Cuatro Rubias

Mato las ganas de llamar a quien no debo y me sujeto las manos para no teclear patéticos mensajes… Ayer mismo me descubrí redactando, a mano (ay, ay, sí: a mano), una carta de dos folios. Madre mía… La de años que hacía que no usaba mi letra para esos menesteres… Frases chorreantes de sentimientos -los míos- que releídos hoy, me dan vergüenza propia (que es más peor que la ajena, se lo digo yo). Menos mal que en el pulso que se echaron mi ego y la prudencia, ganó ella y los papeles no han salido de casa… Y, como si el calor no fuera suficiente, me rodeo de bestsellers cargados de unos mensajes que se me antojan prejuicios camuflados, y me complican los sudores con naúseas. Querría creer que ya no son así las cosas pero me temo que siguen plenamente vigentes porque, tras cada fragmento, no me costaría escribir un par de nombres o diez. Y lo que es peor: siendo indignantes por el tufo a machismo que echan, resulta que son verdades como puños, son puras lecciones de vida.

Copio la presentación de la prota, más que elocuente, y unos pasajes de Cuatro Rubias que no van a poder agradecerme suficientemente.

<<Janey Wilcox había pasado todos los veranos de los últimos años en Hampton, y jamás había alquilado una casa ni había pagado nada, salvo alqún que otro billete de autobús. A principios de los noventa, Janey tenía una moderada fama como modelo, y esa fama moderada le sirvió para conseguir un papel -era la tía buena que le gustaba a los chicos buenos- en una película de acción. Nunca volvió a actuar, pero su discreta fama ya estaba hecha, y Janey se dio cuenta muy pronto de que mientras mantuviera su nivel podría conseguir muchas cosas gracias a esa fama, y seguir consiguiéndolas durante mucho tiempo.

De modo que cada año, por mayo, Janey empezaba a buscar una casa para el verano. O mejor dicho, buscaba un hombre con una casa para el verano. Janey no tenía dinero, pero había descubierto que eso carecía de importancia si tenía amigos ricos y podía conseguir novios también ricos. El secreto para conseguir novios ricos, que tantas mujeres jamás han podido descubrir, es que es fácil hacerse con ellos siempre y cuando una no piense en matrimonio. No hay ningún hombre rico de Nueva York que diga que no a una mamada, y a la compañía -sin ningún compromiso- de una chica mona. De todas formas, una jamás se casaría con esos tíos. Todos los tíos ricos con los que Janey había estado resultaron raritos -excéntricos o perversos-, y por lo general, cuando llegaba el Día del Trabajo, Janey se alegraba de terminar con la relación.

A cambio, se alojaba en una casa espléndida y generalmente podía usar el coche del tío. A Janey le gustaban los coches deportivos, pero no era bueno que fuesen demasiado deportivos, por ejemplo un Porsche o un Ferrari, porque en ese caso el hombre generalmente tenía una fijación con su coche y no dejaba que nadie lo condujera, y menos aún una mujer.

[...]

- Janey -le había dicho su madre al llegar-, ¿qué tontería es esa de que estás escribiendo? Patty es la inteligente de la familia. Tú tienes que dedicarte a hacer de modelo y a encontrar un marido. Dentro de dos años será demasiado tarde para tener hijos, y ya no podrás encontrar un marido. Los hombres no quieren una esposa que no pueda darles hijos.

- Mamá, yo no quiero un marido -dijo Janey mordiendo las palabras.

- Las jóvenes son tontas -dijo su madre mientras encendía un cigarrillo (fumaba Virginia Slims, y encendía uno con la colilla del otro)-. Vivir sin un hombre es una insensatez. Dentro de cinco años te arrepentirás. Mira a Patty. Ha sido muy lista casándose con Digger. Es joven y rico. Y tú ni siquiera tienes novio..

- Mamá, Patty siempre fue doña perfecta -respondió Janey con amargura.

- No, no es perfecta. Pero es lista. Sabe que para conseguir algo en la vida hay que esforzarse. Tú eres hermosa, Janey. Pero en la vida hay que trabajar, aunque una sea guapa.

- Mamá, yo también trabajo. Por eso estoy escribiendo.

Su madre alzó los ojos al cielo y exhaló humo por la nariz.

[...]

LA LA LA LA LA

Estoy mejor cada día. En todos los sentidos.

No.

Cada día estoy peor.

¿Y quién puede echarme la culpa?

Todos.

Todos dicen que es culpa mía.

Que no puedo con la fama. Que lo hago muy, muy mal.

Mi marido lo sabe. ¿Y no es por eso, justamente, que se casó conmigo? A mí no me importa la fama. Ni el dinero. Yo no quiero ser famosa. Yo solo quiero estar con él.

Para mí, él lo es todo.

Y yo no soy nada.

Sin él.

Antes yo estaba en la bañera bajo toneladas de burbujas; Hubert entraba y yo decía “Quittez ma femme”, y los dos nos partíamos de risa.

Pero ahora hace mucho tiempo que no reímos.

Creo que fue la comida tunecina lo que me hizo perder definitivamente el apetito. Había que comer unos guisos extrañísimos, mojando el pan, y yo no podía hacerlo. Al menos, no delante de Hubert. De repente sentí que él me estaba mirando. Y juzgándome. Preguntándose si había hecho mal casándose conmigo.

Muy bien, entonces, me moriré de hambre.

No le gusto a nadie. ¿Se creen que no lo sé? O acaso piensan que paso horas y horas pensando, en parte debido a todas esas píldoras que me dan (dicen que en cualquier momento empezarán a hacer efecto y luego ya no estaré deprimida, pero yo lo dudo), sufriendo por cada desprecio, sabiendo que hay gente que se ríe de mí a mis espaldas y dice: “¿Cómo puede ser que no se dé cuenta?… Qué tragedia para él… seguro que el matrimonio no resultó como él esperaba… Seguro que se siente muy desdichado”, cuando soy yo la desdichada, pero no se puede decirle eso a la gente, ¿verdad que no? Sobretodo si eres una mujer. Porque se supone que el matrimonio debe hacerte feliz, y no que te sientas como una rata atrapada en una esplendorosa jaula con cortinas de seda de veinte mil dólares.

Y el matrimonio es lo mejor que hay. No hay nada mejor, ¿verdad?

Porque esto es el sueño hecho realidad. La corona. La sortija de la suerte. El mundo a tus pies. No más preocupaciones. Tu madre no pasará penurias en la vejez. Tu hermana tendrá un coche nuevo. Tus hijos irán a un colegio de pago, tendrán niñeras y todos los juguetes que deseen, y hasta un caballito. El apellido de tu familia volverá a ser honorable. Tu madre estará orgullosa de ti. Tu padre, dondequiera que esté ese hijo de perra, se dará cuenta de que cometió una terrible equivocación.

Y tú tendrás: 1.- Un castillo. 2.- casas en todo el mundo, 3.- un chófer, 4.- montones de ropas con zapatos y bolsos a juego, 5.- joyas, 6.- un caballo, 7.- una silla de montar (o muchas) de Hermès, y 8.- ningún amigo.

Pero hay una cosa que realmente me fastidia: todos piensan que podrían vivir mi vida mucho mejor que yo. Creen que se sentirían tan felices de ser yo que lo harían todo perfectamente. Pero no entienden nada. No tienen ni idea. Para poder conseguir mi vida les haría falta mi personalidad y mi aspecto. Si cambia una sola cosa, el destino no se cumple.

Hubert, por ejemplo, sólo podría vivir con una mujer alta, rubia, delgada y con pechos grandes. Y joven. Y que tuviera un tipo determinado de cara. Con clase. Él nunca ha querido salir con modelos porque no le gusta que otros hombres puedan masturbarse con la fotografía de la mujer que está con él.

Y personalidad. Tienes que saber tratar a los hombres. Tienes que ser capaz de manipularlos, solo que “manipular” no es la palabra exacta porque tiene connotaciones negativas. Tú tienes que ser capaz de ser siempre diferente. Tienes que ser impredecible. Unos días te muestras verdaderamente encantadora, dulce y amable, y otros, una zorra despiadada. Ellos siempre vuelven porque nunca saben lo que se van a encontrar. Tienes que poder ser distante, y tener ganas de darle celos a un hombre. Pero no puedes hacerlo a menos que tengas el físico apropiado. Si no lo tienes, el tío dirá que para qué una zorra como tú, y te dejará.

Claro que hay mujeres sin ese físico que hacen una buena boda, pero no se casan con hombres como Hubert. De hecho, Hubert no estaba seguro de que yo fuera a casarme con él hasta el momento mismo en que le dije que sí en el altar. Ustedes han visto su cara en las fotografías de la boda; han visto la cara de felicidad que tenía cuando salió de la iglesia.

Ah, otra cosa más. Nunca debes pensar que tu marido, o cualquier persona que él te presenta, es mejor que tú. Que tu marido sea un príncipe no significa que sea mejor que tú. Y si conoces a un Premio Nobel, tienes que estar convencida de que él no es mejor que tú, ni ha conseguido más cosas en la vida. Yo siempre he pensado que valía tanto como los demás, por más que sus canciones fueran las más populares, o ellos tuvieran mucho éxito, o trabajaran muy duro. Tanner me dijo en una ocasión que yo no tenía sentido de la proporción porque no estaba rendida de admiración ante su trayectoria como actor. Yo rompí con él ahí mismo. La vida no es así, ¿saben?>>

Tengo tanto que aprender…

Les dejo con la noticia del día, sobre un azafato que ha abusado de un pasajero mientras éste dormía. Upps…