50 sombras de Grey

Captura de pantalla 2015-02-18 a las 16.50.56

Si fuera Bridget Jones, contabilizaría esta semana así:
– calorías ingeridas: 89.575.114.231,7
– libros leídos: 3
– gilipolleces soportadas: 8, a repartir entre Iberdrola, Movistar, la Seguridad Social y uno
– horas viendo telebasura: 562.885.113.842, a repartir entre los formatos más deleznables, todos de Mediaset.
– visionados de la película 50 sombras de Grey: 2

Como verán, he estado ocupadísima haciendo nada.

Respecto del blockbuster tengo el corazón partío. Me he leído la trilogía, y en inglés para más fiabilidad y, como ya he confesado, he visto los ciento veintipico minutazos que dura el filme dos veces en menos de una semana, pero hoy, a la hora de pronunciarme, estoy indecisa.

Dejen que les diga que la primera vez salí del cine con mal cuerpo. Tensa. Sin poder dejar de preocuparme por ella (Dakota Johnson), estaba sobrecogida. Perdí algo de atención lamentando varios de los ajustes del texto al guión. Hay ciertos detalles que la película atropella, como no puede ser de otra manera. Mientras arrastraba los pies camino a casa, pensaba: “Si me imagino a un tiparaco calvo, gordo, borracho y desempleado haciendo a su novia las cosas que el Sr Grey le hace sin despeinarse a la hijita de Don Johnson, vomito. O, mejor dicho: llamo al 016 y luego, vomito”. No sin justificación, la polémica está servida. Hablamos de un señor que te coloca un localizador en el teléfono para espiarte, que te monta una escena sólo porque vas a ir a ver a tu madre, que te aisla de tus amistades, que te interroga y recela de todos tus compañeros masculinos, que se presenta en tu casa y entra sin llamar… Hoy, todo eso, se llama maltrato y acoso, y es denunciable.

Pero claro, nos han vuelto a vender la misma historia que en Pretty Woman. El príncipe encantador que redime a la puta y la saca de las calles. Aquí, más sofisticado… Porque todo esto, y mucho más que se narra en la novela de E.L.James, lo hace un tipo con look de top model, multimillonario, deportista, vestido de diseño, que intercala un besito con un latigazo o con un “desaparece, Anastasia”. Y el arquetipo del personaje femenino no es otro que Cenicienta, se le parece peligrosamente. Anastasia es una estudiante guapísima, con una madre casada cuatro veces y un padre suplente que hace lo que puede desde la distancia. Para más INRI es virgen, con todo el trajín psicosexual que implica eso para nosotras (por mucho que las nuevas generaciones lo vivan muy mal, y lo “regalen” o lo subasten, como si el himen quemara, es una circunstancia crucial para la mujer). Esta señorita, que curra de ferretera a media jornada, a pesar de que detecta en el Sr Grey mil indicios escabrosos, no hace ascos a una primera edición de lujo de unos libros de culto, ni a un teléfono móvil nuevo, ni a un ordenador portátil último modelo, ni a un cochazo a estrenar, ni a los paseos en helicóptero y en un ala delta sin motor, ni a ropa nueva, … Esta historia tópica y tramposa consolida de nuevo el puñetero estereotipo: ellos proveen y ellas, todas putas, tragan porque quieren “cosas”. Si en el ínterín del “te proveo de cosas” al señor se le escapa una buena hostia, nos aguantamos. Y quien dice hostia, dice maltrato psicológico, bien con amenazas, bien con el sucio juego del refuerzo intermintente. Y como coartada a esa negativa al romance convencional sin latigazos (ella implora: “¿Y no podemos ir al cine o a cenar?”), una pincelada de lastimita por él, porque fue un niño abandonado por una madre adicta al crack y prostituta, algo que le llevó a una relación de sumisión con una señora amiga de su madre adoptiva. Y qué de escenas de sexoblandoquepretendeserduro, coño. Así de mareada salí yo la primera vez que me invitaron a ver la peli.

La segunda impresión, cortesía de preservativos Control, nada que ver. Para empezar me centré más en el juego de ambos. Porque hay un juego. Porque Grey dice muchas frases divertidas, frases que te dice un hombre en un contexto de seducción y de atracción. Porque él es un tipo brillante por méritos propios que está en otro plano, superior en todos los aspectos y más experimentado, y aún así, deja que Anastasia juegue sus bazas. Porque Grey tiene mil detalles con Anastasia, cuida de ella, se interesa por ella, trata de abrirse a ella, le echa unos polvazos de muerte, y comparte su mundo de lujo con ella al igual que le abre el cuarto de juegos. Porque si bien él demanda cierto uso de bondage, ella lo disfruta; porque cuando él le da unos cachetes, como “castigo” se trata de una penalización que administra con consenso de ella y que obedece a una broma entre ambos: “Anastasia, ¿te has mordido el labio?” o “Anastasia, ¿has vuelto los ojos?”.  Y el momentazo crucial: le presenta enseguida a sus padres llevándola a cenar. A estas alturas de mi vida sé que los tíos cuando quieren estar, están. Y Grey está por la tal Anastasia. Punto. ¿Que es un poco especialito? Pues sí, claro. ¿Y quién no? Que alguien me presente a uno sin tara, que me lo quedo.

No es una peli de BDSM per se, aunque se utilice esa parafernalia y a pesar de que, para bochorno de Melany, su hija haya estrenado su carrera rodando un pornazo. Bien rodado y con presupuesto, y sin ver el rabo de Jamie Dornan, pero incuestionablemente más cerca del porno que de Disney.

Pude percibir durante ambas proyecciones que el público aún no está acostumbrado a ver escenas tan explícitas en la gran pantalla y rodeados de gente. Obviamente, para la audiencia de según qué generaciones, los cacharritos (látigos, fustas, juguetes, etc) no son nada nuevo… pero para la gran mayoría de la población se trata de un universo desconocido. El top David Gandy rechazó el papel para lamento de todo el planeta pero atención al maromo que hace de Grey, que el muchacho no tiene ni un pero. Y conforme vas viéndole más veces, más te gusta, oye. Así que me hago cargo del devastador efecto que la trilogía ha podido causar en la gran mayoría de las mujeres, lamentablemente aún muy analfabetas en materia sexual… Y luego todo ese poderío y esa ostentación y ese despliegue, que impresionaría a cualquiera. Juro que vi abuelas yendo solas a sacar su entrada: “Deme una para ésa que son dos novios… o algo”. Vi a matrimonios setentones con sus palomitas y su coca-cola gigante, ansiosos, aguardando lo más grande. Vi a gorditas con gafas que hacían la fila nerviosas perdidas. Y a tremendas con rollo muy power con su ticket impreso desde hace un par de meses… Entiendo que se hagan megafans de la saga, que devoren las novelas y que se compren el merchandising, por más que sea tan cutre como usar bridas y cuerdas.

Yo no sé qué más decir aparte de que ojalá yo tuviera en algo alguna vez el éxito que la tal James.