Nada, salvo dinero

Captura de pantalla 2013-05-22 a las 15.03.53Pero pasó el tiempo, y el cuerpo se acostumbró a la cruel mutilación, y el corazón aprendió de nuevo a latir solo. El ridículo de Felicia fue relevado por otros ridículos, y hasta ella misma se olvidó de lo ocurrido. Incluso se le quedó como un poso de ternura hacia aquel hombre que tanto la había hecho sufrir, pero que le había abierto las puertas del paraíso -así se lo decía a sí misma-, y entre ellos acabó naciendo una profunda amistad. Sin embargo, algo se le debió de quedar herido por dentro, porque nunca más volvió a enamorarse. Y cuando notó que la carne le pedía de nuevo encandilarse con otra carne -y para entonces ya había pasado mucho tiempo desde el dolor-, ni siquiera tuvo arrojo para probar suerte en aventuras con cualquiera de aquellos caballeros conocidos y que tan dispuestos se habían mostrado a consolarla… Prefirió pagar: en algunas tabernas de los alrededores de París no era difícil encontrar chicos guapos dispuestos a hacer feliz a una dama a cambio de algo de dinero. Y ella se acostumbró a aquel comodísimo comercio que la ponía a salvo del peligro y le prestaba a cambio durante algún tiempo un simulacro de ternura, de compañía. En cuanto sospechaba que su interés por alguno de aquellos muchachos crecía -por ejemplo, si a la mañana siguiente aún percibía con gusto el olor de su cuerpo entre las sábanas, o si recordaba su nombre más de dos o tres días-, dejaba de verlo. A las amigas íntimas que, al tanto del secreto, le reprochaban su actitud -aunque en el fondo la admirasen por aquella libertad tan duramente adquirida- siempre les decía entre carcajadas lo mismo: “No hago más que comportarme como ellos, como los hombres: disfruto sin pagar nada a cambio. Nada, salvo dinero. Pero todo el dinero del mundo no vale lo que una sola lágrima de una mujer abandonada”.

Mi madre siempre me ha consolado con esa misma frase: “Eva, no llores por lo que se arregle con dinero. Es sólo eso: dinero”. Pero elijo este fragmento de “El peso de las sombras” de Ángeles Caso para que se lean el resto; una novela tan magnífica que quedó finalista al Premio Planeta. Ambientada en la Francia de finales del s.XIX y principios del XX, es un magistral relato de amores y frustraciones. Yo estoy fuera de servicio, porque lloro por lo que el dinero no compra y porque en este momento, no cuesta tanto dar con sicarios por doscientos euros… En cualquier caso, detecto en este párrafo que, con unas cuantas “k” y unos emoticones, serviría como radiografía de lo que cada vez se plantea con mayor naturalidad hoy día.