Anoche me sacaron mis amiguitos

Anoche me sacaron mis amiguitos. Podría, por tanto, echarles la culpa del estado en que me encuentro, pero no soy tan hipócrita: los quince cócteles rosas y los dos azulitos que me tomé en la exposición de fotografía de Marcos Pergón en el Cock, más el cubata del Vágame Dios, más las dos cervezas que recuerdo en Why Not (hubo alguna consumición más, eso seguro, pero ahora no me acuerdo) fueron mi estricta (ir)responsabilidad. Mi amanecer hoy trajo migraña, vómitos, mareo y retinas fotofóbicas, pero me encanta pensar que Letizia se ha levantado a maquillarse y peinarse antes de que yo bailara el Bambolero con Mariano.

Tuve una conversación que se basa más en subtexto que en las palabras propiamente dichas. Dije: “Ya no abro la boca así me cuente que su novio la pega”. Sacaré a la luz la estructura profunda y el trasfondo, lo no verbalizado porque ambas conocíamos los antecedentes. Hay tres damas en esta secuencia. Una, M, no estaba presente. Entre las otras dos me encuentro yo. Y ahora, les cuento los antecedentes: M se ha divorciado después de dieciocho años casada, porque un buen día, sin comerlo ni beberlo y sin temerse nada, su marido leyó los emails que ella se mandaba con su amante. Leyó incrédulo cientos de tórridos correos intercambiados con un señor que M había conocido en una actividad formativa organizada por su empresa. Se liaron y se mantenían en contacto, planeando nuevos encuentros cuando el marido lo averiguó.

M me lo contó de primera mano y con todo lujo de detalles el día que nos conocimos, sujetando gintonics en un bar de moda. La escuché sin interrupciones, y ni entonces ni nunca la culpabilicé por ser infiel: cada cual conoce su propio infierno conyugal y las debilidades y las motivaciones de las personas no seré yo quien las juzgue. Sí la llamé de gilipollas para arriba, en su cara. Conste que jamás he hablado mal de M por el temita del amante. Pero siempre la acusaré de imbécil, tonta y estúpida (y todo lo peor) por dejar constancia escrita de tal infidelidad y por no tener las cautelas mínimas exigibles a todo infiel: si pones cuernos debes cambiar las contraseñas y mantenerlas secretas, debes proceder a la destrucción de pruebas (si te estás tirando a otro, tu marido no puede encontrar fotos ni mensajes: no al fetichismo amoroso, no a los recuerdos…). Es el precio de ser infiel. La llamé de todo, en su cara: gilipollas, tonta, …, de todo, de todo. Hasta mala persona. Pero repito: la insulté no por infiel, sino por tonta. Porque esa “tontería” ha roto un corazón gratuitamente. Que te enamores de otro entra dentro de las cartas que la vida reparte a cada uno para que juegue su partida, pero que le rompas el corazón a tu marido, fiel y entregado durante toda su vida a ti y a vuestro proyecto, no me parece bien. Y se lo he repetido mil veces. Ella nos ha ofrecido todo tipo de detalles, explicaciones pormenorizadas de toda la situación: de su matrimonio, de cómo surgió la historia con el amante, de la vida y milagros y circunstancias del amante y de todo cuanto ha acontecido entre ellos. Ha compartido el cómo, el cuándo y el dónde desde el comienzo.

Y en base a toda esa información que ella ha compartido conmigo y con otras aminemigas, donde incluye sensaciones, temores, quejas, ilusiones, proyectos, estrategias, etc, yo opino. Y opino gratis: es decir, a estas alturas yo cobro por hacer coaching a extraños. Pero a mis aminemigas las aconsejo free, teniendo cubatas o cañas como testigos y engullendo raciones y sorbiendo cócteles o lágrimas. Y lo hago así todo el tiempo. Pero desde una de estas conversaciones, todo cambió. M ya no quiere verme ni en pintura y queda con gente que le he presentado yo, pero sin mi. Quedan y no me avisan… cojonudo. Y esto me enseña mucho. Todas las hostias son tremendamente aleccionadoras, dicen. Y me ha hecho pensar mucho. Supongo que si le cobrase por la asesoría sentimental, me haría caso, como se lo hace a cualquier gurú del Todo a 100 que visita. Si le cobrase, me respetaría y, en vez de enfadarse porque le digo lo que va a suceder (porque este caso, su caso, por especial que ella crea que es, es un puñetero caso de libro, de “Primero de Cuernos” Ed. La misma vida), me escucharía y me vería como a una amiga que de veras quiere algo bueno para ella. Porque desde el cariño y en confianza yo le digo verdades como puños, a diferencia de las otras, que se ríen a sus espaldas de lo mal que están saliéndole las cosas, que afirman que está perdiendo el tiempo y que se autoengaña, que cuando M se levanta para ir al baño cuchichean, para después callarse como putas y animarla a continuar. Porque M quiere continuar, porque está enamorada. Pero no quiere ver las evidencias. Y las evidencias, más que hablar, gritan. Y esto lo digo porque el susodicho, no ha dado un paso. En dos años, M ha desmontado literamente su vida (tras un divorcio carnicero, ha hecho la megamudanza), instalándose en una casa nueva donde le espera con las piernas abiertas. Y pierde el culo yendo a verle siempre que él puede escaparse, aunque tenga que cruzarse España. Pero él sigue con su mujer (porque él, a todo esto, también está casado. Y digo “está” en tiempo presente vs M, que ya habla de su matrimonio en past tense), y sigue viendo a M cada mes o dos, rollo escapada. Y cuando viene, M se lo curra para que ese par de días juntos sean mágicos, únicos, especiales y estupendos: ¿a quién no le apetece ir una vez al mes a Madrid para follarse a una rubia que te mola, que te invita a los conciertos de tus grupos favoritos y a restaurantes románticos y a bares con encanto? Pues eso…

Y como ella me cuenta y conversa sobre ello y comparte todo lujo de detalles, yo la escucho y respondo. Porque si no quieres que se hable del tema, lo dices… Y si no deseas opiniones para qué coño lo cuentas… M me odia/teme porque le dije: “los hombres son como los monos que hasta que no agarran una rama, no sueltan la anterior, pero en su caso, tu novio es mucho más listo: está cómodamente colgado de dos ramas, o de más que tú ni siquiera sabes, y no suelta ninguna porque nadie le obliga a hacerlo y porque ¿para qué elegir pudiendo tenerlo todo?“. Sí, desde eso, M me evita. Porque claro, no le gusta pensarlo ni escucharlo siquiera. Así que, desde entonces, desde esa frase mía, que fue un diagnóstico y un augurio, ya no quiso volver a quedar conmigo. Ahora ve solamente a las “buenas amigas”, las mismas que aquel día comentaban a escondidas, las mismas que prefieren mirar para otro lado mientras ella se va pegando la gran hostia. Pero ella ha decidido enfadarse conmigo en vez de con él. Y ella prefiere que yo no aparezca, no vaya a decirle lo que ella no quiere oír. Sin embargo, al final, yo no iba tan desencaminada: ha pasado el tiempo y él sigue sin mover ficha.

Y yo, en la charla breve de dos frases con esta otra aminemiga sobre M y las que son como M, tuve que contarle que a lo largo de estas semanas he tenido una especie de revelación que estoy ya poniendo en práctica:

- Si alguien me tuesta la oreja con sus putos problemas, y me cuenta que su novio la pega, la insulta, la engaña, se escapa tres días y no le dice dónde ha ido, etc, yo las corto en seco. Paso. Porque si hablan, se supone que me están haciendo partícipe, que me autorizan a opinar y por ello me dan detalles así de íntimos, pero luego, opino y se enfadan… Si no quieres opiniones, dedícate a grabar vídeos para internet o cuéntaselo a tu gato. Las conversaciones con tus amigas es lo que tienen: si tú compartes datos y emociones, quien te escucha va a darte su opinión, su consejo y su consuelo. Porque eso hacen los amigos. Yo no voy a pedir perdón por hacer lo normal. Y si lo que pasa es que mi opinón, basada en tus putas palabras y en tus putas lágrimas, no te gusta y te molesta, igual no es por mi culpa, sino por la del señor cuya polla te comes… Pero ya he aprendido: quien quiera consejos, me va a tener que pagar. Así vea o escuche lo que sea, yo callada como una puta. Anda y se meta la hostia. Allá ella si se ha enamorado de uno que la no la quiere, que no la respeta, que no le da su sitio ni se lo piensa dar. Si yo llego y le pongo un espejo delante se va a horrorizar cuando se mire. Y si yo le aconsejo cortar, se va a enfadar y como al final se va a seguir comiendo la polla del tipo, la que quedará excluida de la ecuación, por ser un elemento incómodo, seré yo, porque le recordaré lo mal que lo está pasando por su propia mala decisión. Esto mismo, reflexionado durante semanas y dicho con copas mientras cantábamos Embrujada de Tino Casal a gritos, tenía mucha enjundia.

Y tuve también otro diálogo con una amiga que vive con su novio hace cinco años. Presa de un ataque de sinceridad desencadenado por la embriaguez, de pronto se me acerca y suelta, casi al oído: “Te digo de verdad, Eva, que ya no puedo más. Voy a cortar con X. No soporto ya los celos. Me vuelvo loca”. Y yo respondo: “Pues si es por eso, y no porque pasa de ti, te engaña o te aburre, ya te digo yo que no vas a cortar. Si aún te torturan los celos es que te mueres por él, nena”. Y ella guarda silencio por dos segundos, interioriza, me abraza y me da las gracias con un “zorra, tú sí que sabes. Esto para tu blog, ¿a que sí?”. Here you are, my princess.