Con remedios así...

Captura de pantalla 2017-04-06 a las 18.23.01Cayó en mis manos hace poco otro manual sobre sexualidad. Uno sobre orgasmos. Otro más, entre los muchísimos que creían que hacían lo correcto eligiendo venirse a vivir conmigo, en pos de trascendencia, de un futuro mejor. Como los subsaharianos que se montan en pateras para labrarse una vida de ensueño en Europa, y terminan en centros de internamiento, ganándose el pan como manteros y durmiendo en el suelo en pisos llenos de chinches, hacinados y sin papeles, así acaban algunos libros míos: esperando eternamente a que los elija, cogiendo polvo, apilados en montones e hileras, privados de toda significación y sin identidad a lo largo de años.
Rescato un, por descontado, bienintencionado consejo de la autora, Brice Britton, respecto de avivar la chispa erótica entre los miembros de las parejas que ven que la pasión se escapa inexorablemente mediante un striptease no sexista. Se trata de una invitación a asomarse al arte de desnudarse a ritmo de alguna canción, donde la autora reivindica que se han de invertir los roles tradicionales, en virtud de los que, desde tiempo inmemorial, es la mujer la que se presta a quitarse la ropa insinuante, bien con fines lúdicos o para seducir a su público. Este remedio contra la rutina sugiere que intercambien los roles y que sean ellos quienes, de vez en cuando, con buena voluntad, se conviertan en strippers por una noche.

En una lectura rápida y sin detenerme demasiado, como concepto, confieso que me entusiasma. Nada que objetar. Nada... hasta que me planteo que, quizá, este tipo de remedio contra la falta de ganas, puede devenir en la espada que asesta el golpe mortal para muchas parejas. Dejen que me explique. Se trata de incentivar el morbo, de provocar ganas de mantener relaciones sexuales entre dos personas que, por lo que sea, notan que van perdiendo interés el uno en el otro. Y se propone que intenten el desnudo erótico, a base de irse quitando la ropa al son de una determinada música y moviéndose de modo insinuante. Pues yo, al imaginarme de esta guisa a según quién (me refiero a hombres y a mujeres), ya lo siento, no puedo dejar de experimentar entre pavor, vergüenza ajena, asco y ganas de huir.

¿Por qué pretender que un tipo del que estás enamorada pierda aún más puntos ante tus ojos?

Cierto es que insuflar sentido del humor a la intimidad resulta muy liberador, pero ¿es necesario verificar lo espantosamente que baila tu amado la música de Nueve Semanas y Media? ¿En serio es afrodisíaco verle moverse sin gracia, constatar una vez más que el pobre es totalmente arrítmico, que su cuerpo es feo, que está más gordo cada año y que de un codazo, culpa de su torpeza, acaba de arrancar un aplique de la pared? ¿De verdad sirve de algo convertir a un tipo inteligente, gracioso, buena persona, brillante en su profesión, ____ (rellene aquí la virtud por la que se enamoró de él) en un puto tronista deseoso de arrancarse la camiseta y de lucir un abdomen de tableta de chocolate que no posee?

El truco tranquilizador de imaginarse que la audiencia de una presentación que uno ha de afrontar está desnuda, o cagando, actúa aquí: ver a alguien haciendo algo patético, lejos de encender la pasión, nos provocará unas ganas inmensas de coger el mando a distancia y sumirnos en la siguiente entrega de nuestra serie favorita. Digo yo que, quizá, si no se es precisamente un David Gandi o Brad Pitt, sea más inteligente urdir un plan de seducción que de verdad nos resulte atractivo a nosotras. Digo yo que igual no conviene reivindicar la igualdad por reivindicarla, porque en determinados asuntos, no somos iguales. O quizá sí.