Chapero nuevo

1450224_10200187824577714_1714174570_nHay artículos con recomendaciones sexuales que a mí, normalmente, me provocan entre carcajadas y muchísimo miedo. Me planteo si se escriben con la mala leche de quien busca que el lector haga el ridículo, se lesione o, directamente, sea abandonado por su pareja. Suenan como los consejos que me daban aquellas zorras algunas buenas amigas que he dejado amortajadas para siempre en mi cada vez más largo pasado. Cuando leo que consagrados sexólogos aconsejan pegar un post-it en la puerta de la nevera con un “hoy podrías tener suerte” a modo de indicador para explicarle a tu pareja que tienes la libido rozando el 10/10 o un “ni te molestes en preguntar” cuando estás con déficit hormonal, me planteo la edad de los potenciales lectores… Luego, me topo con la variante, un prodigio de originalidad y complejidad, que consiste en pegar los susodichos cartelitos, esta vez con las fantasías que querrías realizar esa semana, en el espejo del tocador. Carlos Slim llegó donde llegó por ideas tan geniales como éstas. Pero claro, si yo llego y señalo cuatro obviedades, que en realidad son imprescindibles para que la relación sexual siga manteniendo su intensidad y que la atracción no decaiga, a lo mejor no les gusta lo que propongo.

Cuando digo “hacer cosas juntos”, me refiero a compartir aficiones y realizar actividades que no se ciñan estrictamente a follar y salir a cenar de vez en cuando y tampoco les incito a hacer alunizajes en las joyerías de Serrano. Algunos entenderán que pueden incluir cosas tan románticas como ciclarse juntos, hacer tríos con un chapero o con un invitado sacado de un chill out a última hora, pero yo voy a simplezas mucho más evidentes y jodidas de llevar a cabo. Dejen que apunte una perogrullada: ambas partes tienen que comprometerse con la relación. Ergo: el compromiso de una sola persona no basta. El amor que tú sientes, por desmesurado, enfermizo o exagerado que sea, no lo cura todo. Y por si eso fuera poco, deben poder confiar en su pareja. Si no, siempre cabe encontrar un motivo para sospechar y para dudar. Otro tema es la honestidad respecto de la propia vida sexual, sin fingir y sin inventarse… La exigencia de decir la verdad siempre con tacto y con educación, claro.
Por mega liberal que sea la pareja, por confianza que demuestre y por “cero celosa” que se autodefina, nunca, nunca, nunca hable de antiguos amantes en la cama. Yo creo que de los ex no hay que hablar con  la pareja actual pero, suponiendo que haya que mencionarlos, nunca, nunca, nunca dé detalles acerca de sus modos y maneras sexuales y nunca, nunca, nunca mantenga conversaciones sobre esa ex pareja estando en plena faena con la persona de ahora. Busque otro momento y lugar.
Ya he comentado en previas ocasiones que el día es muy largo y que nadie, ni uno mismo, merece fe ciega. Dicho esto: ahorren en gimnasio, en dietas, en tratamientos de belleza, en ropa y en entretenimiento si quieren, ahorren hasta en palabras, si me apuran, pero no ahorren en condones. Muchos sexólogos apoyan esta teoría de la sensatez-desconfianza, no se crean que soy yo la cínica que les aconseja no fiarse de su súper esposo-esposa-novio-novia… El día que yo hable y revele las confidencias que me hacen por separado los miembros de esas parejas felicísimas de cara al tendido, sube el pan. El otro día, mismamente. Había detectado hace un mes un chapero nuevo en Puerta del Sol. Le veo todo el rato haciendo lo que hacen ellos: fingir que esperan a alguien, mezclados discretamente con la marabunta humana que escupen las bocas de metro y del cercanías. Están pero pretenden mimetizarse con los adoquines, huyen de llamar la atención de cualquiera que no sea uno de sus clientes. Insisto que éste es nuevo en la Plaza, le confundí con un turista y le pregunté algo. Yo venía cargada de bolsas de la compra y él hablaba con acento latino, venezolano quizá. Recuerdo que dudó si responderme, desde su 1,90 miró hacia mí con pereza, sacándose uno de los auriculares con ostensible molestia. A partir de ahí, le reconozco y le observo. Hará una semana que, casi en mi portal, le vi. Estaba hablando con un tipo de unos cincuenta y muchos, bajito, rechoncho, con pelo canoso muy sucio, ropa holgada llena de lamparones. Les oí quedar. Iban a encontrarse ahí mismo, esta tarde, concretamente a las cinco. Mi cara y mi mirada de cotilla me delataron. El chapero se dio la vuelta alejándose y el cliente asqueroso caminaba detrás de mí. Aceleré un poco. Miré de nuevo. Ahí estaba, cada vez más cerca. Avancé un poco por la calle Alcalá. Dudé: ¿Apple o Bankia? Bankia, que está más próximo. Entro hasta la zona de asientos de mármol. Me vuelvo. Ahí está, ¿me ha seguido? Noto que el corazón pega tales golpes que temo que me dé un infarto en medio de la sucursal. De pronto, una voz chillona: una señora de cincuenta y pico, obesa, sucia, con una melena rojiza dividida por un surco central de las raíces de tres dedos de pelo canoso, llama al tipo. Él se acerca y le comenta algo que no alcanzo a oír. Ella se levanta y juntos salen de la entidad. Apuesto a que ella no sabía que su marido iba a pagarse una chapa esa tarde a las cinco… Y las que llevará pagadas y las que pagará. Malo si lo ignora y malo si lo sabe. Llámenme antigua por alegrarme de que este tipo de mentiras no formen parte de mi vida.