Sexo recreativo

Sigue generando polémica la reforma de la Ley del Aborto que propuso Gallardón. La que le costó la cabeza. La misma que nos devolvería a las cavernas. Y hablando de cavernas, les confieso que hace años me asalta una paradoja. Me asaltan muchas, en realidad, pero a la que me refiero ahora concretamente es a la de la batalla campal que mantienen, en lo que a sexualidad humana se refiere, la carga genética y el peso de miles de años de conductas repetidas que imprimen incluso nuestros cromosomas, frente a la modernidad; el desarrollo de la civilización, de modo lacerante, revela que ahora mismo la mayoría de nuestra herencia genética es absurda y no se sostiene. Mantenemos tendencias innatas inaplicables en el s.XXI, pero que nos condicionan y provocan las mil y una lágrimas.

Rebusco un libro científico que empecé y que, precisamente por su elevada dosis de teoría, dejé aparcado. (Madre mía, para no conducir la de cosas que aparco…) Me despiertan como dos bofetadas, las sumamente interesantes reflexiones acerca de la sexualidad de los humanos, expuestas por J. Diamond a la vez que observa y explica la del resto de seres vivos. El planteamiento me parece crucial: los científicos intentamos entender la evolución de la ovulación oculta de la mujer, la casi constante receptividad femenina y el sexo recreativo, una trinidad de peculiares comportamientos reproductivos fundamental en la sexualidad humana.

Estos tres aspectos convierten al ser humano en excepcional, y sólo puede deberse a que hemos evolucionado para ser así. Resulta paradógico que en el Homo sapiens especie única por su conciencia de sí, las hembras sean inconscientes de su propia ovulación, cuando las de los otros animales tan estúpidos como las vacas son conscientes de ella. ¿Por qué las mujeres no dan señales ovulatorias evidentes, como la mayoría de las otras hembras animales, de modo que podamos restringir el sexo a los momentos en que podríamos obtener algún beneficio de él?

Por otro lado, el sexo humano parece un monumental desperdicio de esfuerzo desde un punto de vista “biológico”, si uno sigue el dogma católico de equiparar la función biológica del sexo con la fertilización. Hay una razón simple por la que la mayoría de los otros animales son sensiblemente mezquinos en lo que se refiere al sexo copulativo: el sexo es costoso en energía, tiempo y riesgo de lesiones o muerte. Las razones científicas por las que no deberíamos amar a nuestros adorados innecesariamente son:

1.- La producción de esperma es tan costosa para los machos que los gusanos con una mutación que reduce la producción de esperma viven más que los normales.

2.- El sexo requiere tiempo que, de otra manera, sería dedicado a encontrar alimento.

3.- Las parejas fundidas en un abrazo se arriesgan a ser sorprendidas y asesinadas por un depredador o enemigo.

4.- Los individuos de edad más avanzada pueden sucumbir a la tensión del sexo: el emperador francés Napoleón III sufrió un ataque mientras estaba entregado al acto sexual, y Nelson Rockefeller murió durante una relación sexual.

5.- Las luchas entre los machos compitiendo por una hembra estral (en período fértil) acaban con frecuencia en serias lesiones tanto para las hembras como para los machos.

6.- Ser pillado en plena relación extramarital es arriesgado para muchas especies animales, incluyendo (como es bien conocido) la especie humana.

(Es esta lista la que a mí se me antoja obsoleta e inaplicable a las personas de este siglo y hemisferio…)

Así pues -prosigue la exposición-, obtendríamos una gran ventaja si fuéramos tan sexualmente eficientes como otros animales. ¿Qué ventaja compensatoria obtenemos de nuestra aparente ineficiencia? La especulación científica tiende a centrarse en otro de nuestros rasgos inusuales: la condición de indefensión de las crías humanas hace necesaria gran cantidad de cuidados parentales durante muchos años. Los jóvenes de la mayoría de los mamíferos comienzan a conseguir su propio alimento tan pronto como son destetados; se hacen plenamente independientes poco tiempo después. De ahí que la mayoría de las hembras mamíferas puedan criar, y de hecho críen, a sus jóvenes sin asistencia del padre, al cual ve la madre tan sólo para copular. Entre los humanos sin embargo, la mayoría del alimento se consigue mediante tecnologías complejas absolutamente fuera del alcance de la destreza o capacidad mental de un niño pequeño. Como resultado, a nuestros hijos hay que facilitarles alimento durante por lo menos una década después del destete, y esta tarea resulta mucho más fácil para dos progenitores que para uno. Incluso hoy día es duro para la madre soltera humana criar a sus hijos sin asistencia, y solía ser mucho peor en tiempos prehistóricos, cuando éramos cazadores-recolectores.

Consideremos ahora el dilema al que se enfrenta una mujer de las cavernas en período de ovulación que acaba de ser fertilizada. En muchas otras especies de mamíferos, el macho responsable se marcharía rápidamente en busca de otra hembra en estado de ovulación para fertilizarla. Para una mujer de las cavernas, sin embargo, la partida del macho expondría a sus eventuales hijos a la hambruna o la muerte. ¿Qué puede hacer ella para conservar a ese hombre? Su brillante solución: ¡permanecer sexualmente receptiva incluso después de la ovulación! ¡Mantenerle satisfecho copulando cuando él lo desee! De esa forma él permanecerá cerca, no necesitará buscar nuevas compañeras sexuales, e incluso compartirá su porción diaria de carne de caza.

El sexo recreativo funciona como adhesivo que mantiene unida a la pareja mientras sus miembros cooperan en la crianza de su indefensa prole. (Me declaro fan absoluta del concepto sexo recreativo) Ésta es en esencia la teoría aceptada anteriormente por los antropólogos y que parecería bastante convincente. Sin embargo, estudiando el comportamiento animal se descubre que esta teoría del sexo-para-promover-los-valores-familiares deja muchas preguntas sin resolver… ¿Por qué tienen que ofrecer las mujeres la concesión de sexo constante, cuando otras hembras animales no tienen que hacerlo y sus machos permanecen con ellas y sus crías?

El dilema sexual humano consiste, entonces, en que un padre y una madre deben trabajar juntos durante años para criar a sus indefensos hijos a pesar de estar frecuentemente tentados por otros adultos fértiles de su entorno. El fantasma de la ruptura del matrimonio por sexo extramarital, con sus consecuencias potencialmente desastrosas para la cooperación parental en la cría de los hijos, está omnipresente en las sociedades humanas. De alguna manera, evolucionamos la ovulación oculta y la constante receptividad para hacer posible nuestra combinación única de matrimonio, coparentela y tentación adúltera. ¿Cómo encaja todo esto? Hay una avalancha de teorías que les explicaré otro día, conforme las lea y las procese.