La aventura del tocador de señoras

Captura de pantalla 2016-09-21 a las 21.03.30Con el sentido común que nos caracteriza a las mujeres insensatas, me quedo atrapada por revelaciones y lecciones de pura sabiduría que detecto discretamente plasmadas en las páginas de libros que ya no se molesta en leer nadie, y que a mí me provocan las trescientas caras de los emo a la vez.
Comparto con ustedes distintos fragmentos de La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza, el genial autor de Sin noticias de Gurb, un libro que habré regalado más de diez veces. Créanme, una maravilla de escritor y novelista, profundo, audaz y con un estilo cargado de humor inteligente más que envidiable. En algunos párrafos flotan trozos de vidas que podrían conformar mi propia biografía, o la de personas cuyos secretos y circunstancias conozco. Y en otros que he seleccionado también, el autor se adelanta varios años y parece presagiar la corrupción política y generalizada en que vivimos hoy.

Viriato frisaba la cincuentena, era bajo, rechoncho, escaso de pelo, corto de remos, levemente encorvado, y debía de haber sido bizco cuando aún disponía de los dos ojos. Por lo demás, era un hombre de aspecto saludable, no mal parecido, con aspecto de bonachón y predispuesto a reír sus propios chistes. Aprehendió mi presencia y condición sin sorpresa ni enfado, reiteró el ofrecimiento que me había hecho Cándida, y no eludió la cuestión que con mucha sagacidad leyó en mis ojos. Cuando estuvimos a solas, añadió: "Sin duda te estarás preguntando por qué un individuo como yo, tan parecido a Kevin Costner, se ha casado con una broma de la naturaleza como Cándida. Todo tiene una explicación. Desde muy pequeño deseé llevar una vida retirada, consagrada a la meditación y la filosofía, pero el hecho de haber desaparecido mi padre a los pocos minutos de haberme concebido, llevándose de paso los exiguos ahorros de mi madre, los apuros económicos a que este suceso dio lugar y otros infortunios que no vienen al caso, dieron al traste con mis planes. Durante un tiempo pensé ingresar en un convento, pero me lo impidió no tanto el ser yo un maricón de tomo y lomo como el no poder abandonar a su suerte a mi anciana madre, a la cual aqueja la desgracia, por lo demás muy común, de haber sido anciana desde la más tierna infancia. En vista de lo cual, me dediqué al negocio que actualmente nos proporciona el sustento y en los ratos libres, a mi verdadera vocación. De este modo cumplo con mi deber y llevo ya escritos nueve tomos de un tractatus que en algún momento, si tú quieres, te leeré, con las consiguientes apostillas.
- Nada me haría más feliz -contesté-, pero ibas a contarme lo de Cándida.
- Ah, sí, Cándida -exclamo como si aquel nombre le recordara algo-. Pues resulta que mi madre, en previsión de las afecciones propias de sus años, insistía en que me casara. Ya sabes cómo pueden ser las madres de persistentes  y cuántos recursos emocionales son capaces de movilizar en estos casos.  Dos veces prendió fuego al piso, una vez se tiró por el hueco de la escalera y por último, habiéndole fallado estos conatos, se fue al zoo y se arrojó a la jaula de los leones, donde aún estaría si éstos no hubieran llamado la atención de su guardián con grandes rugidos y aspavientos. En vista de lo cual, opté por dar gusto a mi madre. Después de considerar varias ofertas interesantes, di con Cándida y me convencí de haber encontrado lo que buscaba. No me equivoqué: a mi madre le cayó en gracia Cándida y Cándida parece congeniar con mi madre. Yo, como buen filósofo, me adapté pronto a la situación. Cándida es servicial y muy sufrida, no se inmiscuye en mis asuntos, saca a pasear a mi madre por la azotea cuando hace bueno, no incurre en gastos suntuarios y limpia casi tanto como ensucia. Sé que un día las mataré a las dos a hachazos, pero entretanto, vivimos bien.

- ¿Buscas a alguien, querida? -Era una enfermera con bata blanca, fonendo y porra-. ¿Un familiar cercano? ¿Un ser muy querido a quien deseas proporcionar largos años de bienestar en alegre compañía? Sí querida, sí. Todo es poco cuando una ama de veras y está harta de que se lo hagan todo encima, ¿verdad? Hombre viejo, retablo de duelos. ¿Tu marido tal vez? Me lo imagino. No hace falta que me cuentes nada. Pobrecita, cuánto habrás sufrido en estos últimos tiempos. O quizá desde antes, quizá desde la noche de bodas. Los hombres son unos animales, querida. Animales y además irracionales. Si no fuera por el cipote, ¿de qué servirían? Mi maestro siempre lo decía. No te cases, Maricruz, me decía; pero si te casas, no te cases nunca con un hombre.

Mi relación con el Comisario Flores se remontaba a tiempos muy lejanos. En los recovecos más oscuros de mi memoria se pierden las causas y circunstancias de nuestro primer encuentro, aunque no sus efectos. Para entonces yo era un simple aprendiz de descuidero y él iniciaba lo que habría de ser una brillante carrera al servicio de la ley y el orden. El destino nos unió, sin el menor deseo por mi parte, hasta hacer de nosotros un dúo inseparable. A falta de mejor instructor, él me enseño cuanto sé: la eficacia del trabajo (no compensa), la importancia de ser honrado (si eres imbécil), la trascendencia de la verdad (nunca decirla), lo aborrecible de la traición (y su rendimiento) y el verdadero valor de las cosas (ajenas). A su sombra me hice riguroso en la planificación de mis actos, cauto en su realización, meticuloso en la ocultación posterior de todo rastro.

Me enseñaron el BOE, me citaron no sé qué reglamentos hechos por maricas para maricas. Me dijeron: hemos encontrado un sitio ideal para tu retiro, macho. Estarás divinamente. Tócate los huevos. Me dijeron: hecho a tu medida, joder. El paraje, la gente, todo. Aire puro, pajaritos y tú tranquilo, tío, relajado. Cconectado al mundo entero vía satélite, y la próstata, a tomar por el saco. El servicio, de puta madre, un médico siempre de guardia con un par de cojones, y las enfermeras, joder, niñas en tanga. ¿No te jode? Alcánzame aquella piedra.
- ¿Para qué la quiere?
- Anda, sé buen chico y alcánzamela.
- Si no me dice para qué la quiere, no se la doy.
- Para darle en la cabeza a aquel moribundo. Venga, hombre, que nos podemos reír un rato. Oye, ¿no tendrás un caliqueño escondido?
- Siga contándome lo que le dijeron.
Con una uña larga, sucia y astillada se rascó las mejillas secas, hundidas, que unidas a una barba rala y descuidada le conferían aspecto patibulario, mientras seguía diciendo:
- Me dijeron: amigo Flores, ha llegado el momento de dejar el servicio activo. Pero eso no significa vegetar, coño. No tienes familia ni nadie que te cuide. Vete a ese hotel que te hemos buscado y dedícate a escribir tus memorias, joder. Con las cosas que has visto y has oído, te saldrá un best seller como un par de cojones. Y yo: coño, no sé si sabré, y ellos: nada, hombre, treinta folios, lo que te salga de las pelotas; luego unos muertos de hambre te ponen las comas en su sitio y te conseguimos el Planeta. Cincuenta kilos y lo que cuelga.
- ¿Y por qué no se divorciaron de sus respectivas parejas y se casaron entre sí? -interrumpió el abogado-. Yo se lo habría arreglado divinamente, con escándalo o sin escándalo, según tarifa.
- No fantasees -dijo Ivet Pardalot-. En esa segunda etapa de su relación no hubo entre ellos lo que estás pensando. Tampoco lo había habido antes. Reinona es y fue siempre una mujer fría, calculadora, acostumbrada a utilizar sus encantos, si alguno tiene, para doblegar la voluntad de los hombres sin dar nada a cambio. En la retorcida mentalidad de su generación esto era posible porque los hombres tenían en tan bajo concepto a las mujeres, que siempre les pagaban para llevárselas al huerto, y ellas se tenían a sí mismas en tan poco, que cobraban encantadas y luego se lo daban a un chulo. La vida era un baile de chachas y turutas. Hoy por fortuna, las cosas han cambiado. Yo misma las pocas veces que he tratado de servirme de mi atractivo físico he acabado haciendo virguerías y no me han dado ni las gracias.

Me lié con Miscosillas. Con él fue mas fácil que con Arderiu. Ni siquiera hacía falta escucharle. En su infinita petulancia creía que yo lo amaba y lo admiraba y no paraba de hablar. ¡Infeliz! ¿Qué sentimientos puede inspirar un badulaque achacoso, que viste ropa de Armani, lleva un Rolex y es tan retrógrado que aún le hace gracia Mafalda?
Se preguntarán ustedes cómo he podido tener tanto éxito con los hombres sin valer gran cosa. No tiene mérito. Los hombres son muy exigentes a la hora de emitir juicios estéticos sobre mujeres, pero a la hora de la verdad, se conforman con cualquier cosa. Cuando descubrí esto, mi vida se volvió mucho más interesante. No me importa admitir que he utilizado a los hombres. Forma parte de mi profesión. Un empresario lo utiliza todo: hombres, mujeres, minerales, créditos bancarios, todo lo transforma, todo lo aprovecha, a todo le saca un rendimiento.