Calladito y sin prisas, por favor

396050_254366741299966_676846122_nEn algún momento abordaré los errores que las mujeres cometen habitualmente en la cama (ellas, yo no; obviamente, nací perfecta...). Pero ese momento no es hoy. Continúo con otra de las cuestiones, culpa de ellos, que estropean lo que podría ser un empotramiento perfecto. El tema de este post en concreto me hizo reír cuando lo leí en un manual americano de sexología: hay hombres que se obsesionan con proporcionar a las mujeres más de un orgasmo. "Qué gracioso, y qué guay", pensaba, en un primer momento, rememorando el clásico macho-men tipo Torrente, egoísta y mal amante, por muchas experiencias que acumule por su asquerosa promiscuidad. Con este tipo de señor lo más normal es que no disfrutes: será un mete-saca, a su ritmo y para su placer. Sin embargo, el fragmento del libro apelaba a la new generation de lovers generosos, criados al son de "aquí disfrutamos todos o la cabra al río", que sí desean que su pareja disfrute. "¿Pero cómo puede eso ser un problema?" A priori, repito, me reí. Pero reflexionando sobre ello, se llega una situación no por "moderna" inusual: la del tipo que mientras te empotra está interrogándote con sus constantes "¿Te gusta?", "¿Todo bien?", "¿Así?", "¿Qué quieres que te haga?", "¿Te vas a correr?", "¿Te has corrido ya?". En fin, queridos, se valora la atención y que estéis pendientes pero no hagáis del polvo un debate, please. Si quisiéramos una conversación llamaríamos a nuestros amiguitos gays. Ahora, estamos follando. Gracias por no interrumpir.

Durante siglos, la mujer se consideraba un ser pasivo, dulce, obediente, que se echaba en la cama y se dejaba hacer pensando en las musarañas y encomendándose a la Patria y al Señor en el cumplimiento del débito conyugal. Ahora, por lo visto, hemos mutado en bestias sexuales sin corazón que decapitamos al que no nos facilita el orgasmo con eficacia. El asunto de la complicidad y de la generosidad en la cama huele a modernidad de la buena, sin duda. Lo bizarro, creo yo, es convertir a un hombre en una suerte de esbirro sexual hasta el punto de que se obsesione por optimizar su propio rendimiento en pos del placer de su dueña y señora. Que no se nos vaya de las manos y pasemos de lo uno a lo otro sin término medio... Siendo fundamental que ella llegue al orgasmo tampoco es plan de puntuar cada sesión de cama en función de cuántas veces ella culmine. Lo cual me lleva de nuevo a la tantas veces comentada situación crítica: el sexo enfocado al orgasmo. Hace años, en el del varón, ahora en el de ella.

Otra razón por la que no conviene juzgar el desempeño masculino en base a los orgasmos que su pareja alcance es que es muchísimo más difícil llevar a una mujer al clímax que a un hombre -otra idea ya comentada recientemente-, sobre todo si no se conoce demasiado bien su cuerpo y sus posibles reacciones a la estimulación. En conexión con esto, cuidadito con meternos prisa. Se trata de un fallo que cometen incluso los más experimentados lovers: subestimar cuánto tiempo puede tomarles a algunas llegar. La estadística más habitualmente manejada afirma que para el sexo oral -el modo más rápido y la ruta más directa- es de veinte minutos desde el primer lametazo hasta el último estremecimiento. Esto nos da una idea aproximada; pero claro, todo depende también de lo excitada que esté ella antes incluso de que la toques, lo que le hayas estado haciendo justo antes, de quién se lo esté haciendo, de cuánto haya bebido (con dos copas se retrasará; con cuatro, mejor olvídalo, y si bebe más, cabe que todo se nuble y gire y acabe con la cabeza dentro de un WC).

¿Qué se supone que debe hacer uno? Lo primero, diría yo, es dejar de considerar el sexo oral y las caricias y los besos como un peaje a pagar o "paso previo a", y empezar a considerarlos como relaciones sexuales plenas en sí mismas. Es mejor mentalizarse de que te vas a pasar veinte minutos, céntrate y ponte a ello con ganas. Lo habitual es que ellos vayan excitándose a medida que logran que su chica lo haga. Si la lengua se duerme o te duele, relájala haciéndola más blanda y ancha, y permite que tu pareja se mueva contra ella; también puedes introducir un dedo o dos (humedecidos siempre antes con saliva o con lubricante). Si te molesta el cuello, cambia de postura (a veces, ayuda colocar una almohada bajo las caderas de tu pareja y un cojín para tus rodillas suele ser muy de agradecer). Lo que nunca, pero nunca jamás debes hacer, mientras estás con la cara entre sus muslos, es preguntarle cuándo se va a correr. Cuando eso vaya pasar o esté pasando, ten por seguro que lo vas a notar y en ese momento, por nada del mundo te detengas. Ya te avisará ella de que tienes que parar.
De nada.