Oído por ahí

1471329_10200187825257731_574935085_nDurante mucho tiempo, por dedicarme a escribir sobre sexo, se me plantean conversaciones sobre anorgasmia, impotencia, infidelidad, orgasmos clitorianos o contracciones voluntarias del recto, con mayor frecuencia que ésas que versan sobre los planes para Semana Santa o el Puente de Mayo, o sobre adónde me gustaría salir a comer. That's my life, y me encanta. Pero hay veces en las que hasta yo me escandalizo, o noto que algo se me remueve por dentro. Y voy a contarles algunos momentazos recientes que recuerdo, y eso a pesar de que he permanecido muy, pero que muy, aislada.

Tuve ocasión de asistir a un Taller sobre suelo pélvico. La sala de Amantis estaba repleta de mujeres, algunas adolescentes, otras recién paridas,..., todas secretamente aquejadas de incontinencia urinaria y tan avergonzadas por ello, que aun después de dos horas de ejercicios sentándonos sobre una toalla; de manejar un prototipo de esos de las clases de anatomía, con huesos, vísceras, etc.; de infinidad de explicaciones de la terapeuta a otras tantas preguntas íntimas, y habiendo demostrado que tenían un máster en bolas chinas, en pesa vaginal, en ejercicios de Kegel y en una vida entera aguantantando los estornudos, los ataques de tos y de risa, insistían en negar que se mean y aseveraban que era pura curiosidad lo que allí las congregaba.

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Obtuve varias conclusiones: la más evidente es el machismo imperante, el injustísimo error que se comete en el enfoque oscurantista, denigrante y negativo de este asunto. Por supuesto, ahí tercia la falta de soluciones por parte del Ministerio de Sanidad potenciada por la codicia de las marcas de productos femeninos: los anuncios de mujeres de cincuenta en adelante con el mensaje de "ponte una compresa para pérdidas de orina y asume que te tienes que mear". No señoras, no. No hay que mearse. No es normal mearse. Si se detecta alguna anomalía, hay que ir a terapia. Además de cirugía, hay fisioterapia específica para suelo pélvico. Los PC son ese grupo muscular obviado desde siempre en toda práctica deportiva y que se atrofia por el exceso de presión, por los embarazos, por el estreñimiento crónico, por la pura ley de la gravedad con los años. Los vibradores (no necesariamente los que se introducen, sino los que estimulan el clítoris desde fuera) son mano de santo para recuperar el tono muscular, además de ser la mar de entretenidos. Basta de renegar de la vagina, de la zona sexual femenina en general. Ese pudor ridículo hace que los problemas no se atajen a tiempo... Y tarde es cuando, por ejemplo, se pierde el control de los esfínteres (horror, horror). O cuando se produce dolor durante el coito (dispareunia). O cuando la distensión vaginal es tal que ninguno de los dos disfruta de la penetración.

Hace unos días, he escuchado a un señor alardear de que su sexualidad era absoluta y totalmente satisfactoria a pesar de no mantener relaciones sexuales con su esposa durante los tres últimos años. Y que su felicidad se la proporciona que, cada quince días, sale con sus amigos y finaliza la velada refugiándose en un club lleno de putas del Este, veinteañeras a las que, de dos en dos, paga y se sube a un cuarto para, tras esnifar entre los tres dos gramos de cocaína, poder él dirigirlas y contemplarlas haciendo que se coman el coño a la voz de "¡ya!". Y eso, a él, le parecía sexualidad sana. Y se cree que a las tías las hace pasar un rato genial. Alardea de que les descubre que comerse un coño las catapulta a la sexualidad plena, y que gracias a él, la descubren. Claro. Seguro que ellas es así como disfrutan, y no contando los billetes mientras su chulo, un macarra de metro noventa con 27cm de rabo, las empotra en un in-out non-stop durante cincuenta minutos... Pensará que yo le creo. Pero yo lo único que creo es que él hace esfuerzos por creerse su propia falacia. No tiene en cuenta que yo lo oigo todo y que he grabado en mi meninge sus dos comentarios: "es que ya no sube como antes" y su "¿tres minutos? Con que dure treinta segundos...". Así que, en vez de abordar el problema conyugal y decidir con su mujer si se pueden volver a enamorar o si mejor se divorcian y, ya en otro orden de cosas, acudir a un urólogo y tratarse, opta por negar la evidencia y protagoniza sketches tarantinianos en burdeles.

Otro momentazo me lo brindó, hará un lustro, una marica mala a la que odio sin miramientos. Estábamos cenando en grupo cuando relató que, siendo seropositivo, tratado con retrovirales desde hace diez años, se dedica al barebacking como quien se echa a las calles para atrapar las mejores ofertas el primer día de rebajas: a codazos, lleno de avaricia y sin remilgos. Le regañamos, le insultamos incluso: su argumento valdría como foto que acompaña en el Diccionario de la RAE a la palabra egoísmo: "Ya claro, pero es que si les cuento que tengo el bicho no follo". Y yo digo: si es obligación denunciar el maltrato o la comisión de un delito, ¿a hijoputas como éste no cabe denunciarles?

Lo único que me atrevo a aconsejar es: escúchense a sí mismos. Aunque dé miedo.