Un largo silencio

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- ¿Y tú qué tal, hija? ¿Cómo están tus padres?
- Mi padre murió, pero mamá está bien, gracias.
- Dile que la acompaño en el sentimiento, nadie sabe lo que es quedarse viuda hasta que le llega... -y doña Adela piensa por un momento en lo liberada que se sintió ella cuando se le murió el marido, aquel pesado de Antonio, y ganas le dan de sonreír, pero su rostro, tan acostumbrado al fingimiento, mantiene el gesto de pesadumbre-. Bueno, hija, pues ya sabes, aquí estoy para lo que necesites.

Se trata de un párrafo del libro que llevo tratando de acabarme desde hace un mes. Yo que soy de leerme un libro por día. No avanzo, no lo trago. A mí la guerra civil española, con su drama de los dos bandos, de las dos Españas que ahora se están empeñando en resucitar entre perroflautas proetarras y chorizos y corruptos engominados, me pudre. A mí eso del racionamiento, de las bombas, de los fusilamientos, de los rojos y los nacionales, de la honra,... sólo me gusta saber que ya sucedió, que ya salimos de ahí, que aquella vergüenza de fratricidio ya terminó, pero detesto dedicarle más y más vinagre. Respecto del libro de Ángeles Caso, encuentro que está muy bien redactado y narra el pasado empleando puntualmente un futuro simple, lo cual me sorprende y me sugiere mil ideas, sin embargo, insisto, el contexto me da pereza y la época me apesta. Y a pesar de ello, sigo con Un largo Silencio, por esa calidad de la prosa y por algunas partes que me tocan de lleno.

"Alegría calla. Está pensando que quizá Mercedes tenga razón. Quizá sea bueno hablar más, protestar más, decir más a menudo lo que se piensa... Ella se ha pasado la vida callando, y la vida no le ha sido demasiado generosa. Calló cada vez que su marido la forzó en la cama, a pesar de su peste a alcohol y del daño que le hacía. Calló cuando le dio el primer bofetón, y el segundo y todos los demás. Calló después de la gran paliza, en el quinto mes de embarazo de las gemelas, y también cuando las niñas murieron y el médico dijo que había sido tifus, pero ella supo que la culpa la habían tenido aquellos golpes, de los que sus cuerpecitos, débiles y torpes desde que nacieron, nunca llegaron a recuperarse. Y calló el último día, cuando él le puso la pistola en la sien y la obligó a fregar el aguardiente derramado en el suelo de la cocina, en la casa donde vivían en Zaragoza, un suelo que recuerda a menudo, las baldosas rojizas sobre las que el aguardiente parece extenderse como una inabarcable mancha de fuego que ella trata de contener una y otra vez con la bayeta, por más que sabe que es incontenible y que la pistola que tiembla en el aire a su espalda acabará disparándose sobre su cabeza, así durante un tiempo que es eterno, esperando la muerte, hasta que se derrumba exhausta sobre el cubo y Alfonso se echa a llorar como un niño... También ese día calló, aunque al menos tuvo el valor de escaparse en plena noche, mientras él dormía la borrachera. Se fue a toda prisa, muerta de miedo, sin maleta y sin nada, y se refugió en un convento de monjas donde la recogió al cabo de unos días el padre para llevársela de vuelta a Castrollano. [...]

Sí, no hubiese debido callar tanto. Habría tenido que hablar ya desde el principio, reconocer su equivocación y arrepentirse, decir en voz bien alta que no quería estar más con aquel hombre con el que se había casado y del que no sabía nada. Nada salvo que era muy guapo. El hombre más guapo que jamás había visto. Y fue la belleza lo que la había confundido haciéndole creer que le irradiaba de dentro, de una bondad interior que sin embargo, no existía. Pero cuando lo descubrió ya era tarde.* 

Magistral, ¿no? Por eso, ahí sigo, con las pupilas que se atascan una hora en cada página, con una lectura que no fluye y en la que me obstino. No me doy por vencida también por esa incapacidad que tengo yo para mandar a la mierda, así, en general, y de cerrar sin haberlo acabado cualquier ejemplar con tapa dura, en particular. No sé decir: "me aburro, se acabó"; quizá por ello estuve casi quince años casada. Y por eso no me salgo del cine a mitad de las pelis, por más que sean una basura o que me esté costando verdaderos esfuerzos no quedarme dormida. No dejo a medias nada que sea creativo, ni películas, ni obras de teatro, ni musicales, ni libros. Y lo hago por respeto; un respeto mal entendido, seguramente. Porque si hubiera respeto en alguna parte de esa ecuación que yo me monto, habría de aplicarlo, por ese mismo respeto, a mí misma y a mi tiempo. Se supone que yo soy mi principal cliente... o debería serlo. Pero a eso, a priorizar, se aprende tarde, si es que alguna vez se llega a responder un "no" sin más, sin remordimientos, sin miramientos y con soltura. Y en lo que se ensaya y se intenta, se le gasta a una la vida. No sé si les pasará a ustedes pero yo hace tiempo que sé que no necesito escribir mi biografía porque puedo ir recogiendo cucharadas de mi pasado de párrafos de libros que otros ya han publicado.

 

*Llamen al 016 si saben que algo así está sucediendo en la vida real.