Sexo oral. Precisiones

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Cuando se trata de sexo, si hay una palabra que describe lo que ellos tienen en mente el 99% de las veces , ésa es, indiscutiblemente, “mamada”. El sexo oral es, para la mayoría, el protagonista de cualquier fantasía erótica y, sin duda, el mejor regalo que pueden recibir. El pene puede representar desde la masculinidad más atractiva, al origen de la vida, la fuerza, el vigor… Contemplarlo en erección suscita deseo y respeto, poder y excitación. No te dejes llevar por lo que has visto en algunas escenas de porno. Las actrices de cine X, cuando no están haciendo servicios en hoteles y domicilios, y van a los rodajes, lo practican por dinero y fingen en el 320% de las ocasiones. Con tu compañero –ocasional o estable-, sigue tus impulsos. Y recuerda: delicadeza y atención.

Siempre es bienvenido el sexo oral, pero ojo, no en cualquier sitio, momento o circunstancia. Partimos de la base de que a la mujer le gusta el sexo oral tanto como al hombre, pero hay que saber que para nosotras el acto de dar o recibir sexo oral simboliza y alcanza a mucho más (estoy generalizando). Las mujeres escolarizadas, en general, insisto, lo vivimos como un instante muy íntimo. Todo lugar es susceptible de convertirse en un rincón para el amor… para los hombres. Recuerden la frase: “ellas necesitan un motivo para el sexo. Ellos sólo un lugar”. Por excitante que te parezca un callejón (aunque escribía Stevenson que “Ciertos jardines sombríos piden a gritos un asesinato“…), un ascensor, un aparcamiento, etcétera, no siempre ella está dispuesta a seguirte. Por divertido que parezca, procurad que no sea el clásico sitio donde os puedan pillar. Gestionar la dosis de excitación extra que proporciona la posibilidad de ser descubiertos, con el exceso de estrés que provoca eso mismo, no es fácil. Traducido: puedes abortar cualquier atisbo de orgasmo, o perder la erección, si los nervios vencen.

Otro detalle, cuando “bajes”, por ridículo o absurdo que suene, ella necesita un chute de confianza extra. Concretando un poco: si eres capaz de decirle algo bonito acerca de su cuerpo, de lo guapa que te parece, de lo mucho que te apetece hacérselo, de lo bien que sabe o que huele, o de cómo te excita verla así… Es mano de santo. Esto se debería recordar siempre: la mujer y el oído, el hombre y la vista. Ellos se estimulan con la contemplación de una imagen; nosotras, podemos registrar una frase “erótica” o incitante y derretirnos al recordarla. No hay que complicarse en exceso: puedes decir palabras sueltas, pero constructivas, amables. Si entre ambos el código normal de comunicación incluye intercambiar insultos y palabras obscenas, di ésas; pero si no es así, quizá cuando estés con tu cabeza entre sus piernas, o con su boca rodeando tu glande, no sea el mejor momento para llamarla “zorra”, “guarra” o “puta”…

Si el pene no está aún erecto, obviamente vas a acelerar el tema si te ayudas de las manos –a casi todas las mujeres les atrae contribuir activamente a la erección-. Agárralo un par de centímetros por debajo del glande, rodeándolo, y mueve la mano de arriba abajo. Comienza con suavidad y ve progresivamente haciéndolo más deprisa, conforme notes que se endurece. Haz subir y bajar el prepucio cogiéndolo en tu puño. Compagina esto con miradas insinuantes, saca la lengua pero no le toques con ella, juega a acercarla y retírala –sin abandonar lo que estás haciendo con la mano-. Recorre la vena vertical de su pene con el pulgar, masajea con distinta presión y, desde la base hasta el glande, intenta incorporar leves giros de muñeca –ojito con entusiasmarte, no olvides que puedes hacerle daño: no lo estrujes ni se lo retuerzas-. Con la otra mano, dedícate a los testículos, al perineo, o fija tus dedos pulgar e índice en la base del pene formando un anillo y dale un masaje, o repite el movimiento ascendente y descendente. Tu boca debe de estar cerca. Puedes, primero, lamer el glande, como si fuera un helado o recorrer pequeños tramos con la punta de la lengua. Abre la boca como si fueras a engullirla –seguro que él se muere por que lo hagas-, pero retírate y acomete la zona del tronco, asciende desde la base, rodea la corona, vuelve a bajar. Haz que se desespere. En determinado momento, puedes introducirte la parte superior del pene, siempre sin que tus dientes le toquen. Juega con tu lengua: súbela, pegándola al paladar, haz que su reverso toque la superficie del frenillo, gírala. Succiona, lame, acaricia y besa –si te parece insípido, echa lubricante de sabores o esconde un chicle en tu boca-. Déjate llevar por lo que te apetezca, por tu instinto. Ten en cuenta que la piel que cubre el glande es de las más sensibles del cuerpo, junto con la de los párpados, y resulta muy agradable de besar y de chupar. Muchos terminan agarrándote de la cabeza, del pelo o convirtiendo tus orejas en un par de asas para conseguir que te metas el pene hasta adentro… Hay quien lo encuentra insoportable. Si no quieres que te ahogue metiéndotela hasta más atrás de la campanilla, es mejor que apoyes una de tus manos en la base del pene, así tendrás control en todo momento sobre la profundidad. Si relajas el cuello, lograrás introducirla en su totalidad (excepto algunos XXL, con quienes puedes recrear la sensación utilizando tu mano para cubrir la zona de abajo, donde tu boca ya no alcanza). Una vez así, mantenla un ratito, roza con la punta de tu lengua en la base, o mueve tu cabeza (guiada por tu mano si es preciso) dentro y fuera.

He dicho.