Grandes mamadas

En mi ignorancia, hasta hace relativamente poco, tenía la percepción de que era señal de progreso del bueno que la industria, entendida en sentido amplio, referida a cada sector del mercado, tanto de bienes como de servicios, fuera capaz de ofrecer productos específicos. Me parecía todo un alarde de desarrollo, de aplicación de tanto dineral dedicado a I+D. Sin embargo, ahora me encuentro superada por la diversidad. Últimamente, ya no vivo mi experiencia de compra contenta y admirada sino paralizada por el miedo a equivocarme. No puede ser que elegir el champú exija unos… ciento setenta minutos: ¿qué prefiero para mí y mi melena: un champú revitalizante o hidratante, nutritivo, con acondicionador, para uso frecuente, para el mantenimiento de la coloración, respetuoso con el medio ambiente, brillo extra, suavidad extra, volumen extra, reestructurante, anti caída, anti rotura, anti encrespamiento, anti edad, de marca famosa y cara o de marca blanca y económico, tamaño viaje o en envase gigante, en seco, con gel de ducha… Me ahogo en ese mar de posibilidades; me ahogo en la abundancia. Odio tener que elegir, porque se me antoja renunciar a algo crucial; me preocupa profundamente privar a mi cabellera de tantas ventajas y propiedades fundamentales que obviamente poseen los que no me llevo… Sin embargo, descubro un producto que no suscita duda alguna, el “reparador de los daños de 3 años en dos semanas”. Si se echara en otra parte, o se bebiera, sin dudarlo haría acopio de frascos y frascos, dando mil clics como un mono compulsivo… Y he nombrado el champú, pero ahí quedan sin resolver otros traumas que me causan la elección del detergente y del suavizante para la ropa, MI ropa; o la de compresas y tampones para MI… Y hablando de… ¿Por qué coño estos chorizos no inventan uno que reúna TODO?

Si soy sincera, hoy iba a remitirles a un artículo que presume de enseñar a hacer garganta profunda. Lo malo es que, leyéndolo, me parece una basura absoluta, como casi todo lo que pulula por la red en los miles de blogs, artículos archicopiados y recopiados de los originales que ya hace años publicamos quienes en alguna época este tema nos ha interesado. La sexualidad en blogs, artículos y libros, en mi caso, siempre ha sido un tema que he abordado a cambio de dinero. Y no me estoy justificando. Estoy presumiendo. Considero que escribir de modo profesional acerca del sexo y del erotismo sólo es positivo. Que lo es para mí, huelga decir por qué… Pero es positivo también para quienes me leen; porque en los periódicos y medios profesionales donde yo trabajo, no vale decir cualquier cosa, frente a las mamarrachadas y falacias que encuentro en “lo que se publica gratis”, que no se somete a controles de calidad, no está sujeto a unos mínimos de credibilidad y fiabilidad.

En este texto sobre garganta profunda no se comenta la clave de las claves. A mí me hizo descubrirla una modeluqui anoréxica, cuando me contó cómo hacía para provocarse el vómito tras cada ingesta de alimento. Lo cual, sensu contrario, me llevó a pensar: “o sea que si no tocas la campanilla, no potas”. Pero el articulito tampoco dice nada aparte de que la saliva se espesa conforme practicas sexo oral. Yo discrepo de eso. Y añado varias recomendaciones; porque hoy, señores y señoras, queridos lectores y lectoras, voy a hablar de felaciones. De nada.

Lo hemos dejado en “no golpear la campanilla para evitar que vomite”. Obviamente, también puedes evitar que poten ante tu polla lavándotela en un cuarto de baño con bien de agua y jabón justo antes de. Dicho esto, que no es gratis sino producto de muuuuuchos lamentables testimonios que he recabado sobre el asunto, les diré que las Grandes Mamadas requieren también un componente de contacto visual (si logras mirar a los ojos aunque sea de vez en cuando, puntúa); y de devoción (no te comes igual una polla si estás enamorado/a de esa persona; eso es un hecho que molestará a los saltimbanquis de whatsapp, a los desertores postcoitales: asuman señores que a algo hay que renunciar cuando se renuncia a los sentimientos…); asuman también que hay penes más apetecibles que otros (ya sé que es triste pero nadie dijo que la vida fuera justa: los hay más bonitos y mejor formados que otros). De nada.

También es inteligente que su pareja esté cómodamente echada o que disponga de un cojín o de una almohada bajo sus rodillas, si desean alargar el momentazo. Además, señores, aprendan que, amén de la higiene y de la depilación (sí: depilación. Aclaro y reitero: dejar el matojo salvaje sin recortarlo, no implica ser más hombre sino más guarro), es imprescindible “notificar” a tiempo (lo de terminar en la boca no es algo que todo el mundo tolera y ya no digamos lo de tragar: yo lo desaconsejo. De hecho, si pudiera lo prohibiría. Prohibiría absolutamente ingerir semen ya que es, junto con la sangre, el fluido corporal con mayor riesgo de portar sida, hepatitis, ETS e ITS que hay… De nada.

Comprendan señores que el sexo es muy lúdico y que, como juego, aquí o jugamos todos o la puta al río; es decir: quid pro quo, ¿qué es eso de “baja tú pero yo paso”?… Otro detalle: las orejas no son asas y la nuca no es un punto de empuje: no fuercen los movimientos ni la profundidad, y tampoco provoquen asfixia, salvo que quieran que un accidente terrible se produzca (el cierre automático del maxilar acarrea un doloroso mordisco; el toque de la campanilla, ya lo he dicho, desencadena vómito; y forzar un desplazamiento en la trayectoria, puede acabar con los dientes arañando el frenillo o clavados en el glande…). Determinadas situaciones como el consumo de drogas y de alcohol, resecan la boca; ayuda a producir saliva beber algo dulce (zumo, refresco), pero sepan que cabe añadir un toque de lubricante de sabores para amenizar la práctica. Y por último, lo last de lo last: caramelos específicos para sexo oral. Ahora les pongo ante la disyuntiva de tener que elegir entre los veinte mil sabores, como yo con el champú. De nada.