Ausencia

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No necesito agendas ni secretarias para recordar minuto a minuto tu ausencia, para saber que el tiempo que me reste por vivir será corto para el olvido, infinito para el desconsuelo, inútil para la resignación. Hay que vivir y vivo, pero nada más.

No es verdad que con el tiempo todo se supera, que el tiempo mitiga el dolor, que pule los sentimientos. No es verdad; el tiempo despeja la bruma primera que emborrona los perfiles, el tiempo arrastra  solapadamente ese tiempo sin tiempo, ese instante inconmensurable en que el mundo  se para como un latido roto. El mundo ha seguido rodando, dándose vueltas sobre sí mismo, día tras día, hasta el día de hoy, el aniversario, le llaman. Un año ya, y la vida sigue.

Hago trampa y descontextualizo este párrafo de El Ángel Caído, de Marta Portal, y lo hago porque lo leo y me lee por dentro. Y porque de nuevo, son los libros, y no yo, los que contestan a cuantos plantean la inquietante pregunta, quienes demandan un balsámico consejo, una mentira que alivie el vacío. Ni ginebra ni pastillas ni tiempo ni terapia: nada, nada salvo morirse, sirve para olvidar.