De película

Acabo de saber que la censura no sólo me afecta a mí y a mis Barbaridades. Por lo que he leído, 44 años han tardado en exhibir Baal, la película maldita de Fassbinder en Alemania.

“Muchos se quejan y se preguntan cómo he podido hacer una película así; cómo se puede dar una imagen de la mujer como esa; cómo puedo dar vida a un hombre que se comporta de forma tan absurda. Sin embargo, ‘Baal’ tenía que ser exactamente así”, recalca Schlöndorff. El director lamenta que haya público al que no le guste su obra porque en ella no hay lugar para la esperanza. Sin embargo “sin una actitud radical no se puede hacer una buena película”, justifica. Revela que algunos conocidos o personas relacionadas con el mundo del arte le escribieron que al ver ‘Baal’ “se les ponía mal cuerpo y les entraban ganas de vomitar”. Algo que al cineasta le llena de satisfacción: “Que haya conseguido producir ese efecto en la gente es el mayor piropo que me pueden dedicar”, concluye el artículo.

Sigo llorando la muerte de Gabriel García Márquez. Sé que escribo por su culpa, o gracias a él… Leí “Crónica de una muerte anunciada” durante un verano, cuando tenía ocho años. Lo devoré. Me impactó la manera de narrar hasta el punto de descubrir la magia de explicar otras vidas. Algo dentro de mí cambió. Supe de nada sería tan fascinante como escribir.

El día que mataron a Santiago Nasar, se levantó a las 5:30 de la mañana, después de haber asistido el día anterior a la boda de Ángela Vicario. Se dirigía al puerto para recibir al obispo que venía en barco a darle la bendición al pueblo. Santiago era el hijo único de un matrimonio por conveniencia, era rico, su padre era árabe, tenía una hacienda y le gustaban las armas, mientras que su madre era sensible y sólo amaba a su hijo.

Esa mañana, Santiago sentía un dolor de cabeza y había tenido sueños extraños la noche anterior, pero ni él ni su madre, Plácida Linero, previeron el peligro que le esperaba. Salió vestido de lino blanco después de haber desayunado. Victoria Guzmán, la cocinera, estaba enterada de que iban a matar a Santiago, pero no le dijeron nada porque en el fondo, Victoria Guzmán deseaba que lo mataran. En el suelo, había una carta de advertencia para Santiago en donde le especificaban quiénes lo matarían, por qué razones y a qué hora lo harían, pero cuando Santiago salió, ni él ni nadie la vio hasta después del asesinato.

Qué iba a poder competir con eso… Asumí que sus páginas merecían atraparme, separarme de las bicis, de la piscina, de mis amigos… Cualquier cosa que me ofrecieran palidecía frente a lo interesante de esa novela y las cientos que llegarían desde entonces a mis manos. Sólo Dios sabe cuánto me ha enseñado Gabo (aunque se me note poquito) y cuánta compañía me han hecho sus personajes.

En este momento de mi vida, quiero dramas amables. Ni thrillers con bien de violencia gratuita y tramas hipercomplejas que resultan imposibles de procesar por un cerebro humano por bien engrasado que esté (hablo de Revólver, por ejemplo, que la vi completa la otra noche sin entender absolutamente nada pero con los ojos bien abiertos, impaciente por contemplar cada plano de mi Jason Statham, impresionante con pelo en la cabeza para variar).

Tampoco soporto puras comedias románticas edulcoradas, ésas donde ignoramos todo lo que nos ha demostrado el curso de la vida desde que el mundo es mundo, porque acaban siempre igual. Y por igual quiero decir “boda”. Y menos estoy yo para comedias entretenidas como graznan los postmodernos. [Disculpen el inciso, es que voy a opinarme encima, a explayarme. Sáltenselo si gustan. Ahora hablo de los estomagantes bastardos acólitos del régimen del PP que carecen de modales y actúan como por espasmos, sin el imprescindible filtro del cerebelo. El otro día estuve en un sarao al que acudieron casi toda/os; todo/as juntos, endogámicos y clónicos perdidos, en plan exigiendo foco y pleitesía, rollo ejerciendo el derecho de pernada pero en el dance floor… Eran como licántropos feos y desnutridos, necesitados de un buen aseo y definitivamente repulsivos… Comentaba una amiga: “Y pensar que seguro que esa gente de vez en cuando fijo que folla y tal, qué ascazo que me dan…”. “Huelen a sida y a hepatitis” apostilló otro al verles salir en tropel del esnifadero, digo del WC. Aunque con ínfulas de artistas y de creativos, estas almas plagiantes sin talento no han hecho sino emerger de las alcantarillas sociales y escapar de los tugurios más mugrientos para desembarcar en todos los programas de todas las cadenas, en los mejores eventos patrocinados y hasta salen en los anuncios de hamburguesas… Sabrán quiénes forman ese nutrido grupo de hipócritas, estos zombies de derechas de los que les hablo sólo con reparar en las monstruosas cirugías que lucen o el tono de tinte que usan todos; tan extremistas y talibanes para lo suyo que pasan del blanco al negro, obviando el resto de pantones a la par que el buen gusto: se plantan un negro negro negro-yonqui o el platino-puta, combinado con los peores tattoos de presidio…]

Y que no me den tampoco tragedias puras (recuerdo haber sollozado desde el minuto 12 con La vida es Bella, desde el minuto 9 con Soñé con África y desde el 6 con Solas). Paso de llorar si no me ofrecen una amalgama de efectos especiales: bien de naves espaciales, de aliens, de ingravidez y de rayos láser, o bien de desnudo gratuito y de revolcón entre guapérrimos. Por cierto, señoras y señores, cuánto me ha gustado Kamikaze, vayan a verla antes de que la quiten. Confieso que arrastré a una amiga sólo por ver a Alex García, el hombre al que alguna vez yo sé que me acabaré tirando, aunque me cueste la cárcel y sea lo último que haga… Créanme si les digo que, una vez en la penumbra, leyendo los créditos en la pantalla gigantesca, nada más arrancar el filme, di gracias a mi lujuria (hube de aguantar mi propia rabia por verle acompañado de nuevo por su novia, Verónica Echegui, qué le vamos a hacer…). Kamikaze es un peliculón de los pocos que honran la marca España. Lo digo porque mientras se hinchan a promocionar “Ocho apellidos vascos”, engordando la taquilla gracias a un loop publicitario que dura 24h de lunes a domingo en dos cadenas de televisión, ésta sí que es una gran película española, con un guión que pasa magistralmente del drama al humor, con escenas de acción que ya las quisiera rodar Tarantino, con un reparto francamente excepcional, que se va a escapar sin pena ni gloria. Y créanme: es cojonuda.

Otra que no deben perderse tan pronto se estrene el 30 de abril es la americana, que no americanada, de la que ya les hablé: Aprendiz de Gigoló. Yo soy muy de franquicias y sólo muestro fidelidad a las marcas (y tampoco en términos absolutos, no se crean, que está todo muy devaluado en mi conciencia), y para mí Turturro por una parte y Allen por otra, son como Mc Donnalds y Burguer King, respectivamente, en lo suyo. Copio la nota de prensa donde aparece sinopsis y reparto, para que vean que merece la pena (yo que la he ido a ver, les doy mi palabra de que se asomarán al universo de la prostitución masculina desde una óptica que se tiñe de ternura y de humor inteligente).

El inconfundible y polifacético WOODY ALLEN (ganador del Oscar por Annie Hall, Blue Jasmine) se pone esta vez delante de las cámaras junto a JOHN TURTURRO (El gran Lebowsky, Barton Fink) que también dirige la película, como ya hizo en Romance and Cigarettes o en Mac. Acompañan a Allen y Turturro SHARON STONE (nominada al Oscar por Casino, Instinto Básico), SOFIA VERGARA (‘Modern Family’, Los pitufos ), LIEV SCHREIBER (Salt, El mayordomo) y VANESSA PARADIS (La chica del puente, Café de Floré).

“APRENDIZ DE GIGOLÓ” es una alocada, divertida y emotiva comedia que aborda la cruzada interminable (y nunca del todo satisfactoria) del ser humano por encontrar la felicidad en el sexo y el amor.

Dirán que no estoy hablando de pollas… Cine, pollas, qué más dará… No estoy para frivolidades. Paulo Coelho lo explica mejor que yo:  “En todas las lenguas del mundo hay un mismo dicho: ojos que no ven, corazón que no siente. Pues yo afirmo que no hay nada más falso que eso; cuánto más lejos, más cerca del corazón están los sentimientos que intentamos sofocar y olvidar”. García Márquez llegó a decir: “Yo escribo para que me quieran”. Estoy convecida de que él lo ha logrado; yo no, desde luego.