No me escucha

Llevo una semana atrapada por la excitación de ver cualquier telediario. Las explosiones de La Jungla de cristal y las naves extraterrestres de Independence Day se me antojan cuentos de niños comparados con el misterio de descubrir al imputado del día. Me sé los modelitos y los movimientos de la jueza Alaya y el desarrollo de la operación Púnica, he asomado el morro (de lejos) a la casa del alevín de los Pujol… Y tachan tachan: la yaya del “dientes, dientes, …” va a tener que dejar la bata de cola para colocarse el uniforme de rayas horizontales. Mola. O molaría si finalmente, entrara. Lo cual me sorprende casi tanto como las respuestas que me han dado un par empotradores plusmarquistas de barra de bar y golfos redomados vocacionales, que admiten que no quieren enredar porque “están conociendo a alguien y no quieren cagarla”. Olé. Ojalá hubieran sido la mitad de así cuando yo les recibía depilada… Pero, frente a la castidad y el alarde de civismo sexual de estos grandes espadas (muy grandes), lo que oigo de mis aminemigas dista mucho, pero mucho, de las indicaciones del Concilio Vaticano II sobre la familia…

El reciente drama al que se abraza una aminemiga se resumiría más o menos así: “Él me escucha. Mi novio no”. Otro clásico. De libro, vamos. Pero claro, si le explico lo que realmente le sucede, dejará de hablarme. Eso, lo de matar al mensajero, es otro clásico. Pero como tengo un blog, se lo cuento a ustedes.

El motivo por el que ella se siente tentada está claro. La idea de alguien que te escucha -que realmente te escucha, aunque por tu boca sueltes estupideces-, nos derrite a todas. Y más, si lo comparas con la situación que realmente vives día a día, con tu novio, que es muy capaz de permanecer con la mirada fija en el televisor, sin pestañear siquiera mientras le hablas. Es desesperante notar cómo sus dedos recorren, ansiosos de pasar la página, los márgenes del Marca, deseando que te calles y le dejes en paz… Por el contrario, cuando habla con “ese otro”, logra el 150% de su plena atención. Eso hace que se sienta importante, escuchada, entendida, atraída, … y tentada.

Ahora pensemos: ¿dejarse llevar (tirárselo, quiero decir) merecería la pena? La capacidad de encontrar fascinantes tus historias acerca de lo traumático que fue para ti cuando tu pez se murió de repente, se suele evaporar hacia el sexto mes. E incluso entonces, hay que ser consciente de que no es la historia que les estás contando lo que ellos escuchan. Están observando tu cara, tus manos, tus ojos, tus gestos, (tus tetas), perdidos en el asombro que sienten por ti. Por desgracia, el chute de esas hormonas del amor, responsables de esta admiración adictiva por ti, se van segregando cada vez en menor cantidad hasta secarse del todo tras llevar dieciocho meses juntos. Entonces, de pronto, ya no eres tan divertida.

Con cifras en la mano, lo de “no me siento escuchada” es la causa principal alegada por las mujeres al solicitar el divorcio, porque no es precisamente un sentimiento agradable. Por suerte, hay mil cosas que puedes hacer para detener esta tendencia y evitar sentirte ignorada. Pero ojo, conlleva una relativa estrategia, una inversión en la relación (y en lencería y en gimnasio, que todo ayuda…).

Lo primero, y crucial, es elaborar un poco lo que quieres decir. Los hombres son textuales y directos; las mujeres tendemos a enredarnos en infinidad de detalles y a regarlo todo con emociones, algo que puede provocar que el mensaje se pierda.

Puede que tu pareja sea un vago y que no haga ninguna clase de esfuerzo, o puede que haya desconectado porque para él, lamento decirlo, lo que dices le aburre. Además de ofenderte, yo creo que es sano hacer un poco de auto evaluación. Conviene preguntarse: ¿Lo que le estás contando merece la pena ser escuchado? Tendemos a esforzarnos más en resultar divertidas con los extraños que con nuestras parejas estables. Probablemente, tu “chico nuevo” esté gesticulando y asintiendo con toda su atención cautivada por tus palabras, precisamente, porque estés contando una historia genuinamente divertida. Quizá la misma historia divertida que a tu pareja le arrancaba carcajadas y admiración no hace tanto… Horror. Culpen a las hormonas y a los neurotransmisores.