, por lo que rara vez harán consideraciones desde un punto de vista distinto, objetivo o neutral. Por lo que revelan las estadísticas, un experto resolverá el asunto 25 veces más rápido de lo que lo haría el individuo. Dicho esto, todos estaríamos mucho más dispuestos a depilarnos las ingles con soplete antes que a echarnos cinco minutos en el diván de una consulta. Por cierto, lo del diván, ya no se estila.
Obviamente, el instinto y la inteligencia nos hacen rechazar al terapeuta de la vieja escuela, esos que se sientan frente a ti con cara de acelga y un bloc en la mano y que, de vez en cuando, cuando dejan de cabecear, te interrumpen con el clásico: "¿Y usted qué opina de eso?". El otro tipo de profesionales, el que sí brinda una ayuda específica y eficaz, trata de que el paciente derribe sus barreras y estrategias defensivas que le impiden ver la verdad acerca de sí y de los demás. Una vez logrado eso, la persona es capaz de comprenderse a sí misma y a los demás y de motivarse para solucionar los asuntos cruciales.

Estoy releyendo mis palabras y sé que pensarán: ¿por qué nos quiere mandar ésta hoy al psiquiatra? Pues porque, miren, a veces, la cuestión no es que falle la relación con la pareja, sino que falla la relación con el mismísimo mundo. A mí, hay gente que me cuenta mil quejas de su novio/a, cuando resulta que en su trabajo no le promocionan ni le estiman, se pelea con todo y con todos y casi no tiene amigos, no se habla con su familia y hasta su gata le ha pedido a una vecina que le deje vivir en su casa... Otras veces, topo con detalles muy reveladores del tipo de comportamiento que algunos demuestran en la intimidad, gestos de mala educación o de desprecio tan horrorosos, que impedirían cualquier florecimiento de un idilio. Les ilustro: usted llega del trabajo y se encuentra a su pareja en lencería y con la fusta en la mano y se limita a pasar delante de ella, ignorándola, y suelta un: "¿ha venido el Vodafone a arreglar el modem?". No se imagina lo enfadada, dolida y humillada que se siente una persona con el desprecio, con la insatisfacción sexual reiterada...
En realidad, no siempre la solución está en el compromiso. Me refiero a que, en determinados temas, el encuentro en el punto medio, lejos de solucionar nada, deja a todo el mundo insatisfecho. Concreto un poco. Si lo que trae problemas es la manera en que a uno de los dos le gusta el sexo, y no la frecuencia con que lo hacen, tener sexo una vez a la manera de uno y otra a la del otro, por turnos, podría llevar a la frustración de ambos, cuando se pone de manifiesto de modo evidente que uno no disfruta en absoluto del sexo cuando se está haciendo conforme el otro prefiere. El consenso es bueno pero hay, o debería de haber, otras soluciones.
Muy ligado al asunto de las fantasías sexuales, tengan ustedes en cuenta que en el sexo, lo que importa es lo que cada cual hace, nunca sus deseos, ensoñaciones y sueños lúbricos con el vecino, su hermana pequeña, un luchador de sumo o el perro. Nos define nuestra conducta sexual (a base de hechos), no nuestros impulsos (meras ideaciones). No traten de analizar, explicar o justificar lo que aparentemente constituyen flashes de personalidad plasmados en pinceladas de lujuria mental. Todo el mundo tiene pensamientos bizarros, no se culpen. ¿O no han experimentado unas tremendas ganas de acelerar justo cuando un montón de peatones están cruzando por el paso de cebra, y pasarles por encima a todos? Seguro que sí, pero no lo han hecho. Eso es lo que cuenta. La idea, la mera idea no les convierte en maniacos homicidas que deberían estar en un psiquiátrico.

Ahora les comento algo que no es ninguna leyenda urbana y que explicaría lo tarados que están algunos. Hay una cuestión muy a considerar a la hora de analizarnos a nosotros mismos y a los demás: en pareja, solemos replicar la conducta de uno de nuestros padres o bien asumir nuestro propio rol infantil, y nos comportamos como cuando éramos pequeños en el entorno familiar. Ahora piensen en sus suegros o en sus padres. ¿Ya? Por favor, no resbalen cuando corran a meter la cabeza en el horno encendido.