La duda

Y erre que erre con el tema de siempre: la infidelidad; sólo que el correo de hace unos días me plantea el instante de duda moral-pragmática.

Lo de ¿se lo cuento? para mí se traduce en: “¿puedo desahogarme y así, además de echar un polvo, le dejo a él con todo el marrón?”.

Hay quien enfoca la confesión como un modo de salvar la pareja. No digo que no, pero sí que depende mucho de las circunstancias… Personalmente he verificado que el precio que uno paga por cometer una infidelidad es, precisamente, el de mantener el secreto de por vida; no confesarlo jamás de los jamases cuesta, y mucho. Créanme: pesa como una losa… Sin embargo, si existen sospechas fundadas o se ha comprobado con evidencias y pruebas que efectivamente hay un affair, la parte infiel sale mejor parada si confiesa. No se gana nada negándolo porque lo más habitual es que te pillen y es probable que al confesarlo salves la relación. Según la estadounidense Shirley Glass, experta psicóloga especializada en infidelidad: “Los matrimonios se dañan menos tras una confesión de infidelidad voluntaria que tras un descubrimiento no deseado”. Otra gran ocasión para confesarlo es si la pareja está acudiendo a terapia (esto es un poco yankee, qué le vamos a hacer: en España no estamos tan acostumbrados a contratar un consultor o un coach para que intervenga en las épocas de dique seco, vacas flacas y otras contingencias que ocasionan problemas en la relación. Y con la crisis, menos…). “No tiene ningún sentido -prosigue- acudir a un experto si no estás dispuesto a reconocer una aventura. El objetivo global de una terapia es proporcionar un entorno agradable y seguro (desprovisto de armas, objetos arrojadizos y contundentes) donde ambos puedan decir la verdad y se logren zanjar ciertos asuntos conflictivos de una vez y para siempre”. Hay quien accede a asistir a terapia aunque ya ha decidido cortar, pero se siente obligado a hacer el paripé antes de comunicarlo oficialmente; en ese caso, lo coherente es contárselo al terapeuta en privado.

También hay razones muy válidas para mantener la boca cerrada. Cabe que te veas contra la pared, con tu pareja agarrándote por el cuello y con un dedo metido en la anilla de una granada mientras te interroga. Ése parece un gran momento para callarse… Pero es que, además, confesar implica que vas a convivir con alguien que, desde ese instante, va a dejar de contemplarte como un ser perfecto, y a muchos esta idea les parece insoportable.

En el New Yorker se publicó una viñeta maravillosa que ilustraba a un hombre muy triste contándole sus penas al camarero del bar, y que decía: “Mi mujer no me comprende”. Nuestro propio reflejo, la imagen que los demás tienen de nosotros, ejerce influencia sobre nuestra propia percepción. Si no te gusta la persona que ves en sus ojos, tampoco te vas a gustar a ti mismo demasiado.

Otros expertos aconsejarían no confesarlo si tu pareja no es alguien muy fuerte a nivel emocional porque la noticia de una aventura tuya no supone, precisamente, ninguna ayuda para que su autoestima se refuerce… Al confesarlo, barrerás cualquier vestigio de confianza y seguridad que haya logrado atesorar, si es que tiene alguna.

En cualquier caso, tanto si decides confesarlo como si no, lo más importante es determinar por qué tuviste un lío. Qué obtenías de esa persona que no estabas logrando con tu pareja, y si es posible crear eso que necesitas en tu relación estable.

Tengan ustedes en cuenta dos cositas que revelan los expertos:

Una, que las personas que temen que sus parejas les traicionen suelen hacerlo ellas primero. I fully agree…

Y la otra, que los hombres infieles acostumbran a ser muy sociables y extravertidos, mientras que las mujeres que juegan “fuera” normalmente están necesitadas y deprimidas. Esto apoya la teoría de que los hombres son infieles oportunistas mientras que las mujeres engañan cuando no son felices. Yo discrepo un poco…