La gran fantasía blanca

Cuando recibo depilada amanezco resacosa y agotada… Mientras recojo las evidencias de la cena de noche, estoy tratando de ddecidir si me debería causar risa o llanto haberles destrozado a los del restaurante japonés la idea que, a tenor de mis tres mil últimos pedidos, se han forjado de mí… Conforme les doy el número de teléfono, recitan mi dirección y sueltan un listado habitual de platos o bien, un: “ah, sí, lo de siempre”. Y sí, normalmente te sientes reconocida, hasta querida, reafirmada mediante esa endeble sensación de pertenencia a un grupo, aunque éste sólo sea el de los clientes habituales… Sin embargo anoche, para variar, no quería “lo de siempre”. Cuando pedí para dos, la voz del otro lado de la línea, se resquebrajó. “No hay que dar nada por hecho”, le dije, pero creo que no lo supo procesar.

En jornadas de reflexión forzosa como la de hoy, para recuperar de tanto trajín, pocas cosas me producen tanta felicidad como encontrar en un párrafo de un libro cualquiera, alguna de esas teorías mías no muy ortodoxas y a las que casi no he llegado a dotar de nombre oficial. Devorando uno de los libros de Candace Bushnell, responsable del best-seller “Sexo en Nueva York”, tomo las palabras que plasman una de mis visionarias líneas de pensamiento. Quizá la más macabra, siniestra y… reiterativa:

<<- No sabes cuánto te admiro -me dijo Mary después de la cena, cuando estábamos lavando los platos-. Eres tan lista. Trabajas en lo que quieres, y no has cedido a las presiones y te has casado. Hacen falta agallas, ¿sabes?

- ¡Oh, Mary! -Ella era una de esas mujeres encantadoras que tanto enorgullecen a los británicos, con un hermoso rostro ovalado, una tez blanca y perfecta y ojos azules-. En mi país, lo que tú tienes es un triunfo. Un marido, esta casa y cuatro niños guapísimos. Es lo que desean todas las mujeres.

- Eres muy amable, pero estás mintiendo -dijo.

- Pero tus hijos…

- Claro que quiero a mi marido y a mis hijos. Pero la mitad del tiempo me siento como si fuera invisible. Si algo me sucediera, creo que ni siquiera me echarían de menos. Sé que echarían en falta lo que hago por ellos. ¿Pero me echarían de menos?

- Estoy segura de que sí -dije.

- Yo no -dijo-. Todo es parte de una gran fantasía. Yo quería ser pintora. Pero tenía la gran fantasía blanca, ya sabes eso que todas soñamos, el día de la boda. Lo soñamos desde siempre, y luego se hace realidad. Pero después, casi inmediatamente, tienes la fantasía negra. Y nadie te ha hablado de ella.

- ¿La fantasía negra?

- Yo creía que era la única que la tenía -dijo, secándose las manos en un paño de cocina-. Pero luego he hablado con otras mujeres casadas. Y ellas también la han tenido. Te ves a ti misma toda vestida de negro. Aún joven, con un gran sombrero negro, y un vestido también negro, muy elegante. Y caminas detrás del féretro de tu marido.

- ¡Dios mío!

- Pues sí. Tienes la fantasía de que tu marido ha muerto. Te quedan los niños y aún eres joven, pero ahora eres… libre.

 

Otro de los momentazos del libro me parece la sabia reflexión de una rubia guapa acerca de cómo muchas de estas mujeres se planifican la vida y la subsistencia: mediante el gran bodorrio. La prota de esa historia se halla en Túnez de vacaciones. A punto de almorzar, decide que no está dispuesta a que su marido, un multimillonario, príncipe europeo, etc., la vea comiendo con las manos…

<<De repente sentí que él me estaba mirando. Y juzgándome. Preguntándose si habría hecho mal en casarse conmigo. Muy bien, entonces me moriré de hambre. No le gusto a nadie. ¿Se creen que no lo sé? O acaso se piensan que no me paso horas y horas pensando, en parte debido a todas esas píldoras que me dan (dicen que en cualquier momento empezarán a hacer efecto y luego ya no estaré deprimida, pero yo lo dudo).

Porque se supone que el matrimonio debe hacerte feliz, y no que te sientas como una rata atrapada en una esplendorosa jaula con cortinas de seda de veinte mil dólares. Y el matrimonio es lo mejor que hay. No hay nada mejor ¿verdad?

Porque esto es el sueño hecho realidad. La corona. La sortija de la suerte. El mundo a tus pies. No más preocupaciones. Tu madre no pasará penurias en la vejez. Tu hermana tendrá un coche nuevo. Tus hijos irán a un colegio de pago. Tendrán niñeras y todos los juguetes que deseen, y hasta un caballito. El apellido de tu familia volverá a ser honorable. Tu madre estará orgullosa de ti. Tu padre, dondequiera que esté ese hijo de perra, se dará cuenta de que cometió una terrible equivocación.

Y tú tendrás: 1) un castillo, 2) casas en todo el mundo, 3) un chófer, 4) montones de ropa con zapatos y bolsos a juego, 5) joyas, 6) un caballo, 7) una silla de montar (o muchas) de Hermès, y 8) ningún amigo.

Pero hay una cosa que realmente me fastidia: todos piensan que podrían vivir mi vida mucho mejor que yo. Creen que se sentirían tan felices de ser yo que lo harían todo perfectamente. Pero no entienden nada. No tienen ni idea. Para poder conseguir mi vida les haría falta mi personalidad y mi aspecto. Si se cambia una sola cosa, el destino no se cumple.

Hubert, por ejemplo, solo podría vivir con una mujer alta, rubia, delgada y con pechos grandes. Y joven. Y que tuviera determinado tipo de cara. Con clase. Él nunca ha querido salir con modelos porque no le gusta que otros hombres puedan masturbarse con la fotografía de la mujer que está con él.

Y personalidad. Tienes que saber tratar a los hombres. Tienes que ser capaz de manipularlos, solo que “manipular” no es la palabra exacta porque tiene connotaciones negativas. Tú tienes que ser capaz de ser siempre diferente. Tienes que ser impredecible. Unos días te muestras verdaderamente encantadora, dulce, amable, y otros, una zorra despiadada. Ellos siempre vuelven porque no saben con qué se van a encontrar. Tienes que poder ser distante, y tener ganas de darle celos a un hombre. Pero no puedes hacerlo a menos que tengas el físico apropiado. Si no lo tienes, el tío dirá que para qué quiere una zorra como te y te dejará.

Claro que hay mujeres sin ese físico y que no obstante hacen una buena boda, pero no se casan con hombres como Hubert. De hecho, Hubert no estaba seguro de que yo fuera a casarme con él hasta el momento mismo en que le dije que sí en el altar.

Ah, otra cosa más. Nunca debes pensar que tu marido, o cualquier persona que él te presenta, es mejor que tú. Que tu marido sea un príncipe no quiere decir que sea mejor que tú. Y si conoces a un Premio Nobel, tienes que estar convencida de que él no es mejor que tú, ni ha conseguido más cosas en la vida. Yo siempre he pensado que valía tanto como los demás, por más que sus canciones fueran las más populares, o ellas tuvieran mucho éxito o trabajaran muy duro… Tanner me dijo una vez que yo no tenía sentido de la proporción porque no estaba rendida de admiración ante su trayectoria como actor. Y yo rompí con él ahí mismo. La vida no es así, ¿saben?

Refuerzo intermitente y garrafas de autoestima: las claves del éxito, siempre que estés buenísima.

En fin, les dejo con una recomendación: lean a Walter Riso, un imprescindible en los tiempos que corren: <<Yo insisto en que el amor tiene límites, en que tu dignidad, tu integridad, tus principos, tu realización y tu felicidad están por encima. Si alguno de estos puntos se ve afectado te recomiendo aplicar la afirmación de la imagen: “Te amo, pero te dejo porque no le vienes bien a mi vida”. Claramente no es facil dejar a quien amas, pero si sabes amar con independencia y sabes amarte a ti mismo, sabras poner por encima del amor tu vida, tu felicidad, tu autorealización, y tendrás la valentía para dar ese gran paso. Aprende a amar con independencia y mejorar tu autoestima con dos de mis guías prácticas:

1. Guía práctica para vencer la dependencia emocional

2. Guía práctica para mejorar la autoestima