Hueles a problemas

Captura de pantalla 2015-12-25 a las 14.09.48Hace tres semanas, me faltó un clic para comprarme un bebé de American Stafford blue. Llevo, durante quince días ya, una mordedura de un cachorrito pitbull gris en la pantorrilla izquierda. No me atacó. Fue jugando con él. Me paré porque sentimos amor recíproco a primera vista, y nos abrazamos ante su dueño, rodeados por los transeúntes. Admito que tengo una imperiosa necesidad de ese amor lúdico y lleno de energía y de cariño explosivo, intenso, descontrolado, muy peligroso; esto es un diagnóstico certero. Y lo otro ha sucedido igual... Entre resacas ha asomado la patita. No se trata de una resaca alcohólica, que también, sino de una resaca taquicárdica, latente, profunda y angustiosa, el poso de tantos episodios con fatídico final. De esos en los que las risas cada vez se apagan antes y las lágrimas afloran sin gracia, de esos que van gastándote y desgastándote. De los que te quitan la luz y te agrian la sonrisa. La pena te marca la cara como el jaco. Él también apareció por casualidad, como todo lo bueno. Sin razón, como surge el amor. Lo improbable de encontrar tu tesoro en un charco durante la estación seca. No es un hombre aún. Es un cachorro humano que me entusiasma. La sola idea de él enciende una luz que daba por fundida, tan potente que me ciega y que me atrae irremisiblemente. Soy consciente de que, si permanezco cerca, me matará como un foco a una polilla en una noche de verano. Porque yo quiero, claro. Porque me voy a dejar ir, igual que me dejé morder. Porque prefiero morirme de pena a morirme de aburrimiento. Con aquel cruce de frases rápidas como la metralla en zona fronteriza, certeras, ingeniosas, noté un torrente de ilusión desatascando mis venas coaguladas. Cuando me daba por muerta, cuando había cerrado mi empresa de barbilla para abajo, aparece el bebé venenoso y el corazón bombea tan fuerte que me desoriento. Dispuesta a salir del ataúd para volver a la cama.

Un domingo gélido, el escenario perfecto para el nacimiento de una obsesión. Porque así me enamoro yo, obsesionándome. Imaginando que alcanzaré la felicidad unos ratitos. Inventando personalidades fascinantes que rescato de fantasías y de páginas de libros. Desoyendo al sentido común que me grita para que salga corriendo. Untándome el peligro por la piel y respirando vapores alucinógenos que anestesien mi instinto de supervivencia. Mi perverso cachorrito se lanzó con bravura. Apunta maneras de diestro siniestro pero aún le faltan muchas horas de vuelo. Ataca a pesar de ese miedo que trata de esconder forrándolo de advertencias, haciéndose el honesto, queriendo ahuyentarme y evitarme su propio zarpazo. Adelantándome el final de este episodio, como si yo no supiera cómo acabará esto que no ha comenzado... O como si él supiera lo que es vivir embalsamada en carne viva. Ni en su peor alarde de maldad lograría imaginar lo que yo no quiero ni recordar. Su ida mis vueltas. Una madeja de inconvenientes y de deseo desatado somos. En la garganta se atropellan entre sí, sin normas sobre prioridad, el "¿tienes hermanos?", "¿tienes gonorrea?", "¿tienes hambre?", "¿tienes prisa?", "¿tienes novia?". Embisto sin disumulo y me voy a inmolar aunque detesto casi todo lo poco que voy averiguando de él. Así estoy.

El punto de comienzo. Esa fase en la que no sabes nada y todo se te antoja interesantísimo. Con empacho de unas ganas recién despertadas y con una curiosidad que me muerde, aunque me importe un bledo en el fondo -porque ante él me callo que le arrancaría la ropa a tirones y las tonterías a hostias-. Imagino, fantaseo con él. Monotema. Gota a gota, preparando yo solita la trampa mortal. La excavo con mis uñas, me las rompo de nuevo, conscientemente, ahora que parecía que se habían curado las llagas. El capricho del demonio huele a problemas, a decepción y a insomnio. A todas luces, es imposible. Aún yendo bien saldría mal. No vale la pena. Y yo todo eso lo sé desde la segunda frase que le dije a esa carita de ángel. Sin embargo, he dedicido que entro en la partida y no pienso abandonarla hasta gastar todas las vidas. Todas. Aún estamos en el te como con los ojos y se me van las manos a tocarte. El limbo de no saber absolutamente nada el uno de la otra. De él querría que asumiera el rol de cachorro peligroso con todas y cada una de sus connotaciones (asumo que una dentellada me haga sangrar, que me empuje y me derribe, que se coma mi bolso más caro y hasta que juegue con otras personas incluso. A todo sí, excepto eso de agacharme en mitad de la calle para recoger excrementos aún calientes... Yo por amor entiendo otra cosa; quizá por eso no acabé el proceso de compra y hoy no tengo un perro. Y esa misma incapacidad para las mierdas ajenas, impide que tenga pareja; eso, o que he dado con diarreicos insufribles que, aparte de mierda, ofrecían muy poquito). Por mi parte, ya he barrido a fondo y no hay ni rastro de pereza. Gracias a la mera idea de él, mi cerebro tramposo ha provocado que me apetezca saltar y reírme y comérmelo a besos y llevarlo a la playa y... adiestrarlo. Sí, esa parte seguro que tiene su encanto. Pero, sinceramente, dudo que al orgulloso cachorro le vaya a hacer gracia embarcarse en este complejo juego de riesgos mutuos y con poderes equipotentes. Cabe la horrible posibilidad que se espante y no le vuelva a ver porque noto que estamos igual de locos pero dudo que sea tan valiente como yo. Igual simplemente todo esto le da pereza. Me transmite que lo tiene todo de mano y en abundancia, para qué se va a complicar; evidentemente, a su edad no se sabe aún que "todo" de hoy mañana significará "nada". En cualquier caso, espero y deseo que a él todavía no le haya dado tiempo de aprender que "nada" es igual que "todo", pero sin dolor de cabeza... Si yo fuera él, pobrecito, me pregunto a qué le temería más: si a mis colmillos o a mis cicatrices. Pero si él fuera yo, moriría por recibir un solo tutorial en privado conmigo.

Sollozará mi alma y bailaré todos los bises del pegadizo "Te lo dije" que me cantan todos y que yo me sé tan de memoria. Pero quiero vivirlo. Y nada es gratis.

En breve trendré que elegir entre pastillas o cuchillas. O quizá no.