El sueño de ser puta

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En vez de presa del deseo de asaltar una churrería durante la happy hour, hoy, al salir de yoga, achicharrada y sin control sobre mis distendidos tendones, me he sentido desolada. Mucho. Estoy muy desolada porque mi profesor de yoga, Gonzalo, el Súper Héroe de Marvel ya no da clases en el gimnasio. En este mundo laboral de mierda, renovar por tercera vez exige que la empresa te haga un contrato fijo y, llegado el momento, han optado por prescindir de él. Si no vales, a la calle. Pero si vales, a la calle también. WTF! Y conste que servidora no albergaba, y jamás albergó, deseo alguno de que sus preferencias sexuales cambiaran… y supe siempre que jamás nuestras pelvis chocarían muchas veces y con ritmos desenfenados. Lo digo de verdad. Y ello, aunque cada célula de mi cuerpo gritase su nombre y se estremeciese sólo de pensar en él. Desde mi primera clase, fui vigilándole desde ángulos absurdos; cabeza abajo, llegué a descubrir lo apetecibles que son todos y cada uno de sus músculos cincelados. Entre las posturas de saludo al sol y los guerreros, yo veía una peli porno… Sí, confieso haber fantaseado con cómo sería semejante animal metido en faena, con esa flexibilidad y capaz de esas asanas imposibles de fuerza y de equilibrio, y todo ello aderezado con su sonrisa perfecta, con sus ojazos azules… Le echo tanto de menos que me cuesta no llorar cuando extiendo la esterilla dispuesta a descoyuntarme obedeciendo a otra. Quiero que me retuerza él. Quiero que él me empuje hasta encontrarme la cara detrás de las rodillas. Quiero que cuando me duela todo por la noche, y durante los tres días siguientes a su sesión, sea su voz la que resuene. Quiero que me exija que lo intente, que me pida que me atreva, y que me prometa que él va a estar ahí para agarrarme si algo falla. Quiero que vuelva. Y esto no es una fantasía.

Sobre fantasías estuve leyendo el otro día. Por enésima vez. Me detuve a analizar una de las fantasías sexuales que, no sin asombro, encuentro incluida en muchos de esos listados que tanta seguridad y confianza proporcionan a los editores, y que yo defino como enumeraciones sistemáticamente plagiadas de artículos a libros y viceversa. Me refiero a la fantasía que, supuestamente, a todas las mujeres nos obsesiona, y que a mí tanto me chirría, y que consiste en aseverar que nos encantaría trabajar de puta. Siempre incluyen la aclaración políticamente correcta de: “una fantasía que se censura y que en la vida real nunca se realizaría, naturalmente”; supongo que la van divulgando por si cuela, en plan campaña sofisticada de marketing de lanzamiento de un producto innovador; hay que hablar de ello para: 1) darlo a conocer y 2) crear la necesidad.

Se parece a esa otra, también repetidísima en los listados, que afirma que la mayoría de nosotras fantaseamos con tener sexo con otra mujer porque tócate los mismísimos las tías somos lesbianas en el fondo. Cuánto daño has hecho con la frasecita, querido Almodóvar.

A mí, qué quieren que les diga, me basta recorrer Montera o los aledaños del gimnasio para darme cuenta de que NO MOLA SER PUTA. Y me sobra cerebro desde siempre para hacer lo que me gusta en la cama y rechazar lo que no, sin autocensuras pero sin hacer concesiones, sin permitir chantajes o coacciones, de nadie y por nada. Si mezclo ambas premisas, obviamente, a mí no me van a liar con argumentos tipo: “Bajo la condición de prostituta, en tu fantasía, puedes mostrar tu verdadero yo en la cama”. ¿Perdona? De entrada ya, aclarar que no todas llevamos una puta dentro.

O lo de “con la excusa de que te pagan por ello, puedes hacer lo que te apetece”. ¿Perdona? (bis). No considero que hacer según que cosas te definan como puta.

El argumento acerca de que, como media dinero, es una relación sin ningún tipo de compromiso me parece válido para otra época. Hoy pasar dos whatsapps a los tíos les crea sensación de grilletes…

El colmo llega cuando leo que fantasear con ser prostituta te proporciona una gran ocasión para demostrar y presumir de lo buena que eres en la cama. Anda que… Esto, sinceramente, me arranca un: Pero tú, ¿cuántos años tienes?

Pero la guinda para que yo logre mi cara de absoluta incredulidad mezclada con indignación llega con: “que un hombre quiera pagar por acostarse contigo debería subirte la autoestima y reafirmarte”. Ahora repito cinco veces “¿Perdona?”. ¿Desde cuándo ser considerada como material fungible, como un depósito de fluidos dotado de distintos orificios de textura mucosa, ayuda a subir la autoestima de nadie?

Y lo más cutre es ya el argumento de: “tienes algo tan valioso y que ellos quieren tan desesperadamente, que estarían dispuestos a pagar”. ¿Perdona? ¿Perdona? ¿Perdona? Es de Primero de Voy a Burdeles saber que un putero paga por no tener que encarar sus propias limitaciones frente a otro ser humano en un plano de igualdad. Compra tiempo de alguien que va a estar “callada como una puta”. El refranero acumula mucha sabiduría.

Existe una variante muy cercana al sueño de ser puta, que es la de fantasear con ser stripper, y que mientras tú les excitas sin compasión desde la altura de las plataformas de metacrilato, ellos meten billetes en tu tanga de lamé y se van calentando sólo de ver tu increíble body contonearse, agarrada tú a una barra o arrodillada sobre un escenario, mientras los señores aúllan tu nombre. ¿Perdona? A mí me mola más llegar a Agent Provocateur, elegir doce tangas absurdamente carísimos, irme a caja sin probármelos, sacar mi tarjeta de crédito de mi billetero de Gucci comprado por mí y pedir una bolsa pequeña para que no me moleste durante el resto de mis horas de compras locas financiadas exclusivamente por mí. Y ya veré a quién le dejo romperme el tanga a mordiscos… Eso, para mí, es molar, y no que te arañen con sus uñas sucias y llenas de padrastros cuatro garrulos que acaban de colocar tres planchas de pladur, con la excusa de meter un billete de dólar en tu bikini del chino.

Si esto les levanta el estómago, verán cómo se quedan si analizan los últimos avances en lo que ahora dicen que es bailar. Yo pensé mucho en doblar la dosis de Primperán y en la necesidad de revisar los criterios del derecho a voto y el sufragio universal.