EnREDada

“Hola, soy Eva y yo también desperdicio demasiadas horas leyendo tonterías en las redes sociales”. Me nutro de opiniones, de noticias, de frases rotundas como epitafios que reinventan los Mandamientos de toda religión monoteísta y que reversionan las leyes de la Justicia Universal. Encuentro doctrinas y adoctrinamientos; mantras, profecías y augurios; suerte y caos; críticas y quejas; denuncias y lamentos y peticiones y exabruptos políticos y financieros; dietas milagro y milagros de supervivencia; animalitos torturados y bestias amaestradas, … Ah y porno de toda índole. Leo y veo de todo. Pero la mayoría de las veces, los grandes sustos me los llevo con las publicaciones que cuelgan mis ciber-amistades. Abro mi perfil y en mi muro hallo de pronto imágenes dantescas. De inmediato me temo lo peor: a esta persona han debido diagnosticarle algo gordo pero gordo… Eso, o la sospecha de que quizá un ex quiere vengarse de ella, hundirla, y por eso ha divulgado una foto suya con semejante aspecto. Pero me equivoco y no suele ser nada de eso. Resulta que se trata de una foto que ese alguien en cuestión ha publicado voluntariamente, con orgullo, creyendo que está requetebien. Yo pensando: “Ay Dios, pobre” y ellos, enseñando enorgullecidos semejante descalabro tan contentos; ignorantes de que la vida son percepciones, supongo. Otros y otras se dedican a intentar negar la realidad y, de paso, insultar la inteligencia del prójimo: eligen su mejor foto de hace veinte años, en blanco y negro, tomada por un amigo fotógrafo amateur durante ese único test que les hicieron illo tempore, y la escanean y la cuelgan dando a entender que es de “hoy”. Mientras la contemplo, pienso: “Mira, una foto de su hermana pequeña… Ay no, ¿será gilipollas?”, y puedo visualizarlas aguardando y contando con verdadera ansia los clics de “me gusta” y con el ego tan inflamado como los michelines (esos sí que son de “hoy”) ante comentarios como “lo tuyo es como el buen vino…”. Fraude fraude fraude caca. Y como subespecímenes de esta categoría, los que buscan en la red fotos maravilosas de gente espectacular que se les asemeja (poco, muy poco) y las publican como si fueran ellos mismos caminando a lo lejos, de espaldas o en un plano primerísimo y muy recorcortado, haciendo creer al personal que son suyas. Ahí vemos el cambio de portada de una que coloca un par de ojos de gata (pertenecientes a la modelo Adriana Lima, reconocibles desde Cuenca) y con un par, se los atribuye como propios… y ¡hala, nena, a contar “me gusta”! Pena, penita, pena.

También me hace reflexionar la conducta de quienes van poniendo en la red cada paso que dan. Y me refiero a acciones carentes de cualquier interés y sin relevancia, se mire desde el punto de vista que se mire. Nos dan los buenos días en pijama, nos enseñan su bocata de chorizo o su calcetín, nos adelantan que van hacia el trabajo y una vez han llegado, que están a punto de hacer fotocopias, …, continúan narrando hitos (mancuerna, helado, camiseta de rebajas…) hasta darnos las buenas noches con una foto que se nota llena de efectos de retoque y repetida mil veces hasta alcanzar su aprobación y plena satisfacción. Picado contra almohada, llevando aún una costra de maquillaje que la OMS, en uno de sus protocolos contra la muerte por anoxia, sugiere que sea raspada o eliminada con disolvente… No sé si esto de los selfies obsesivos obedece a un narcisismo histérico, a una inmadurez exhibicionista o si es fruto del aburrimiento y la soledad más punzantes. Lo que veo es que hay una absoluta pérdida de proporcionalidad, de realismo y de perspectiva. ¿Esta gente no puede controlar su adicción a exponerse? ¿No les basta con mirarse al espejo, necesitan mostrar al universo su imagen constantemente? ¿Es de verdad necesario divulgar naderías tan a menudo?

Amén de los deejays que sin serlo sólo suben vídeos musicales y enlaces a canciones que se las traen…, existe una subcategoría de ciberseres que disfrutan mostrándonos su pedicura con el fondo que sea, en plan “jódete que no estás en la playa”. Otro subgrupo de egotrips responde a la necesidad casi vital de etiquetarse en lugares fastuosos, dando a entender que se hallan en los mismos, aunque en realidad se han quedado en la puerta o a cincuenta metros de dichas localizaciones… Pelos como escarpias me producen ciertos ególatras que sin ser nadie ni hacer absolutamente nada de nada, pero nada, meros exponentes tatuados de la generación “ni-ni”, se crean un perfil público configurado para que la gente se haga fan suyo. ¿Perdona? Sí, sí: aglutinan “fans”. No se les puede agregar como “amigos”, sólo “seguirles” y ser su fan. Mudita que dejan… Pero la mayor dosis de repelús me la producen los voyeurs o, según mi propia jerga, los agujeros negros: jamás te escriben un mensaje ni dan a un “me gusta” en años; si miras en su bio, sólo hay dos fotos de sendos chistes caducados o imágenes de futbolistas gritando; te asomas a su muro y lo más reciente es un vídeo musical de hace tres años y, según bajas, otras tres publicaciones con chorradas que algún amigote ha colgado un siglo atrás… (ojo que no los confundo con perfiles falsos ni con trolls, son de gente real). Pero ellos saben cada paso que has dado. Saben dónde has ido de viaje o a qué exposición acudiste y con quién. Saben qué bikini o trikini te pusiste y en qué playa… Recientemente he hecho una purga de estos vampiros cotillas que ríete tú de las de Stalin. Una modalidad de vampiros son los ladrones: quienes ni muertos dan a “me gusta” o a “compartir” cuando algo que has publicado les interesa, pero se lo descargan o buscan el enlace para ponerlo como “propio” con la intención de colgarse la condecoración de creativo o atribuirse el mérito descubridor (como si eso fuera posible en internet…). Imagino que quizá algunos lo hacen para evitar que su pareja pueda sospechar que te lo estás tirando, o que podrías tener algo con esa persona… La de veces que por un simple “me gusta” se ha levantado una liebre… Me divierto comprobando lo distintos que somos unas y otros. Ellas deseando marcar como gatas, suben como foto de perfil la de ambos juntos abrazados y pierden el culo por poner “tiene una relación” bien grande, público y notorio. Ellos mantienen su foto de lobo estepario y no explican que están prometidos, porque ¿acaso le importa eso a nadie?

Detesto a los que no tienen espejo. En su día se decía “no tienes abuela”. Pero somos hipsters, recuerden. Un ejemplo será mil veces más útil que procelosas explicaciones. Copio una clasificación que hizo uno en su muro de los noctámbulos (de entre los cuales él, por alguna especie de Alzheimer, se auto excluye -aunque yo le veo muy en la última categoría-): “Los podríamos poner en varios grupos: los Pecholobo, Las adictas al bisturí, Las viejas que van de modernas, Los viejos con hija/novia…”. Se trata de un tipo que no va a cumplir los 40; y si no los tiene, desde luego aparenta más que su propio padre, pero se da el lujo de ser despectivo con los y las de esa edad… Digo yo que, en vez de criticar a quienes se molestan en cuidarse, bien podría él ir aficionándose a los injertos de pelo y a las lipos, que luce unas entradas que ya quisiera para sí el parking del Carrefour y un flotador que hace cuatro años que le impide verse la polla. Va el tío y se pone a quejarse de ser “un pagafantas de tiesas del verano”. Como salgo más que entro, yo misma he presenciado durante mil y una noches que babea tras toda modeluqui que ande en un radio de 2km. Ellas, mucho más parecidas a un insecto sexy famélico y erguido que a una mujer, se arriman voraces a todo lo que brilla. En eso las nacionales se parecen a las putas rusas: fascinaditas por el lamé y cegadas por la lentejuela. A éste habría que decirle: “cari, tú meter no metes ya ni miedo… Así que, o riegas con free drinks o este tipo de piba que pretendes tirarte, no te hablaría ni siquiera”. Y a este fisicazo del “chaval” le sumamos que pertenece al gremio de los hosteleros puteros farloperos, ¿qué esperas hijo, que en vez de una copa te pidan un breviario o la explicación de El Jardín de las Delicias? Lamenta ser “un caballero y un pagafantas”, cuando la caballerosidad se demuestra tratando bien a todas las damas, no sólo a las famosillas, las azafatas y las modelis de cuarta; porque aquí el agraviado, en realidad, a las feas, a las normalitas, a las gordas y a las no famosas, no es que no las detecte, es que les pasa por encima a empujones y codazos; doy fe de que hasta que no sabe el apellido power-chic de una pobre cuadro, es que ni la mira. ¿Caballerosidad? Tú lo que quieres es follarte caza mayor, siendo un escombro, y a cambio de dos rondas… Rondas que, por otro lado, no paga. No se gasta ni un duro: como hostelero putero farlopero usa las consumiciones que la sala le asigna para invitar. Llora por ser un pagafantas y en realidad no paga nada… Yo creo que llora porque la frustración es muy chunga. Repito: éste, gratis, no mete ni miedo. Y al hilo de, otro tema: fuera de su feudo, estos no encuentran nunca la cartera. Los relaciones públicas, los gerentes de sala, etc, dentro de su garito y si esperan sacar algo de ti, ejercen el célebre “aquí que no falte de na”; pero en un ecosistema distinto, o si descubren que no te los vas a tirar jamás de los jamases,… desconocen el significado de pedir la cuenta o de pagar una ronda. Y las llama “tiesas”, lo cual siendo una gran verdad tampoco es ninguna mentira (lean despacito, saboreando los matices, que no he enloquecido aún). Es obvio que lo son y se ve con un barrido en vertical de 2 segundos: garrulas de polígono calzadas en los chinos y vestidas en el Berska, muy beneficiadas por el volumen de la música que impide que se las oiga y por la siempre favorecedora luz negra, ¿o me va a confesar éste y los como él que entre ellas andan buscando a una Novia que presentar a sus padres, a una futura Señora de, o que se plantean que en un óvulo farlopero pueda anidar uno de sus vagos espermatozoides? (icono carcajadas y lagrimitas disparadas de risa)

Otros comportamientos de dudoso gusto los protagonizan quienes confunden las redes sociales de corte familiar, amistoso e incluso laboral y profesional, con lonjas de pescado y mercados de carne al peso. Hay aplicaciones específicas para esos fines, damas y caballeros (Tinder, badoo, OkCupid y Grindr, etc). No hablo de culturistas profesionales ni me refiero a modelos y a alguna foto divertida llevando poca ropa; pienso en las fotos de gente casi desnuda disparadas contra espejos (en el ascensor, en el baño y los probadores de las tiendas, …). Con mirada de “cómemelo todo” y la mano entremetida por el calzoncillo o el tanga, buscando la sombra perfecta que marque el oblicuo, … Resulta todo tan barato, tan obvio, tan zafio, tan contra el buen gusto. Dan ganas de “eliminar de mis amigos”.

Esta lista es numerus apertus, por desgracia. Me dejo fuera muchos raros, pero no me voy sin rendir homenaje a los histéricos exhibicionistas emocionales. Siempre lo suyo es “Mucho más” y “Mucho peor”. Con ellos es un constante descenso a los infiernos retransmitido a voces: ellos, que jamás tienen la culpa de absolutamente nada, son los que más sufren; los más enfermos; los peor tratados; los más desempleados; los que más necesitan de tu ayuda… Una ayuda que ellos, por otro lado, nunca están en disposición de proporcionarte (ni en la red ni en la Tierra).

Pero al final, todos y todas son parte de mi cibervida, y me causan las mismas filias y fobias que los seres de carne y hueso. Unas filas muy, muy intensas. He acabado yonqui perdida de muchísimos y muchísimas cuyas publicaciones me emocionan; me arrancan carcajadas; me enseñan; me distraen; me acompañan; y me dan envidia de la mala, que viniendo de mí siempre es buena. Y fobias igualito que los que encuentro en la versión 3D: los malolientes vecinos del quinto, los gritones del cuarto y los obreros que llevan un año pegando golpes desde las siete de cada mañana. A estos no los puedo eliminar tan fácilmente sin ir a la trena… aunque, visto de otro modo, tampoco me producen ninguna clase de adicción.

(Imagen de Mark Ryden)