El reto

A veces pienso que odio a los hombres. Bueno, no. No odio a los hombres en general. No a todos, desde luego. No dispongo de tanta capacidad… Aunque admito que fostiar a más de uno, de vez en cuando, sí que me vendría requetebien. Concretando que es gerundio: contenta me tienen los albañiles… Detecté una serie de grietas enormes, de hasta 2cm de grosor, verticales y horizontales en mis paredes y techo. Se produjeron mientras cambiaban los forjados de toda una planta, la de debajo de mi casa. En la Junta de Vecinos me pidieron paciencia hasta concluir la obra principal, por si en su transcurso, salían más… Todo, para venir a decirme hoy, una vez bien aplicada “mi paciencia” durante varios meses, lo que viene siendo la respuesta oficial que publica el Manual del Ñapas, página 1, volumen I: “Nosotros no hemos sido. Nosotros no lo hemos roto. Nosotros no lo hemos visto (etcétera)”. Seguida del: “Pero si hay que hacerlo, se hace. Ya le pasamos presupuesto”. Les he remitido a la excelsa bibliografía sobre el asunto de meterse en obras, por no mandarles literalmente a la mierda: “¡Bienvenidos al mundo ñapas! -He gritado-. Ya se sabe con ustedes: una vez empiezan a picar, todo se paga aparte y queda fuera de presupuesto”. Y he procedido a echarles de mi casa. Me odian. Y yo a ellos.

 

Supongo que la felicidad es como la primavera de este año, que tarda (quizá demasiado) en llegar. La contaminación mental y el exceso de tiempo libre anotan en su haber tantos beneficios como riesgos potenciales, y he de admitir que a mí la potencialidad me pone mucho. Demasiado. Y a veces, me impide ver lo que tengo delante y escuchar lo que oigo. Y dicha potencialidad, que con demasiada frecuencia sólo es producto de la inmensa ídem que posee mi propia mente, se dedica a ponerme trampas mortales, a anestesiar mi raciocinio, a ahuyentar mi ya de por sí exigua prudencia… Y lo malo es que no soy la única… Cuánto nos gustan a las mujeres los imposibles que saben, huelen y suenan a imposibles. El eterno “yo le pondré el cascabel al gato”, y ante eso, yo en uno de mis libros digo: “pero qué gato, ¿no ves que es un tigre y que no quiere cascabeles?”.

Se habla del canalla, del golfo, del playboy, … como categorías obvias de humanoides deseables y que ejercen un atractivo tan inconsciente como peligroso. La de energía derrochada y la de lágrimas derramadas tontamente por el rey de la zona VIP, por el mancuernista de turno, por el tatuado que repite el mismo chiste copiado de internet, por el señor “…” que llega cargadito de bombas… A estas alturas, admito que la he cagado persiguiendo lo que no había. Cito a mi micropoetisa de cabecera, Ajo, y su: “Perdona que te pida peras, no sabía que eras un olmo“. Y la cito de memoria, que me perdone si cometo alguna imprecisión… Recuerdo una cita con mancuernista. Aquello estaba siendo un verdadero suplicio… El tipo, que vive a dieta y se priva de todo menos de los ciclos intravenosos y de comer atún y arroz cocido, por lo visto, va y se pide un poleo a las once de una noche de viernes. Sujetando firmemente mi cubata, intuí: “Mal vamos…”. Al cabo de un ratito, constatada su nula expresividad y aún menor capacidad discursiva, va y me espeta, tras mostrarle en mi teléfono las fotos de la exposición Barbaridades, el siguiente y único comentario: “¿Qué dieta sigues para que se te ocurran estas cosas?”. Sonó un gong en mi mente y recapacité: “Eva, cariño, no pierdas ni un minuto más con este ser…”. Porque, gracias a Dios y al paso del tiempo, y a la somanta de hostias que llevo esparcida por rostro y alma, en estos momentos, cuando me topo con un espécimen de estos, mi sexto sentido grita: “¿Ves esos bíceps, esa tableta abdominal que no parece sino una inflamación muscular de origen vírico? Pues eso te demuestra lo poco que ha leído este muchacho. Huye mientras puedas”; y se me bajan las hormonas hasta niveles que permiten un poco de raciocinio.

O aquel otro, maravilloso, sin fisuras de ninguna clase… Pero que… Que rehuía mis gatos. Los miraba con una mezcla de pánico y horror. Hablo de un maromo de dos metros, con músculos de acero y preparación mental superior a la media, pero que demostraba un desprecio nada disimulado hacia estos pobres enanos peludos e inofensivos; y que son mi familia, por cierto. Recordaré toda mi vida a los tres gatitos mendigándole una caricia… Porque basta que él no fuera tras ellos para acariciarlos, como todo el mundo, para que ellos, en pandilla o por turnos, se le subieran encima y se le restregaran implorando cariño… Ahí debí verlo, meridiano y preclaro… Como escribía Schopenhauer: «La compasión hacia los animales está tan estrechamente ligada a la bondad de carácter que se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con los animales no puede ser una buena persona». Don Perrrrrrrfecto no tenía corazón, y no tardó en demostrarlo.

Y así, ejemplos varios de cada una de las taras más que obvias que presentan los sujetos que andan por las calles sin señales de <<peligro>> a la vista, o bien señalizadas pero que interactúan con nosotras, pobres mortales, negando con hechos y dichos la existencia de las mismas. La lista es larga: los casados, los gays, los locos, los yonquis, los “holics” de toda índole, los parafílicos… Y obviamente, no es algo que sólo me suceda a mí. Parece una tradición no oficializada, una costumbre arraigada en el acervo de errores femeninos comunes. Pero no por repetido, menos doloroso.

Me sirvo un un párrafo de la maravillosa novela sobre la inspectora Petra Delicado, “Mensajeros de la oscuridad” de Alicia Giménez-Bartlett para plasmar no sólo el tema de la “dificultad” sino un detalle añadido, una reflexión profunda y crucial que ayuda, quizá, a comprender por qué somos tan tontas y malgastamos tanto tiempo con las causas perdidas:

 

<<Miré con simpatía a aquel atípico cura dotado de sentido del humor. Él me dio un grueso dossier.

- Aquí tiene esta información; espero que pueda servirle de algo. Si se le presenta alguna duda, llámeme.

Estaba convencida de que si hubiera sido protestante, al padre Villalba yo también le habría gustado. Eso era suficiente para contentar mi vanidad. Parece evidente que existen ciertos retos masculinos para las mujeres: curas, homosexuales, impotentes o políticos en el poder, cualquier cosa que enardezca la dificultad y mezcle en la seducción una pizca de claudicación ideológica por parte del macho>>.

 

A ver si al final, las luchadoras en la sombra, negadas y negadoras desde las cavernas, somos nosotras. Pero de esto no estoy segura, quizá porque acabo de recibir mi primera llamada telefónica de mi sobrina Claudia. Mini-Roy tiene cuatro años. Y además del cole, hace ballet y patinaje. Me cuenta que en este momento, no tiene novio: “Ahora estoy tranquila”. Ahí lo dejo…

Voy a retomar mi enfado con los albañiles, no sin antes recomendarles, encarecidamente, que traguen un buen chupito de Primperan. Les hará falta, a poco que lean cinco líneas de este artículo que he pescado en la red, acerca del último grito en restauración neoyorquina. Otro demente suelto, su chef y responsable de Mastaurant. Espero que las autoridades sanitarias americanas intervengan y se lo cierren (¿no nos cierran aquí los bares por exceso de aforo o por estar abiertos hasta más tarde de la hora prevista en unas licencias concedidas muy pero que muy cuestionablemente…?) porque además de asqueroso, el leitmotif del proyecto -caso de ser cierto, porque yo lo dudo… No doy con una sola web americana sobre ello, y sí con diez mil copio-pego de la originaria, y quizá falsa, reseña en castellano- es sencillamente peligrosísimo. Qué mundo más absurdo.