Operación bikini

 

<<Aprendí que las mujeres no eran sólo bellas criaturas y que estaban en el mundo para algo más que los hombres se las comieran con los ojos. No me di cuenta entonces (estaba demasiado ocupado leyendo novelas de ciencia ficción), pero años más tarde me resultó muy sencillo comprender que las mujeres sólo se convertían en objetos sexuales si ellas así lo querían. Con el tiempo, he conocido a mujeres poderosas muy inteligentes que defienden en público aquello en lo que creen y cuyo rol sexual de mujer objeto es como un juego al que juegan cuando quieren, para divertirse. Son polifacéticas; un caleidoscopio de personalidades que varía según el ángulo desde donde las mires y según la faceta que ellas decidan mostrarte. Pero en aquella época no alcanzaba a ver su perfil sexual. Me di cuenta diez años más tarde, cuando me dedicaba a entretener a mujeres de éxito que estaban encantadas de sentirse putas en el dormitorio, pero que eran capaces de darte una buena patada en el culo si luego no te mostrabas respetuoso con ellas. [...]

 

La noche que perdí mi virginidad nada presagiaba que fuera a convertirme en el gran seductor que soy hoy. Fue en mi habitación, y lo hice con la actitud de quien hubiera preferido estar comprando discos en una tienda. Decidí darle algo de sexo oral… o mi propia versión casera del tema (mucho antes de perfeccionar mi técnica, claro está). Ella parecía satisfecha con los tanteos de mi lengua, pero como yo no tenía ni idea de cómo era un orgasmo femenino, por mí podía estar repasando la lista de la compra. Cuando ella se ofreció a hacerme una mamada, me dio un poco de asco, lo que la dejó muy sorpendida. Creo que se sentía en estado de shock. Después fuimos a dar una vuelta por la playa y caminé en silencio, pensando en cómo evadirme de la situación. Mi padre nos llevó a casa y la ignoré todo el trayecto. Nunca volví a verla. Semanas después, cuando le expliqué a mi padre lo que había ocurrido y por qué me había comportado de aquella manera extraña, se enfadó mucho. Me dijo que estaba muy disgustado por cómo había tratado a aquella chica. Y ésa fue mi primera lección: siempre era importante tratar a las mujeres con respeto, pero después del acto sexual era el doble de importante. Da igual lo que pase en la cama, por obsceno que sea, la atención impecable al momento posterior es esencial. Para conseguir el sexo más desenfrenado, tus modales deben ser impecables, y si una mujer se siente culpable después de haberse acostado contigo, es que has fracasado. El buen sexo no debería hacer sentir mal a nadie>>.

Por favor, relean la parte final de este párrafo hasta interiorizarlo, comprenderlo y asimilar su quintaesencia, que a más de mil les hace mucha falta. Esta vez, he compartido con ustedes fragmentos interesantísimos del libro que me acompañaba mientras me ganaba a pulso una papeleta al cáncer de piel. A nivel calidad literaria no es para tirar cohetes, pero si dejan que su mensaje les llegue, compensa… Se trata de una biografía de un gigoló y, si nada lo impide, volveré a rescatar párrafos del mismo próximamente.

Y ahora, toca una de frivolitè y de primera persona. (Mejor chupo cámara hoy porque la cagaré gravemente si pongo nombres concretos y créanme que, revisando los muros de las decenas de las aminemigas que tengo en mi red social de cabecera que se han ido a la playa, haberlos haylos)… Porque, según reza la Primera Ley del Mundo: la gente odia que le digas la verdad, aunque te tome de la mano y te mire a los ojos mientras te implora repitiendo el clásico “sé sincera”. Allá voy.

 

Ni saber que Victoria’s Secret ha despedido a Tyra Banks por haber cumplido 40, ni la estafa de Bankia por las preferentes, ni la crisis en Ucrania… Nada es tan duro como el suspenso en “operación bikini” que me ha caído este año. Eso me pasa por darme con desenfreno a la comida, a la bebida, a la manta y al helado… Pero, eso sí, llega un puente y, en vez de saltar por él como hubiera planeado en tiempos relativamente recientes, agarro mi troley de luxe y me planto en un aeropuerto. Horas más tarde, check in y lanzamiento exprés de objetos personales al armariazo de la suite mediante, desembarco en una playa indescriptiblemente hermosa. Cruzados kilómetros de dunas y una vez elegido el punto recóndito de la arena donde clavar la recién adquirida sombrilla (pieza hortera y muy Landista a la par que elemento imprescindible en la infraestructura efímera de todo ser en modo vacacional), llega el momento de despojarme del maravilloso atuendo playero. El momento de la verdad. Una verdad dolorosa como deshacer los nódulos de celulitis enquistada (ustedas me comprenderán…).

Es todo un acto de valentía quitarse ese magnífico pareo que todo lo tapa, sabiendo que ya nada puede impedir que te vean tal cual eres bajo la cruel luz del día… El sol pica inclemente y la vergüenza escuece tanto que me dan ganas de abortar la misión; total, en el sitio donde más a gusto estoy siempre es en el chiringuito. Ahí sí que soy yo misma, la versión “sin complejos”, y encaramada a un taburete o recostada en una butaca puedo llevar mi pareo, las gafas de sol XL y hasta las cuñas de esparto de 15cm, como si tal cosa. Allí, en un sitio con barra y música, me siento como en casa y no ante un pelotón de fusilamiento. ¡Bien por los sitios donde sirven alcohol y raciones! Pero no me permito la escapada al refugio etílico. Me obligo a darme cuenta de la hora: son las once de la mañana… Al menos por un rato toca entrar en modo “no sin mi melanoma” y, aunque siento que este año mi talla no es la que era, y que me aprieta hasta la tira del bolso, y aunque al andar me roza la cara interna del muslo, hago mi paseíllo, que me parece más bochornoso que el del Maestro Ortega Cano entrando en presidio: sólo para descubrir lo gélido del agua del océano, avanzo hasta la misma orilla en bikini a palo seco. Voy untada de cremitas varias cuyas etiquetas me perjuran que me van a proteger de todo mal: de las manchas, del envejecimiento prematuro y de los rayos UVA y UVB (de esto también desconfío…). Más avergonzada que deslumbrada por el astro rey, con la vista fija en el rojo de mi pedicura, avanzo abriéndome paso entre desastres aún peores que el de mis muslos, haciendo equilibrios sobre la ardiente y finísima arena blanca salpicada de toallas y parasoles con seres de pieles abrasaditas, que varían del rojo sandía al cangrejo y al marrón madera de teca. La avaricia humana bien podría medirse en una playa, observando cómo no tenemos fin acaparando, ya sea sol, ya sea dinero… ¡Qué horror damos como especie!

Otro momento donde aplicar el codiciómetro lo hallé algo después, a la hora de la cena. Tras la ducha, la consiguiente sesión de capa de aftersun y brochazos de make up, el rato achicharrando la melena con el secador anoréxico enganchado a la pared del baño y de encerrar, como si los odiaras, a tus propios pies dilatados por el calor en taconazos inmisericordes, llegas al restaurante del hotel y contemplas el espectáculo dantesco que se produce cuando a alguien le dicen que es buffet libre… El gran enemigo de los flotadores aparece ante mis ojos. Siento una especie de brote de bulimia. Si como tanto con ellos, con los ojos, como con la boca, no va a haber tratamiento para los efectos de las comidas de cinco días aquí…

Muy a pesar de que llegue a recurrir a la criolipolisis, la dermólisis, la dermoliposucción, la dermofragmentación, el criodual, la radiofrecuencia, el láser, la thermolipolisis, la presoterapia, la mesoterapia, la lipoablación, los masajes anticelulíticos, … ah, o a la lipo de toda la vida, de este buffet voy a acordarme un tiempo… Como dice Kate Mossnada sabe tan bien como estar delgada“. Lástima que esta frase se me olvida casi siempre… normalmente a la hora de desayunar, de comer y de cenar.

Turistas envueltos en camisolas esperpénticas, con las sempiternas sandalias franciscanas con o sin calceto, ellos; y ellas, embutidas en leggings con estampados indescriptibles, con tops combinados de lycra, encaje y lamé. Por parejas o en grupos, en un indisimulado aburrimiento hacen cola y caen en avalancha sobre las fuentes dispuestas sobre mostradores de aluminio que mantienen la comida caliente. Tras una primera parada ante las inmensas cacerolas de la sopa de marisco, el cocido o el caldo del día, hacen estragos sobre lo demás. Aunque decir paella, filetes empanados, pescado en salsa, pollo al chilindrón, delicias de queso, mortadela, tortilla de patatas, jamón serrano, quesos variados, albóndigas, pollo asado, judías en salsa, ensaladilla rusa, tortellini, san jacobo, remolacha, croquetas, ensaladilla rusa, torrijas, arroz con leche, natillas, tarta de chocolate y helado de fresa, limón y plátano con sirope de caramelo…, parece la respuesta a “por favor, dime, ¿cuántos alimentos conoces?”, en realidad equivale a la ingesta por persona y turno de comida: es lo que se sirven al cabo de los tres o cuatro paseos que cada cliente del hotel da hasta el buffet, del que regresa con platos rebosantes, se los vaya a terminar o no… Y yo no soy mucho más prudente, así que los estragos sobre las lorzas se manifiestan ya al segundo día de vacaciones, con lo que el suspenso en “operación bikini” cae de un “insuficiente” a un “muy deficiente”… Y ante el espejo, el diálogo interior discurre en términos tipo: <<Pero ¿qué esperabas, zorra, si un día, en el desayuno, tras zamparte los huevos revueltos, los tres croissants rellenos de mermelada y sirope de chocolate, el huevo frito, los dos churros, el yogur con cereales, un par de crêpes con Nutella, los tres capucinos, el montadito de chorizo, las rodajas de melón, los tres mini donuts de azúcar, el pinchito de tortilla y los dos vasos de zumo artificial de piña mezclado con naranja, protestas por que no hayan puesto bacon?>>. Al cuarto día, llegas a descubrir que una cinturilla de pantalón también sirve de torniquete… Por contradecir al gigoló, y puesto que sexo y alimento suelen vincularse, me lamento porque la buena comida sí te hace sentir mal…

Lo único positivo es que tengo 12 meses para volver a presentarme al puñetero examen (paso de ir a los “finales” que son este verano…). A ver si en un añito, a pesar de mis instintos primarios, de ir contra la genética femenina, de luchar contra la ley de la gravedad y por duras que sigan siendo las batallas diarias, etcétera, consigo aprobar la “operación bikini”, la primera asignatura que me queda para septiembre…