Juegos Olímpicos 2016

Captura de pantalla 2016-08-16 a las 19.44.29He descubierto que me emociono muchísimo viendo a los seres humanos comprometidos en cuerpo y alma para cumplir un sueño. Fíjate qué locura que en vez de ser un puto ni-ni te dé por las volteretas y acabes haciendo el triple mortal representando a tu país en unas Olimpíadas. Qué bonito, ¿no?

No me avergüenza confesarles algunas de mis reacciones ante las imágenes televisivas de los Juegos Olímpicos. Por los horarios, este año he visto bastantes horas de TVE. En plena madrugada, me he escuchado a mí misma soltando bufidos de rabia por los fallos tontos que cometen en la ejecución de su ejercicio y hasta me incorporo de golpe en la cama cuando se desequilibra en la barra una mini gimnasta. De todos y todas, aunque haría barbaridades con los corredores y los nadadores, ellas son las que más me enganchan. Me las imagino en su día a día, cayéndose de algún aparato, resbalando, espanzurradas una y otra vez contra el suelo de algún gimnasio de barrio, da igual la ciudad y el continente. Un universo de chándals, maillots y zapatillas, nubes de polvo de resina, esparadrapos, vendajes, estiramientos imposibles, hierros con pesas que abultan más que ellas. Calentamientos y ensayos, ejercicios nuevos, las horas muertas en salas con espalderas, anillas y máquinas que parecen aparatos de tortura. Miles de carreras, de saltos y de mortales por encima de plintos, agarrándose con desesperación a las barras asimétricas, haciendo equilibrios milagrosos sobre la barra y forzando aterrizajes, todo ello bajo la inmisericorde mirada de unos entrenadores que, no vamos a negarlo, parecen de la Gestapo. Para volar así en mi televisor se han retorcido de dolores en manos de los masajistas y fisioterapeutas, o se habrán visto pasando por quirófano, escayoladas, en rehabilitación y sometiéndose a infiltraciones para recuperar la movilidad lo antes posible. Las imagino, tan chiquititas, esperando con sus mochilas en los aeropuertos, adormiladas en trayectos de trenes y de autobuses atravesando regiones y cruzando continentes para competir. Se recogerán la melena en un moño tirante y con maquillajes prestados dibujarán el trazo de eye liner negro y extenderán carmín rojo sobre su sonrisa infantil. Pienso en sus familias; deberán llevarlas y traerlas, pagarles en la medida de lo posible una formación distinta, incorporar sus horarios, sus dietas, sus concentraciones y adecuar la marcha del hogar a las exigencias de una deportista de élite. No me cuesta recrear la típica escena de enfado, y las supongo muy capaces de imponerse fostiando a sus hermanos con esos brazos de obrero de la construcción, y quedarse con todos los juguetes y con todas las meriendas. Puedo sentir esa fortaleza forjada en su soledad, en su burbuja de alto rendimiento. Una existencia de deberes, rutinas, sacrificios y privaciones. Haciendo de esa renuncia una forma de vida. Son niñas sin chocolate, sin parques y sin juegos; son adolescentes sin amigos, sin fiestas, sin bailes, sin novios... Son personas evaluadas y analizadas a cámara lenta. Intento recrear cómo serán dentro de unos años, cuando todo esto termine y se integren en la sociedad, en el mundo real; algunas de ellas seguirán en activo como entrenadoras, o como strippers en algún club quizá, y otras, convertidas en amas de casa de la América profunda o de la estepa rusa o de la inquietante Korea, cargadas de churumbeles, ajadas, flácidas y con evidente sobrepeso antes de cumplir los treinta. Y en cada una de esas escenas costumbristas imaginarias, vayan con bata de guata y estén rodeadas de grandes perolos con guisos contundentes o con un chándal de rayas para hacerse cargo de la clase de gimnasia de una escuela, me inspiran mucha ternura. Y mucha alegría, porque sé que cuando se miren en el espejo, da igual su aspecto entonces o lo grises que lleguen a ser sus vidas fuera de la competición, nadie podrá quitarles el recuerdo de esta gloria, de saber que durante unos días, todo un país vibraba de emoción por su esfuerzo.

Y sí, señoras y señores, me he debido hacer adulta porque, en esencia, cuando les veo competir, más que deseosa de contemplar heroicidades, entro en un estado de casi rezo, y paso la velada rogando que las crías no se caigan, que no se lesionen, que no se hagan daño. Y admito que salto y doy carreras por el salón cuando Mo Farah (GB) tras caerse, es capaz de levantarse y llega primero haciéndose con la medalla de oro en los 10.000m; o la corredora Shaunae Miller, de Bahamas, que al desequilibrarse se lanza en plancha y logra el oro, aunque sea aterrizando con la cara, porque me gusta que me demuestren que no rendirse tiene premio y que es cierto que no importa cuántas veces te caes, sino cuántas eres capaz de levantarte. Y sí, lo mismo que he llorado a lágrima viva ante la retirada de ese prodigio que es Michael Phelps, he animado a Nadal en sus broncas y urdido ciberplanes que luego no inicio para contactar por internet con ese dios negro de incuestionable musculatura y acreditada potencia convertido en héroe nacional jamaicano porque supongo yo que tirarse a Bolt debe de ser como que te pase un tren bala por encima... Pero lo que más me ha hecho babear ha sido conocer la historia de Mireia Belmonte. La ganadora de la medalla de oro en los 200 mariposa, la que anuncia helados y de vez en cuando aparece en algún photocall, hace dos años que tiene un novio ideal. El muchacho viene con todos los extras: modelo, policía nacional en Gijón, comentarista deportivo y piragüista olímpico, Javier Hernanz. Sigan leyendo

Les dejo con otra reflexión de divorciada que reza, y que iba a ser el tema principal de hoy: el Papa Francisco ha hablado acerca de los divorciados. Qué alivio, oigan. Menuda tranquilidad saber que no estoy excomulgada, con la de hostias que me llevo, resulta que puedo considerarme parte de la Iglesia, y comerme las consagradas a pares, como de pequeñita. El Papa actual está logrando que me haga muy muy muy fan. Ahora que tengo resuelto el tema religioso, dejen que les diga que me preocupa más que seguir sin Gobierno el hecho de que nuestros planes de estudio, a la cola de Europa, ineficaces y anacrónicos, excluyen la educación sexual, les hablaba de ni-ni's al principio de este post. Denuncio desde aquí la nefasta educación de nuestro país. Dentro del temario se ve la parte anatómica, los órganos y sus funciones, pero de un modo pacato, separándolo de las relaciones, desvinculando la sexualidad de las emociones, de las consecuencias afectivas que las descargas hormonales provocan, ignorando la necesidad de informar sobre los riesgos de contraer enfermedades y de los embarazos no deseados; luego se escandalizan de la cantidad de abortos de menores y de que se venden más píldoras post coitales que churros... Es como si en la autoescuela sólo se enseñara las piezas y el funcionamiento del motor pero no se aprendiese a conducir. Y eso en un mundo donde no sería imposible escuchar la frase: "Te presento a mi mujer, a su novio, a mi novio y a nuestra novia, su marido vendrá en un rato".