La Novia

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Novia:
Y no ver más que tus ojos. Y que me abrazaras tan fuerte, que aunque me llamara mi madre, que está muerta, no me pudiera despegar de ti.
Novio:
Yo tengo fuerza en los brazos. Te voy a abrazar cuarenta años seguidos.

Hablan Inma Cuesta y Asier Etxeandía, La Novia y El Novio. El tercer vértice del fatídico triángulo amoroso corresponde a Leonardo, papel interpretado por Álex García.

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Una de las ventajas de sentarte a ver una película basada en un texto de Lorca que conoces, que has leído y hasta comentado, es que no hay spoiler que valga. Sabes, y para ello te vas mentalizando poco a poco, que todo acabará muy malamente aunque, corte y figura, tú acudes dispuesta a que en un alarde de creatividad o de rebeldía, la directora te sorprenda. He de decir que sí, que Paula Ortiz logró más que sorprenderme. Logró enamorarme, arrastrarme por la desesperación, contagiarme la angustia, la claustrofobia y la impotencia de la condición femenina de la época, que no es poco. En su día leí Bodas de Sangre y la he releído completa tras el visionado de La Novia, mientras preparaba la entrevista de Álex García. He de admitir, con asombro, la gran maestría de esta directora para, sin profanar en absoluto el texto del incomparable Federico García Lorca, realizar solo un par de pequeñas adaptaciones, mínimas, al servicio del funcionamiento de la cinematografía. Enhorabuena, Paula, de verdad que has hecho una maravilla. Además de que cuenta con un guión impecable, ha sabido dirigir al elenco de un modo magistral. No estaría contándolo todo si no les participase que ha logrado filmar una de las películas más bonitas que he visto, donde no hay un fotograma feo, donde todo, la luz, los paisajes de un desierto entre árido y mágico (qué bien traídas las Chimeneas de las Hadas, de la zona de la Capadocia), los rojos de la sangre y de la hoguera y los blancos del azahar y del encaje y de la luna, la cara agitada de ese caballo de Leonardo, ..., cada plano resulta bello, hasta los aterradores cuchillos de cristal. Otro punto a favor del mérito estético del largometraje se logra a través de la belleza de los protagonistas -porque, madre de mi vida, miras la cara de Inma Cuesta y, da igual el gesto y el ángulo, sólo alcanzas a suspirar cómo se puede tener esa boca, cómo se puede ser tan guapa... Asier y su fantástico porte, con esa bondad que irradia su personaje y esa manera suya de comerse a besos a su Madre y a la Novia. Pero la pasión, una fuerza gitana y salvaje, lo inunda todo cada vez que entra en escena Álex García, ese hombre al que yo sé que me tiraré antes o después. Esto mismo lo publiqué una vez, pero él no se toma mis amenazas todo lo en serio que debería. Yo, mientras, le dejo que madure, que evolucione. Y lo hace, vaya si lo hace. Sin ánimo de sonar condescendiente, Álex hace que me sienta muy orgullosa, observando su evolución desde la distancia, entre unas novias y otras, sean de ficción o de fricción.

Nos conocimos en un fiestón, una noche helada de diciembre, durante la apertura de una discoteca en Madrid. Él acababa de aparecer en la serie de moda del momento: Sin Tetas No Hay Paraíso, donde daba vida a un camello de cuarta. Desde ese Moreno, muchacho de barrio dueño de un taller de motos, ha dado vida a personajes hipermasculinos, como aquel rudo César Bravo que pegaba tiros y cabalgaba en la serie Tierra de Lobos. Me consta que en Amar en Tiempos Revueltos andaba en la misma línea pero, por fan que sea de este señor, fui incapaz de ver semejante coñazo producto de entretenimiento. Muy recientemente, ha encarnado nada menos que a Don Juan, el icono sexual, un verdadero mito del erotismo, el seductor por antonomasia sobre el que tanto he escrito y por culpa de cuyo síndrome, padecido por demasiados señores, tanto hemos sufrido las mujeres de todas las épocas. Aún estoy recuperándome de la impresión de verle completamente desnudo sobre el escenario del Teatro Español donde, en la piel de El Burlador de Sevilla, hacía de las suyas... La función acabó con un éxito absoluto, merecidísimo, el pasado 29 de noviembre.
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El chaval de Sin Tetas, se lo decía a Álex, a mí me pareció una promesa de alguien grande, por encima y con independencia de un físico más o menos deseable. Me fijé en lo bien que se muere este chico ante las cámaras y escribí un papel para él, un cortometraje que cualquier día protagonizará; esto, lo de participar en mi corto, también lo sabe y tampoco se lo toma todo lo en serio que debería... A lo largo de estos años, he consumido Álex García sin empachos, pero también sin moderación: ya les digo que en una semana he sido capaz de ir sola al teatro y a la proyección de La Novia -al pase de prensa, sola voy siempre; pero al teatro... ¿sola?-. El resultado: en cuatro días de calendario le he visto totalmente desnudo y muriéndose dos veces... Subidón, subidón, subidón. Yonqui, adicta total.

Recuerdo que hace un par de años, su impecable interpretación de un complejo individuo, Slatan en Kamikaze, me provocaba alguna lágrima de orgullo, si se me permite, de satisfacción por él y por su evidente progresión actoral. Estaba contenta por él, por comprobar que no me había equivocado cuando le eché el ojo y, aquella tarde, sólo lamentaba no tener el valor de mandarle un mensaje dándole la enhorabuena desde aquella oscuridad cómplice de la sala de proyecciones; también me emocioné y también lloré, disimuladamente, en mi palco del Español. Por escrito y brevemente, esta vez sí, me permití felicitarle. Y en persona también lo hice, aunque balbuceando y sin mirarle mucho a la cara, porque ante él no logro hilar las palabras, porque me ahogo en sus feromonas, porque no puedo pensar en nada culto ni ingenioso... sino en contenerme para no saltar sobre él.

Por ello, excepcionalmente, y a pesar de ser lo último que deseaba, accedí a hacer una entrevista telefónica, prescindí de mi overdose de piel, de olerle, muy a sabiendas de que si le hubiera tenido delante, por culpa de los nervios, yo misma me habría electrocutado con la grabadora. Hablamos bastante más de los diez minutos que se pactaron y me atendió a pesar de encontrarse enfermo, mientras contemplaba las estrellas de la sierra de Madrid. Abordé diversas cuestiones aunque debo confesar que, al principio, costó. En este país los actores recurren con demasiada frecuencia al nauseabundo escudo que, por otro lado, sólo emplean aquí, porque en Hollywood, sueltan barbaridades por la boca en programas de prime time. Supongo que él temía que le preguntase por su ruptura con la guapísima Verónica Echegui y qué tal le va con la nueva, la también actriz Manuela Vellés. No pensaba, o sí, pero no a bocajarro.

Tiré de oficio y me ceñí a la literalidad de la primera pregunta seria, de libro, la que ya le habrán hecho mil periodistas antes. Encarrilado el asunto, seguí por la que versa sobre la dificultad añadida de sus últimos papeles, que utilizan textos clásicos. Él subrayó la maravilla que supone acercar a las nuevas generaciones obras maestras de la literatura. El otro matiz de dichos trabajos es que parecen derribar el tabú del desnudo masculino, puesto que Álex aparece tal y como su madre le trajo al mundo, treinta y cuatro años después. Confesaba que, por encima del lógico pudor, su única preocupación respecto de que sus padres le vieran así era que no se sintieran avergonzados de él. Admite que sí, en efecto, aparecer en escena completamente desnudo le daba cierta vergüenza: "Quiero pensar que todos hemos venido al mundo de esa manera y que el resto son capas que nos ponemos encima. Pero me alegro de poder hacerlo". Parece que las alabanzas acerca de su físico le incomodan, no le gusta instalarse en ese tema que, por otra parte, emana directamente de la película. En La Novia se nos regalan unos planos de este hombre que, ya me lo confirmarán los años, le convierten en ese Brad Pitt de Leyendas de Pasión. Por lo que noté, él no había proyectado nada similar... Evidentemente, a Alex le están contratando como galán. Algo que el cine español merecía, porque no quiero ni acordarme de la época en que las pelis las protagonizaban "chulazos" como Gabino Diego, Javier Bardem, Antonio Resines o Jorge Sanz. Álex, ante mi insinuación de que le tomen como hombre objeto, como ese actor que ha desbancado a Hugo Silva, decía que no se siente así. Decía que si su personaje tiene cierta connotación sexual, eso se traduce en que luego le van a hacer preguntas como las que yo pretendía hacer, me reprocha -¡zas, en toda la boca!-. Mantiene que eso de ser un objeto sexual les pasa sólo a los que alimentan esa actitud, que él lo vive tranquilamente, que son los trabajos que le dan y que le dejan hacer y que siempre se puede elegir. "Bueno, bueno: cuando te quedes calvo y te salga floting, me llamas y volvemos a ver La Novia, a ver si el físico da igual o no" (risas). Me permití mencionar a un guapo guapísimo, al animal más bello, el cubano Rubén Cortada cuya sincera y brillante respuesta, se me grabó: "Gracias a estar en mi piel he vivido cosas maravillosas". "Muy interesante la frase, la idea que subyace..." admite. "Pues eso, hombre, relájate y disfruta". Le aclaro que para mí, resulta muy evidente su despegue como actor, el desarrollo de su faceta interpretativa, con independencia de su físico. Lo agradece y dice que, aparte de lo obvio, se ha dedicado "a disfrutar las pequeñas cosas de la vida, a vivir y crecer como persona, a intentar saborear cada segundo, a ser consciente de la sociedad a la que pertenezco".

Me contaba que ya no vive en el centro y que procura pasear poco por esa realidad que le satura y de la que, quizá, se ha refugiado entre libros, paseos por el campo y a caballo. En La Novia, comenta divertido, ya conocía al caballo. Ha montado al mismo que en Tierra de Lobos.
Vuelvo al tema de los textos. Cito la frase que más me ha resonado de la película, aunque no es la única y aunque la dice El Novio (Asier Etxeandía): "Yo tengo fuerza en los brazos. Te voy a abrazar cuarenta años seguidos". Me da la razón y, todo obediencia, comienza a recitar frases que salen de boca de Leonardo. Menos mal que Álex, al otro lado del teléfono, no puede ver cómo babeo, la cara de tonta que debo de tener al escuchar esa voz, la suya, diciéndome esas cosas: "El orgullo no va a servirte de nada". "Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! -respira, recuerda y prosigue-. ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad". Y eso de "¡Qué vidrios se me clavan en la lengua! Porque yo quise olvidar y puse un muro de piedra entre tu casa y la mía. Es verdad. ¿No lo recuerdas? Y cuando te vi de lejos que eché en los ojos arena. Pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta".

Le comento que he leído comparaciones de críticos de cine entre La Novia y Romeo y Julieta. Historias de amor intemporales, trágicas, con ese sino fatídico que siempre deparan los celos, la traición y la infidelidad. Álex menciona la "lealtad". Le obligo a precisar: ¿lealtad es lo que tú propugnas, en vez de fidelidad? Afirmativo. Estamos de acuerdo en que no son sinónimas: "lo importante es no hacer daño. El ser humano es torpe, se equivoca una y otra vez... La lealtad te hace estar ahí para esa persona". Hablamos de lo atávico de la concepción de la pareja cerrada, de que es una cuestión meramente educacional. Siendo cierto, y sabiéndolo todos, no deja de ser dolorosísimo cuando nos son infieles. "Igual no soy egoísta con un par de calcetines y no me importa prestarlos pero... llámame antigua si monto en cólera cuando otra usa la polla de mi novio" (risas. Menos mal que iba a controlarme...). Y él me daba la razón: "Las pasiones profundas no entienden de buenas intenciones. No somos animales acostumbrados a que otro se enrolle con nuestra pareja y puede desencadenar cosas desastrosas. Deberíamos entrenarnos en lo contrario, en la lealtad, en no ponerla en situaciones de hacerle daño, en la seguridad de que vas a estar ahí". En ese instante, claro, tuve que intervenir: "Álex, siendo perfecto tu argumento, la experiencia me demuestra que toda lealtad desaparece cuando una persona nueva llega. Cuando esa nueva relación, que nos fascina, se inicia, ya no estamos para el ex. No podemos y no queremos ya estar... El ex es pasado y para esa persona ya sólo guardamos sentimientos de culpa o de remordimiento y cansancio y, lo que nos llama la atención es la nueva pareja. Esta persona, además, tampoco nos va a permitir "estar ahí para el ex" por demasiado tiempo". Guardó silencio tras suspirar y alcanzamos quorum respecto de cómo se materializa esa lealtad. "Por cierto, el final de la Novia me puso los pelos de punta. Ninguna otra película lo ha logrado". "Es muy bonito", coincide rotundo.

Me pareció oportuno concluir ahí y di la conversación por finalizada muy a mi pesar.

Hoy es mi cumpleaños y no voy a desperdiciar mi tiempo con mentiras. En esto, créanme: el 11 de diciembre se estrena La Novia. Vayan a verla. Me lo agradecerán. Y lean después Bodas de Sangre. He dicho después.