La dificultad

Que el brazo se me haya dislocado por los 3kg que pesa el transportín más sus casi 5kg, no me importa. Que la veterinaria me saquee cada vez que aparezco, no me importa. Que me toque recorrerme veinte farmacias hasta dar con su medicina, no me importa. Que el cabronazo ahora sepa que es una pastilla lo que le meto en la boca cada día a la misma hora, y me muerda, y la escupa o disimule haciendo que se la ha tragado para echarla en cuanto le suelto, no me importa. Me importa haber llevado a mi mejor amigo dos veces en una semana a que alivien su dolor.

Hace trece años que me enamoré de él a primera vista. Había ido a encargar unas vitaminas específicas para pájaros exóticos a una tienda de animales. En aquella época yo no era yo, hablaba usando “nosotros”, mi casa era “la casa gris” y justo en esa época, acababa de descubrir que me podía meter el título de ICADE por el culo porque di con mis huesos, como todo hijo de vecino, en la cola del INEM (una de las tantas veces y de los tantos trabajos que perdí por culpa de gilipollas enchufados y por no tener apoyo de los que gobiernan)… Me pasaba el día en casa, leyendo y llorando, llorando y leyendo. Aquella mañana, vi al gatito en brazos del dependiente, me llamó la atención lo dulce y lo precioso que era… Quise tocarlo, igual que el resto de los clientes. Pasada una semana, cuando recogí el frasco de las vitaminas dichosas, vi que seguía allí. No lo habían vendido… Me acerqué hasta la jaula de aquella bolita de vainilla. Recuerdo que se me acercó, que sacó sus manitas por los barrotes y me agarró la mano; sin uñas, pidiendo socorro… No quería soltarme. Ni yo a él. Y me lo compré. Pasé por encima de cualquier mesura o sensatez (yo tenía ya otros dos persas en casa, mi familia completa, y encima, estaba en el paro… ). “Lo saco de esta jaula aunque sea lo último que haga, aunque este mes no tenga para comer”.

Hace trece años que Rocco duerme abrazado a mí; excepto los meses de julio y de agosto, claro, porque ese abrigo de piel que lleva puesto le obliga a preferir los pies de la cama. Cada vez que lo suelto o que me doy la vuelta, me despierta… Abro un ojo y encuentro su cara de plato pegada a la mía, dándome topetazos para que vuelva a abrazarle. Así es como le gusta dormir. Así es como yo logro dormir. Nadie más lo puede tocar, no se deja, pero él a mí no me suelta… Llegué a tener una tendinitis grave, y durante bastantes meses, porque él apoyaba su cabezón en mi brazo izquierdo mientras escribía cada uno de mis libros… Siendo justos, este tragón y asustadizo chatito podría exigirme la mitad de los royalties porque ahí ha estado él, echado en la mesa entre el teclado y yo, haciéndome compañía durante años de procesos empapados en pura soledad… Rocco ha honrado su nombre seis veces, permitiéndome a mí ser madre adoptiva. Por él y por Leelu pude asistir a seis partos múltiples. Tuve que cortar cordones umbilicales, limpiar sanguinolentas bolsas y placentas, dar mis únicos biberones durante semanas de noches en vela haciendo turnos con ella, porque Leelu no se ponía de parto hasta que yo llegase… Me miraba con la angustia atroz de cada contracción, me confiaba a sus bebés… Y ahora me ve y me cuida desde dondequiera que esté… Por eso y por mucho más que me callo, me muero porque en Rocco se evidencian unos claros achaques que ya sé como terminan… Hace unos días, decidí enfrentarme al asunto… Llevaba varias noches que no se subía a mi cama porque le fallan las patas, no tiene fuerza… Así que pedí hora en la clínica… Me costó encontrarlo porque al escuchar que sacaba del armario la gatera, el cabrón se había escondido… Desconfía siempre de esa caja de plástico con rejas y asa donde les meto cada vez que algo malo sucede. Sabe que si salen de casa es porque van a pincharles, a operarles o… no regresan, como pasó ya dos veces en que volví sin mi gran amigo/a… y sin alma. El martes le llevé a pulso bajo la lluvia, y el miércoles tuvimos que volver; dos días seguidos sus maullidos resonaron por toda la Puerta del Sol. Empujaba la reja con la naricita para abrir y escaparse… Pero su susto no era ni la mitad que el mío… Me dolió más a mí que a él cuando lo sujeté para que le raparan la pata y le sacaran sangre. Ha pasado justo una semana… Y ahora que veo que los antibióticos van haciendo efecto y que el liquidito que le meto en la boca a jeringuillazos le fortalece y que empieza a espabilarse y que esta noche me ha vuelto a despertar para que lo abrace y exigirme que comparta con él la almohada, doy gracias a Dios y al dinero y a la ciencia, porque me regalan tiempo con él.

Y ahora, cambiaré de tono y hablaremos de pollas y asimilados en derechos, que para eso estamos aquí. Hoy me me apetece reflexionar un poco acerca de uno de los grandes momentazos que a veces se nos ponen por delante… Supongo que cada cual, de verse en la situación -la situación de las situaciones, que a mí me resulta un híbrido entre un caso claro de la Ley de Murphy y un regalo inesperado del Cosmos-, la resuelve según su leal saber y entender. Como poco, admitiré que me da la risa…

Pudiendo usar la literatura, no voy a explicar en público detalles de las seis mil o siete mil veces que se me ha presentado… ni cómo las he resuelto… Lean, sil vous plait:

<<-Ha pasado mucho tiempo, Kasie.

Bajo la mirada a la botella sin abrir.

- Diez días desde la última vez que hicimos el amor -prosigue.

- ¡Vaya los has estado contando! -Quiero reír pero noto un temblor en la voz.

¿Tanto tiempo ha pasado? ¿Cómo es que no me he dado cuenta? Pues porque para mí no han sido diez días. Para mí no ha pasado ni un día. A primera hora de la mañana he estado con Robert Dade.

Dave desliza la mano hacia mi muñeca y presiona los dedos con delicadeza en la vena que revela mi pulso cada vez más acelerado.

¿Cómo puedo hacer algo así? ¿Cómo voy a estar con dos hombres en menos de veinticuatro horas? ¿Cómo no voy a considerarme una auténtica zorra después de hacer algo así?>>

Se trata de un fragmento de “El desconocido. Solo una noche” (Suma de Letras), el primer volumen de la trilogía que firma Kyra Davis, y que viene a ser una copia (otra más y algo flojita, me refiero a la calidad de la prosa) de la fórmula descubierta por las 50 putas sombras de tal, que reduce la literatura erótica femenina a un cliché que ya he logrado descifrar y que igual si me aburro, lo copio y me forro, que ya está bien de juntar letras por una miseria… Como puntos fuertes detecto que se lee rápido, que no hay errores de estructura y que engancha (objetivo conseguido: estoy deseando que salgan los volúmenes dos y tres para cepillármelos del tirón…).

Sucumbiendo a un brote de pacoumbralismo, vuelvo a mencionar ese libro que casi he concluido y con el que les llevo amenazando desde hace meses… Relacionado con el asunto de hacer o no doblete, y volviendo al pobre Rocco, copio un párrafo de mi inédito “En un bar de dudas“:

<<Aprendí a avanzar aunque dudara de todo; porque, si bien he comprobado que es muy cierto el dicho “te arrepientes de lo que no haces”, ya se ocuparon algunos de hacer que me arrepintiera también de lo que había hecho… La Naturaleza, esa gran maestra, nos pone constantemente ejemplos de adaptación y fórmulas de supervivencia. Así, por épocas, terminas imitando al oso polar, que hiberna sin traumas durante una larga temporada y, en otra etapa, copias sin dismulo a los dromedarios y aprovechas cada ocasión, aunque te pegues un atracón, porque no sabes cuándo va a ser la próxima ocasión en que el Universo te ofrezca “agua”.>>

También hoy me ha resonado parte de un artículo que habla sobre las mujeres difíciles. He oído tantas veces esa definición aplicada a mi persona que no he podido resistirme a leerlo, más que nada por si me ayuda… Si bien encuentro que falla en varias afirmaciones y que no me identifico con el 100%, les dejo con el párrafo que me tatuaría si yo hicera esas cosas:

Las mujeres que se hacen las difíciles sufren como nadie: lloran, se lamentan, no saben qué hacer, gritan, se enfadan, se decepcionan y vuelven a llorar porque tú hiciste algo malo y deshiciste algo bueno, o viceversa.

Se decepcionan. Se decepcionan terriblemente porque ellas esperan lo mejor de ti. Se decepcionan porque añoran el romance, la nostalgia y, sobre todo, la caballerosidad. Ay, la caballerosidad, ¡las hace soñar despiertas a las mujeres que se hacen las difíciles! Que no te engañe: al tú abrirle la puerta del lugar mientras ella se coloca enfrente de ésta con los brazos cruzados y la mirada indiferente, una parte de su enorme corazón se va contigo.

Porque las mujeres que se hacen las difíciles tienen un corazón enorme, grandísimo, de un tamaño gigante. Es por eso que se hacen las difíciles: protegen esa hermosa figura de vidrio de cualquier papanatas con manos sudadas que pueda provocar una tragedia. Por eso son frías, duras, distantes y distintas.

Por favor, sean todo lo mal@s que sus agendas les permitan. Yo no lo soy precisamente por culpa de mi agenda.