Actos de amor

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No han logrado disuadirme ni el olor a rancio de sus hojas amarillentas, ni la tipografía diminuta arrojada sobre renglones tan pegados que mareaba o sus quinientas páginas… Seguro que he subido media dioptría de miopía por estos “Actos de Amor” de Elia Kazan. Una edición cuya infame traducción desluce la, con toda seguridad, mejor prosa que debió desarrollar el magnate. Fue ver su nombre y agarrar el ejemplar del montón… Soy muy de rescatar libros y muñecas de los mercadillos. Recordé que se hablaba de él en la biografía de Marylin Monroe y entendí, o malinterpreté, el hallazgo como pura Ley de Atracción… Y no me puedo sentir más satisfecha. El multioscarizado director de Un tranvía llamado deseo, Al Este del Edén, Esplendor en la hierba, y otras, resulta ser un extraordinario novelista. Un análisis de la vida interior del norteamericano medio, con sus impulsos y pulsiones, sus tabúes, los miedos que alimenta y los desvíos que oculta. Una historia protagonizada por una mujer en su búsqueda apasionada del yo. Para mí, la historia sobre violencia machista más cruda que he manejado, sibilina, desarrollada de modo aséptico y tan absolutamente vigente que asusta saber que lleva escrita desde 1978. Tórrida y abierta en el plano sexual, nada pacata para la época (me extraña que no haya sido censurada…). Me pego la paliza de copiar para ustedes cuatro magníficas páginas del libro en el que me he enfrascado sin tregua varios días; ni son las mejores, ni las únicas que he marcado pero rebosan un conocimiento profundo del hombre, de la mujer y de cuanto tiñe la convivencia y al intimidad. Que disfruten de verse en el espejo. Da vértigo.

Dolores. Hacía una semana que la conocía. Ella había llenado el vacío. Una mujer no puede abandonar a su marido durante semanas sin que se exponga a eso. Ethel tenía la culpa. Así que Dolores. Dolores le había dado un nombre cariñoso. Pachá. Dijo que él era un príncipe oriental. A ella le gustaban los hombres oscuros, crueles. Una vez él la golpeó cuando ella tenía el orgasmo. O pretendía tenerlo. ¿Quién lo sabría de cierto en estos días? […]
Dolores sabía que el elogio de una mujer es el mejor afrodisíaco, de modo que Teddy no tardó mucho en volver a ello de nuevo.
-¿Te complazco? -preguntó ella.
-Me complaces como un demonio.
-Si deseas algo diferente, dímelo.
A pesar de toda esa eficaz adulación, a Teddy no acababa de gustarle Dolores. Por ejemplo, ella le contó historias sobre otros hombres, sus fracasos y sus debilidades. Hay un viejo proverbio que dice: “Si hablan de otros, hablarán también de ti”. De modo que Teddy no confiaba en Dolores. Pero, ciertamente, ella llenaba un vacío.

Teddy observó que Ethel ahora parecía sentirse mucho más a gusto en la cocina. La cena era deliciosa, y preparada con facilidad.
-Voy a tomar un baño -dijo ella después de que hubieron lavado los platos.
Teddy no lograba acordarse, ¿solía ella tomar baños después de la cena? ¿No tenía la costumbre de bañarse por las mañanas? Nunca, anteiormente, había tomado un baño cuando él la esperaba en la cama, y a buen seguro, ella nunca había permanecido tanto tiempo en la bañera. Teddy se estaba durmiendo. Podía hacerlo en cualquier instante. Le estaría bien empleado. Ninguna mujer debería atreverse a hacer esperar a un griego tanto tiempo en la cama. ¿Quién demonios se creía ella que era? Teddy miró el reloj. Ethel habia estado en aquella bañera casi media hora. ¿Qué estaría haciendo ahí? ¿Qué es lo que estaba pensando? Ahora salía. Desnuda. Se dirigió hasta su bolso, sacó algo y volvió al cuarto de baño. Teddy oyó que cerraba con pestillo. ¿Cuándo se había encerrado ella anteriormente en el cuarto de baño? ¿Habría dejado de tomar la píldora y utilizaba algo diferente? Pasó más tiempo. ¡Oh, que se vaya a la mierda! Él estaría dormido cuando ella finalmente le hiciera el honor de venir a la cama, y si no estaba dormido, lo fingiría. De ese modo, su dignidad quedaría a salvo.
Él dejó que ella creyera que tendría que despertarlo, actuó soñoliento, manteniendo los ojos cerrados mientras ella lo acariciaba. Teddy recordaba que ella solía decirle:
-No. Todavía no estoy apunto para ti, espera un poco más, niño mío. -Pero ahora era el Pachá el que conducía el espectáculo, y él decidiría quién estaba a punto y cuándo. Ahora la hacía esperar que a él le viniera en gana. Se sentía bien haciéndolo.
Ella solía decir:
-Me duele cuando entras de esa manera.
Pero él lo prefería de esa manera. Le proporcionaba el placer de la violación. Lo que a él le gustaba realmente era la violación parcial. Se complacía en forzar su entrada, poco a poco, y sentirla que ella se abría para él, más y más profundamente, cuando él estaba dentro de ella. Ahora era cuando iba a permitírselo. Ahora él estaba dispuesto.
Y entonces vino la sorpresa. Ethel lo tomó en su mano y como si fuese un instrumento, lo insertó con cuidado, rápida y netamente y ¡oh, sorpresa! Ella estaba perfectamente lubricada, hasta lo más profundo. Y entonces, otra novedad: ¿Qué demonios estaba sucediendo? Normalmente ella hacía todos sus esfuerzos para prolongar la estancia de Teddy dentro del cuerpo de ella, jugando con él, quedándose quieta, distrayendo su mente, todo lo que los artículos de las revistas aconsejaban a una mujer para obtener la satisfacción que tenía, según descubrimiento reciente, derecho a lograr. Los esfuerzos de Ethel ahora parecían encaminados a hacerle terminar tan pronto como fuese posible. Acabar con ello. Y así fue. Teddy no pudo evitar pensar en D. ¡No había comparación! D. realmente lo quería. D. ponía un cojín dejado de su trasero. D. enrollaba las piernas en su espalda. D. arqueaba su espalda para alzar y ofrecerle su pubis. D. deseaba que eso durara infinitamente. D. tenía una venida espectacular. Teddy pensó qué estaría haciendo D. en ese momento y dónde estaría. Con Ethel, aquella noche, había sido un ejercicio mecánico.
Para empeorar las cosas, lo primero que Ethel dijo después fue:
-¿Has estado con alguien, verdad?
Lo dijo sin mostrar el menor rencor.
-Yo no he estado con ninguna maldita persona más -dijo Yeddy-. ¿Qué te hace pensar eso?
Pero sabía que estaba denunciándose. Sudaba.
-¿No crees que aquí hace un calor horrible?
-Para mí está bien -respondió Ethel.
Alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa limón. A Ethel no se la engañaba fácilmente.
Teddy deseó poder controlar ese condenado modo de denunciarse. Ya siendo un muchacho, cuando había hecho correr los dedos por el mostrador de la tienda, camino de casa iba sudando copiosamente, con las barras de caramelo en los bolsillos.
En otra época, cuando se decían la verdad, se lo habría contado a Ethel en seguida.
Ethel no olvidaba nada.
-No me importa -le dijo-, si has estado con otra.
Teddy para refrescar su cuerpo, se quitó de encima la sábana que los cubría y después, sin ser visto, creía él, secó las palmas y el dorso de sus manos.
-¿Por qué no te importa? -le preguntó.
¿Se lo contaría? Ella no le presionaba. Si le contaba la verdad a lo mejor dejaría de sudar. Teddy se sentía como una maldita víctima, en una posición tan vergonzosamente débil. Sentía resentimiento porque ella tenía ventaja sobre él.
-Porque… no lo sé -dijo ella-. No me importaría, eso es todo. Hemos estado separados tanto tiempo…
-¿Has estado tú con algún otro? -preguntó él.
-¿Te importaría si lo hubiera hecho?
-Sí.
-¿Me culparías? Hemos estado separados mucho tiempo.
-Te culparía, sí
-Bueno, no he estado. Con nadie.
-¿Y por qué no?
-No había nadie que yo necesitara.
Teddy aprovechó la oportunidad, sintiéndose mejor al hacerlo.
-Yo no necesitaba a la que…
Ethel lo interrumpió.
-No tienes por qué explicarte -le dijo.
-Gracias -respondió Teddy.
Sucedió entonces algo desacostumbrado. Ethel se durmió. La primera. Siempre había sucedido lo contrario: él se dormía inmediatamente después del orgasmo.
Ethel respiraba sosegadamente; no tenía ninguna tensión. ¿Por qué demonios no estaba en tensión? ¿Cómo podía aceptarlo todo con tanta calma? ¿Indiferentemente?
Teddy no durmió bien, se levantó antes que Ethel y se fue a sus deberes, quedándose a estudiar en un rincón de la oficina del oficial de educación.
Durante la tarde encontró una hora para Dolores. Su orgullo se lo exigía. Al dejarla, estuvo comparando sus gritos de placer, sus consiguientes murmullos de alabanza y gratitud con la eficiencia de Ethel introduciéndole en el cuerpo de ella e incitándolo a terminar.
Cuando volvió a casa se encontró con que Ethel había pasado el día fregando y limpiando todo el apartamento. Teddy había dejado que se instalaran el polvo y la suciedad. Hasta el piso estaba encerado, todos los platos bien lavados, las sartenes de cobre volvían a relucir, y los estantes de sus camisas y ropa interior estaban ordenados.
¿Cómo hubiera podido quejarse?
Aquella noche sucedió lo mismo. No podía decirse que eso fuera hacer el amor. Ether era agresiva, sin ser ardiente, cogiéndole el miembro tan pronto estaba erecto, empujándole con la mano para que se colocara encima de ella, guiando el eje dentro de su cuerpo, abriendo sus labios para recibirlo y procurando que se unieran primorosamente.
Otra vez, resultaba algo anormal la manera en que ella se había lubricado. Generalmente ella respondía en dos fases; así había sido siempre. Ethel tenía una puerta exterior y una puerta interior, solía decir Teddy; primero se abría luna y después la otra. Esta vez, Ethel estaba nivelada e inmediatamente dispuesta, sin necesidad de estímulo. Teddy recorrió enseguida el camino hasta casa.
Ella lo incitó entonces a través del acto. Ethel no hizo ningún ruido, ya fuese de ánimo o de pasión, fingido o real. Cuando Teddy hubo terminado, se dio cuenta de que ella le había sacado de nuevo tan de prisa como pudo. ¿Mientras ella…?
Ella sólo había sido un espectador.
Teddy estuvo pensando en sus vidas anteriores. Ethel había sido tan apasionada en otro tiempo…
¿Podía haber sido sólo fingimiento?
A la noche siguiente, Teddy descubrió un frasco de lubricante en la mesita de al lado de su cama. De momento no comprendió lo que era ni el porqué estaba allí.
-¿Usas tú eso?
-¿Por qué?
-Porque tú entras antes de que yo esté lista y me haces daño.
-¿Has usado siempre eso?
-No. Pero decidí que no me hicieras más daño. ¿Te importa?
-Claro que me importa.
-¿Quieres decir que prefieres hacerme daño?
-Tú sabes bien lo que yo quiero decir.
Teddy estaba furioso, con su orgullo herido. ¡Un hombre que no podía llegar a excitar a su mujer hasta el punto que estuviera dispuesta a recibirlo con deseo! ¡Eso no podía ocurrirle a él!
-Nunca te habías quejado antes.
-Bueno…, ¿deseas hablar realmente de eso, de cómo solía ser antes y de cómo es ahora?
Él dijo que sí quería. Pero no hizo ninguna presión. A fin de cuentas, él tenía a Dolores, y, como ayer, en cualquier momento que quisiera la prueba del tipo de hombre que él era, todo lo que tenía que hacer era…
De modo que dijo que lo sentía si entraba demasiado aprisa en ella y Ethel dijo que no importaba, pero que cuando lo hacía, causaba daño. Y olvidaron la cuestión.
A la noche siguiente todo ocurrió exactamente, lubricación perfecta, un viaje guiado, y una carrera precipitada hasta la meta.
Pero, ¿cómo podría Teddy quejarse? ¿Bajo las circunstancias? Después de todo, él había sido infiel. Hasta casi lo había admitido.
Quizás Ethel leyó sus pensamientos, porque le dijo:
-No puedes culparme por mostrarme un poco estrecha, ¿verdad? Después de todo, tú estuviste con otra.
Teddy sudaba de nuevo. Repentina y copiosamente.
Se sintió aliviado cuando Ethel dejó de lado el tema.
-Estos son mis días fértiles -dijo-. Estos cuatro días. No quiero que nada vaya mal. Tu papá está mostrándose impaciente.
Se echaron ambos a reír y ella no tocó de nuevo el tema de su infidelidad.
Dos días más tarde Ethel le informó que sus días fértiles ya se habían terminado y que iba a regresar a Florida.
-No puedo quedarme aquí -le explicó-. Alguien acabaría por verme. Y entonces me harían regresar. Será un lío, especialmente para ti. ¿Tú no querrás eso?
-Sería un lío -dijo él- especialmente ahora cuando estoy tratando de conseguir un destino. Pero te encontrarán antes o después; siempre lo consiguen [se refiere a la Marina; ella se ha enrolado, siguiendo los pasos de él, pero ha desertado y la están buscando]
-Ya pensaré algo para que no me encuentren. Entretanto permaneceré con tus padres, allí mismo, en tu casa. Llámame.
-Estaré en casa dentro de siete semanas. Entre cursos. Y oye, he entendido muy bien de lo que me has estado hablando, ¿sabes?
Pero él no había comprendido. Ella lo había avergonzado.
Cuando se dieron un beso de despedida, ligero y rápido, Teddy dijo, sin ser preguntado:
-No voy a acercarme a nadie más otra vez, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -dijo ella.
¿Esperaba Teddy que ella se mostrara agradecida?
Al cabo de una semana, Teddy había vuelto junto a Dolores. Su orgullo se lo exigía.
-Después de todo -se dijo-, ¡soy un hombre!
Lo que más le fastidiaba era que Ethel no estuviera celosa.